En 2004, durante un viaje a Calabria, el artista Brunivo Buttarelli (Casalmaggiore, 1946) se topó con un olivo devastado por un incendio provocado: había ardido desde dentro y parecía ya condenado. Sin embargo, Buttarelli lo interpretó de otra manera: no solo como una presencia natural herida, sino como algo que aún podía curarse y transformarse. Lo cortó longitudinalmente en dos grandes mitades de tronco y las cargó en la furgoneta para llevárselas a Casalmaggiore. De esos restos nació el primero de una familia de árboles escultóricos. El tronco se volvió a poner en pie y se fue sujetando progresivamente con bandas metálicas, mientras que unas ramas de acero brillante reconstruían su forma. La herida no se borraba, por tanto, sino que se convertía en parte de la nueva identidad de la obra. Con el paso de los años llegarían una morera sacrificada a la urbanización, un olmo partido en tres partes, un roble talado demasiado pronto, un ailanto cosido, un peral marcado por el paso del tiempo y un álamo devorado por las plagas.
Es una de las imágenes que mejor permiten adentrarse en la obra de Brunivo Buttarelli, un artista que lleva más de cuarenta años trabajando en la posibilidad de dar una nueva vida a lo que ha sido descartado, abandonado o dañado. Y es precisamente la materia, con sus fracturas, sus estratificaciones y las huellas del tiempo, la que ocupa un lugar central en «Racconti materici», la exposición que, hasta el 29 de noviembre de 2026, ocupa los espaciosdel Apartamento y del Jardín Farnesiano de la Rocca Sanvitale de Sala Baganza, en la provincia de Parma, organizada con motivo del octogésimo aniversario del artista. La exposición no presenta la materia como algo inerte. La madera, la piedra, el hierro, el acero, el papel y los materiales procedentes de la vida cotidiana se incorporan a las obras a través de un proceso de transformación en el que la historia previa de los objetos no desaparece. Al contrario, permanece visible, se convierte en parte de la escultura y contribuye a construir su significado.
El principio podría resumirse en las palabras del propio Buttarelli: «No existe materia humilde, solo materia a la que no se escucha». Es a partir de esta escucha como toman forma obras compuestas por ensamblajes heterogéneos, a menudo construidos utilizando materiales que aún conservan las huellas de la contemporaneidad y del consumo. Fragmentos, residuos y objetos destinados al olvido son sustraídos de su función original e insertados en nuevas configuraciones.
En el Jardín Farnesiano de la Rocca, las esculturas de Buttarelli adoptan el aspecto de presencias procedentes de un paisaje que parece pertenecer a una época muy lejana. La escena parece situarse en una época anterior a la historia humana, marcada por eras geológicas y transformaciones extremadamente lentas. Sin embargo, en el interior de estas formas remotas permanecen los materiales del presente: el pasado no se reconstruye como un mundo perdido que contemplar con nostalgia, sino que se compone con materiales contemporáneos, con lo que la sociedad ha producido, consumido y abandonado. La memoria geológica y la de la civilización industrial acaban así superponiéndose.
Las obras pueden observarse individualmente, pero adquieren un significado adicional cuando se yuxtaponen. De hecho, Buttarelli trabaja también por grupos, creando secuencias en las que las esculturas individuales se convierten en episodios de una narración más amplia. Son narraciones sin una trama lineal, construidas a través de formas, materiales y asociaciones: naturaleza e intervención humana, sequía y renacimiento, muerte y regeneración, estaciones y mutaciones.
El tema del tiempo reaparece continuamente: no solo el tiempo histórico, aquel que separa el presente de civilizaciones y mundos desaparecidos, sino el tiempo cíclico de la naturaleza, en el que la muerte y el nacimiento son momentos de un mismo proceso. Una de las series evocadas por la exposición, «Nel tempo ciclico della vita»(En el tiempo cíclico de la vida), insiste precisamente en esta dimensión.
