Me temo que, a estas alturas, ya no sea posible identificar al agente externo al que habría que atribuir la responsabilidad de la recombinación nucleotídica de Aldo Cazzullo. El mutágeno que ha sido capaz de transformar a este columnista del Corriere, un tipo convencional y rutinario que, hasta hace poco, solo desbordaba las librerías con alguna incursión torpe, castísima e inocua en temas piamonteses, en una especie de Alberto Angela de la imprenta, de Bruno Vespa para la clase media progresista, de Teseo Tesei en las solemnidades nacionales, dispuesto cada otoño a asaltar los aniversarios de la historia patria a bordo de sus sanguijuelas de doscientas sesenta páginas cada una. ¿Se cumple el bicentenario de la Unificación de Italia? Cazzullo ya ha inundado las librerías de los cascos históricos y de los hipermercados con su libro sobre el Risorgimento. ¿Se conmemoran los cien años de nuestra entrada en la Primera Guerra Mundial? Ahí está, inmediatamente contratado como cabeza de cartel de todos los festivales culturales de Italia para recrear un público jubiloso de profesores sustitutos de vacaciones con el relato de la guerra de nuestros abuelos. ¿Han pasado exactamente siete siglos desde que a su padre Durante le sobrevino la desgracia de no salir con vida de las marismas de Comacchio? Dad a Cazzullo tiempo para encontrar una cabina telefónica y saldrá de ella con el atuendo del impecable dantista. Resulta difícil, por tanto, remontarse a las razones de la mutación genética: lo cierto es que, entre el conjunto de alelos de Cazzullo, se escondía la variante del divulgador bajo un disfraz. Bajo un disfraz, porque luego Cazzullo se excusa: «No soy divulgador», gorjea al final de su libro sobre el Renacimiento, «no soy un divulgador, no hay un vulgo que escucha ni un erudito que explica, soy alguien que cuenta». Evidentemente, a efectos de su autoabsolución, poco importa el hecho de que, cuando se avecina la salida de su nuevo libro, Cazzullo vuelva a aparecer en todos los medios de comunicación terrestres, marítimos y aéreos para conceder entrevistas de media hora sobre cualquier tema del saber italiano, un año con el disfraz de biblista, al año siguiente con el hábito de terciario franciscano, y al siguiente aún poseído por el demonio de Burckhardt, cada vez como si fuera la autoridad suprema del ámbito elegido.
Antes de que algún biólogo molecular o algún exorcista manifieste su intención de ocuparse de Cazzullo, podemos fijarnos en su libro sobre el Renacimiento, lanzado hace más o menos un mes y que desde entonces se mantiene en lo más alto de la lista de superventas de la temporada: no hay periódico, ni un podcast, ni un programa de televisión que no cuente con la aparición de Cazzullo, convocado para encasillar todas las banalidades académicas más manidas sobre el Renacimiento con el fin de convencer a los topógrafos y empleados administrativos de Italia, tumbados en el sofá, de que compren su libro. Por supuesto, en sus incursiones mediáticas, Cazzullo no hace más que repetir hasta la saciedad lo que está escrito en el libro, por lo que podemos partir directamente de aquí, de *Cuando renació Italia*. Nuestro Renacimiento. No nos vamos a poner a hacer un recuento de los errores garrafales, y en este sentido el libro es una especie de campo minado: por ejemplo, Ghiberti, que «gana el famoso concurso para la puerta del Baptisterio, más tarde llamada del Paraíso» (no: el concurso era para la puerta norte; la del Paraíso se le adjudicó mediante adjudicación directa más de veinte años después), Jacopo de’ Pazzi, quien el 26 de abril de 1478 «reúne a su hermano Francesco y a los demás conspiradores en la villa familiar» (no: Francesco era su sobrino), el fresco de la batalla de Cascina de Miguel Ángel que «no nos ha llegado» (no: nunca se llegó a realizar; es más, es probable que Miguel Ángel ni siquiera hubiera terminado el trabajo preparatorio). Podemos limitarnos a estos ejemplos, y puede que baste como ejercicio de pedantería (al fin y al cabo, así es como se percibe hoy en día la exigencia de precisión, o al menos así la percibe un público que, evidentemente, en la mente de Cazzullo, sufre insoportables dolores de cabeza si en el texto se topa con una oración subordinada concesiva o si tiene que poner en fila dos fechas).