La materia puede, por tanto, ser destruida, consumida, fragmentada, pero también reactivada. Lo que parece haber llegado al final de su recorrido puede entrar en otra historia: a partir de esta concepción, Buttarelli crea sus esculturas de árboles. El artista no pretende devolverles una apariencia natural intacta: los troncos muestran las consecuencias del incendio, la tala, la enfermedad, la urbanización o el paso del tiempo, pero sobre estas heridas el artista superpone hierro y acero, fajas, estructuras y nuevas ramas, y la reparación se vuelve así tan visible como el daño. Además, en las obras más recientes, el interior de los troncos puede contener residuos reales de la sociedad contemporánea: plásticos de colores, juguetes, radiadores, aparatos eléctricos, mallas metálicas. Los árboles se convierten entonces en cápsulas del tiempo, recipientes en los que se deposita físicamente el presente. Por su parte, los distintos materiales se hacen reaccionar, se superponen, se encajan y se sedimentan. Se trata de una metamorfosis en la que la herida infligida a la tierra y el intento humano de repararla permanecen legibles al mismo tiempo.
Esta atención a la estratificación se refleja también en la técnica de Buttarelli. Sus obras surgende la combinación de materiales muy diversos: madera, piedras de granito, mármoles rosados y de Carrara, acero cortén, acero inoxidable, hierro y papel. Algunos materiales se dejan modificar por el paso del tiempo, como el papel y el hierro, que adquieren superficies oxidadas; otros, como el acero brillante, introducen, por el contrario, una dimensión explícitamente contemporánea. El trabajo manual desempeña en este proceso un papel fundamental, ya que la transformación es el resultado de un enfrentamiento físico con los materiales, con sus resistencias, irregularidades y posibilidades.
«Racconti materici» hace hincapié, además, en la palabra «relato»: las obras no ilustran necesariamente una historia, sino que construyen posibilidades narrativas a través de la relación entre los elementos. Una escultura puede interpretarse como un momento, un fragmento o un vestigio de una historia más amplia. Cuando se reúnen varias obras, las conexiones se hacen más evidentes. Según la interpretación de Elisa Spanevello, comisaria del proyecto, esta dimensión narrativa está ligada a la idea ancestral del relato como experiencia compartida, a ese momento en el que una comunidad se reúne alrededor de una hoguera y escucha una historia. Las obras de Buttarelli pueden entenderse precisamente como lugares de este encuentro: no son simples objetos que observar, sino elementos a través de los cuales cuestionarse sobre la vida, la muerte, la transformación y la relación entre el ser humano y el mundo natural.
La serie de los árboles permite hacer especialmente concreta esta reflexión: tras el olivo calabrés de 2004, Buttarelli ha seguido recopilando troncos marcados por diferentes vicisitudes. Algunos han sido víctimas del fuego, otros de la urbanización, y otros más de talas prematuras, enfermedades o fenómenos naturales. En cualquier caso, la escultura nace de algo que ya existía y que ha vivido una historia antes de llegar a manos del artista. Las intervenciones no borran esa historia, sino que la hacen legible: el acero puede convertirse en una rama, el hierro puede vendar una herida, un elemento industrial puede ocupar el lugar que en su día perteneció a la vegetación. La contraposición entre estos materiales produce una forma nueva, pero, sobre todo, hace visible una relación. El tema de la naturaleza, en la investigación de Buttarelli, no coincide, por tanto, con una representación idealizada del paisaje. Se trata más bien de una reflexión sobre la transformación de la materia y sobre la forma en que la actividad humana interviene en sus procesos.
La exposición se celebra en la Rocca Sanvitale de Sala Baganza, en la provincia de Parma, y concretamente en el Apartamento Farnesiano, recientemente reabierto al público tras una importante intervención de restauración. El apartamento ocupa el ala noreste de la Rocca y conserva las huellas de la transformación ordenada por el duque Antonio Farnese a principios del siglo XVIII. Para la renovación decorativa de las estancias se contó con el pintor Sebastiano Galeotti, autor de un conjunto en el que los estucos y los frescos crean un complejo entrelazado de símbolos y referencias mitológicas.