Pero supongamos que pedir un poco más de rigor en cuanto a encargos, parentescos, fechas y personajes sea una obstinación obtusa y profesoral de los típicos sapios de biblioteca. Los abogados de la defensa dirán que Cazzullo no deja de ser, al fin y al cabo, alguien que cuenta historias y que el relato, desde que el mundo es mundo, o al menos desde que los hombres de las cavernas se reunían alrededor del fuego para escuchar lo que tenía que decir el jefe del clan —que, sin duda, no podía recurrir a la bibliografía especializada—, es un género narrativo basado en la memoria colectiva, en el patrimonio compartido, en la composición oral; y, por tanto, lo que importa no es la fecha exacta, ni la secuencia precisa, sino el concepto. Y además, dice el defensor, si alguien quiere la fecha exacta o la reconstrucción detallada, siempre podrá profundizar en otros lugares; sobre el Renacimiento existe una literatura científica inagotable, e incluso Cazzullo, una vez terminada su narración, ofrece algunas indicaciones al respecto, de modo que a su lector se le ahorra también el esfuerzo de buscar por su cuenta. Pero supongamos que existen hordas de cazzullianos omnívoros y voraces que, insatisfechos con la novela popular sobre el Renacimiento elaborada por este virtuoso de la parataxis, hagan atascarse las rotativas de media China a fuerza de pedir reimpresiones de *La civilización del Renacimiento en Italia*. ¿Y qué hacemos con todos los demás? ¿Qué hacemos con todos aquellos para quienes la última vez que tuvieron que ver con el Renacimiento fue en tercero de bachillerato y, por lo tanto, carecen de cualquier herramienta de protección (y, a estas alturas, es de suponer que lo mismo se aplica a quienes leen al Cazzullo dantista, el Cazzullo biblista, el Cazzullo franciscano, el Cazzullo especialista en la Antigüedad, el Cazzullo feminista, el Cazzullo historiador de la guerra, el Cazzullo historiador de la Primera República, el Cazzullo historiador del fascismo, el Cazzullo historiador del Risorgimento y no domine la materia)? ¿Qué hacemos con el lector indolente para quien supone un esfuerzo excesivo orientarse entre las secuencias sujeto-verbo-predicado-punto de Cazzullo? Yo, que no soy un biblista, ¿cómo voy a confiar en Cazzullo cuando me habla del Génesis si me doy cuenta de que, en lo que respecta al Renacimiento, es tan tenazmente impreciso? De nuevo: el error sobre la fecha o el encargo artístico, dice el defensor, se desliza como las escamas de piel seca que se desprenden de las cejas. El de Ghiberti, por ejemplo, es una digresión que el lector ya habrá olvidado dos páginas más adelante. Lo que cuenta son los conceptos.