Las virtudes cristianas y las deidades paganas conviven así en las salas, creando un ambiente en el que la historia de la Rocca se estratifica visualmente. Los siglos XVI y XVIII se dan la mano en los espacios del apartamento, evocando la presencia de las familias Sanvitale y Farnese.
Por un lado, los espacios históricos de la Rocca, marcados por las transformaciones de los siglos; por otro, las esculturas de Buttarelli, en las que se yuxtaponen diferentes materiales y huellas hasta construir nuevas formas. En el Jardín Farnesiano, este contraste adquiere una dimensión diferente: las obras se integran en un espacio abierto, donde las presencias fantásticas y los materiales artificiales se enfrentan directamente al paisaje.
«También en esta exposición, al igual que en las anteriores», declara el artista, «presento obras realizadas con ensamblajes de diversos materiales, que a menudo conservan signos evidentes de los residuos de hoy en día. Hablan de tiempos remotos, de cadáveres de animales imaginarios, de conchas erosionadas y fragmentadas que afloran en lugares desérticos y perdidos, donde la ciclicidad del tiempo y del espacio está marcada por eras geológicas lejanas. Sin embargo, también destaco historias que, aunque reducidas al silencio, fragmentadas y pulverizadas por los milenios, la Tierra en su interior sigue marcando su camino perpetuo y, a través de horizontes diversos, en la continuidad perpetua del presente, surgen nuevas visiones. Propongo también obras que, aunque se presentan de forma autónoma, a menudo, cuando se agrupan, se convierten en relatos que tienen en cuenta las mutaciones del tiempo, la historia de la naturaleza y las actividades del hombre. Hablan de la ciclicidad de las estaciones, de la sequía y del renacimiento, de la organicidad, la recuperación y la resurrección. En algunos casos, a través de transformaciones materiales, hablan de confirmaciones y reflexiones, y pueden convertirse incluso en denuncias contundentes del comportamiento humano».
Además, la exposición puede integrarse en un recorrido más amplio por el territorio de Sala Baganza. A unos dos kilómetros de la capital se extienden los Bosques de Carrega, que constituyen el núcleo central de la antigua finca ducal de caza. El paisaje alterna el bosque padano, zonas cultivadas y árboles frutales, y conserva dos residencias de verano del siglo XIX vinculadas a María Luisa de Austria, duquesa de Parma: el Casino dei Boschi, diseñado por Ennemond Petitot, y el Ferlaro.
En la parte meridional de los Bosques se encuentran además los Calanchi de Maiatico, formaciones de origen arcilloso y marino que añaden otro elemento geológico al paisaje. El territorio también está atravesado por la Vía Francígena: la iglesia románica de San Biagio en Talignano, que data del siglo XII, marcaba una bifurcación de la antigua ruta de peregrinación, necesaria debido a las frecuentes crecidas del río Taro. A lo largo del camino se conservan los vestigios de dos xenodochos, en Talignano y Vizzola, lugares en los que los frailes ofrecían hospitalidad a los peregrinos. La tradición vitivinícola también forma parte de la identidad local. La vocación de los Colli di Parma queda reflejada en el Museo del Vino y se plasma en la producción de la Malvasía de Candia Aromatica, protagonista también de iniciativas y eventos dedicados a ella, como el Festival de la Malvasía.
El paisaje cultural en el que se inscribe «Racconti materici» se compone, por tanto, de diferentes épocas: la de la Rocca y de las familias que la transformaron, la de la Vía Francígena, la de la historia agrícola y vitivinícola, y la más pausada de los bosques y las calancas. A ellos se suma el tiempo de las esculturas de Buttarelli.
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| Hay un artista que vuelve a dar vida a los árboles heridos. Su exposición se puede visitar en Sala Baganza |
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