El problema —replica el fiscal— es que, para encontrar esos conceptos, hay que filtrar primero con esmero un modesto batiburrillo repleto de episodios, anécdotas y rumores que invaden la mayor parte del libro. Al final de *Cuando Italia renació*, el lector descubrirá, por ejemplo, que Savonarola hacía quemar los artículos de lujo en la plaza pública, que Leonardo da Vinci organizaba fiestas para el rey de Francia, que Rafael era educado y amable con todos y que incluso llegó a pintar algo para Città di Castello (o, mejor dicho, para la «ciudad de Mónica Bellucci», como titula nuestro autor el capítulo sobre los primeros años del artista de Urbino), que Miguel Ángel era malhumorado y tacaño, y que Ariosto detestaba viajar, pero volaba con la imaginación. La mayor parte del libro es así: un dócil repaso de las anécdotas biográficas estudiadas en el instituto, presentado con lo mínimo indispensable en cuanto a sintaxis y con el uso de adjetivos más perezoso de la edición italiana, por lo que las obras de arte son siempre «maravillosas» o, como mucho, «espléndidas» (o ambas cosas a la vez), los rostros de los personajes son siempre «preciosos», los mecenas son siempre «ricos» o «muy ricos», y así sucesivamente. Claro que el lector también puede olvidarse de que Cazzullo le está sirviendo una especie de culebrón del Renacimiento, un Renacimiento de poliestireno, que del periodo histórico solo conserva la apariencia sin tener su peso, una especie de concentrado de todas las series que han pasado en los últimos años por la tele, desde Los Borgia hasta Leonardo da Vinci y Los Médici, aquellas que el lector de Cazzullo probablemente haya pasado por alto porque, aunque tiene televisión en casa, nunca la ve (como mucho, si tiene que encender un canal generalista, solo ve Otto e Mezzo, Propaganda Live y los programas de entrevistas de Gramellini). Puede olvidarse de esta novela por entregas, porque lo que cuenta son los conceptos. Y, sin embargo, dice el fiscal, también nos faltan conceptos, y eso es peor que equivocarse con alguna fecha.
Tomemos algunas ideas extraídas del libro, empezando por un pasaje en el que Cazzullo reivindica, con un orgullo patriótico mal disimulado, los indiscutibles orígenes italianos del Renacimiento: «El humanismo y el Renacimiento son el verdadero regalo que los italianos hemos dado a la humanidad. Nuestra gran contribución a la civilización universal, sin la cual nada, ni siquiera la actual revolución tecnológica, habría sido posible. La época en la que Italia renació es aquella en la que Italia se fijó una misión: tender un puente entre la era clásica y la era cristiana, entre la Roma de los césares y la Roma de los papas. Ciertamente, Italia no era un Estado unitario, y tardaría aún mucho tiempo en convertirse en ello. Pero cuando Rafael escribe al Papa para implorarle que salve las vestigias de la antigua Roma, la define como «madre de la gloria y la grandeza italianas». Es una Italia que se reencuentra a sí misma. «No nace de la nada ni muere en la nada». Es un ejemplo de la retórica corriente, predecible y coloquial que impregna la mayor parte de las pocas páginas que Cazzullo no dedica al relato de episodios concretos. Dejando de lado la idea de la existencia de una especie de misión nacional (atribuida, además, a un sujeto colectivo, los «italianos», que se convierte en el improbable depositario de un fenómeno histórico complejo, que, por otra parte, se desarrolló en un territorio políticamente fragmentado donde, si es que existía una idea de «Italia», esta solo habitaba en la mente de muy pocos), y dejando de lado el anacronismo de una «Italia que se reencuentra a sí misma» (como si existiera una «Italia» y, además, se hubiera reencontrado, por lo que habría que suponer que hubo un periodo en el que se había perdido), todo ello material válido únicamente para las mitografías nacionales, podríamos detenernos en el valor de esa supuesta misión: he aquí que el Renacimiento no inventó un diálogo entre la cultura clásica y el cristianismo; también la Edad Media siempre cultivó el diálogo con la Antigüedad. Con cierta simplificación extrema, pero que, no obstante, introduce al menos un grado de complejidad y de rigor histórico un poco mayor que el expresado en la sosa disertación de Cazzullo, se podría señalar tímidamente que, en todo caso, lo que había cambiado era la naturaleza, la conciencia y el alcance de ese diálogo, y que había cambiado la actitud hacia la Antigüedad. En la Edad Media, por ejemplo, nadie había dejado nunca de estudiar a Platón: para Petrarca, sin embargo, era la base de una filosofía moral; para Marsilio Ficino, era una visión del mundo. En la Edad Media hubo muchísimos artistas que siguieron tomando como modelos los relieves de los sarcófagos romanos, pero si para Giovanni Pisano lo antiguo era un repertorio formal que reinterpretar, para Donatello se había convertido en un instrumento para descubrir lo natural. Para llegar a ello, sin embargo, habría que explicar al lector que la historia se comprende mejor siguiendo las transformaciones en lugar de leyendo las etiquetas, pero me asalta el serio temor de que, de este modo, se le cause al lector la incomodidad de no sentirse tan preparado como creía.
Parece que a Cazzullo, en definitiva, se le ha encomendado la tarea de suavizar cualquier discurso que se pudiera hacer sobre el Renacimiento, de alisar todas las asperezas, de conferir dignidad de publicación a la imagen nacional-popular del Renacimiento, esa que se sitúa, a grandes rasgos, en el ámbito de los italianos que saben vestirse bien y decorar con gusto, de la Constitución italiana, que es la más bella de todas, y de la Italia que posee la mayor parte del patrimonio cultural del mundo. Si alguien intenta encontrar rastros de otras historias en el libro de Cazzullo, como mucho se encontrará con burdas minimizaciones: la aportación de los maestros bizantinos, por ejemplo, se limita a la transmisión de los «autores griegos que en la Edad Media solo se conocían de forma indirecta, a través de breves citas o traducciones latinas y árabes». Es cierto que, a grandes rasgos, hasta mediados del siglo XIV se descuidó la cultura griega, pero los maestros bizantinos no se limitaron a actuar como «mensajeros» del humanismo; su contribución fue más allá de la mera logística: difundieron un método filológico, favorecieron el diálogo con Oriente, enseñaron la lengua griega en las universidades y de forma privada, consolidaron los conocimientos sobre los filósofos griegos y, sin esta aportación, probablemente nunca habría surgido esa clase de humanistas que, para Cazzullo, fue una especie de regalo italiano al resto del mundo. Otra tontería , y quizá aún más perniciosa, del libro de Cazzullo es la idea de que los tres grandes artistas de la época (Leonardo, Miguel Ángel y Rafael —más de la mitad del libro es una especie de resumen de sus biografías— no hubieran estudiado y que compensaran su escasa alfabetización con la curiosidad. Es casi como decir que, si tienes un talento inigualable y una curiosidad voraz, no necesitas nada más para ser un genio: ahora bien, sin entrar en el fondo de su cultura, que, en cualquier caso, era muy superior a la media de la época (Leonardo, al final de su vida, poseía una biblioteca con más de doscientos volúmenes, una rareza en una época en la que los libros eran productos de lujo, Miguel Ángel era un gran conocedor de Dante y de Vitruvio, Rafael era hijo de un artista culto —algo poco habitual— y, aunque se desconocen los detalles de su formación, hay que imaginar que se crió en un entorno sumamente fértil), se podría decir que los artistas de la época entraban directamente en el taller y estudiaban de verdad, aunque se dedicaran a lo que les competía, y, a grandes rasgos, hasta alcanzar la mayoría de edad o, en cualquier caso, hasta adquirir autonomía. No se trataba, por supuesto, de una formación universitaria, ya que el taller era un lugar de sabiduría ante todo práctica, una sabiduría que daba prioridad a la prueba de la mano y que, en consecuencia, enseñaba ante todo un oficio: y, sin embargo, resulta difícil imaginarse al aprendiz de un taller renacentista como una especie de peón curioso, un artesano limitado al trabajo manual, un profesional que no tuviera al menos algunos conocimientos básicos de teología, mitología o literatura, aunque solo fuera para encontrarlos de pasada entre las sombras de lo que esculpía o pintaba. Y aún, otro ejemplo del libro de Cazzullo, la idea de un Renacimiento que avanza «por oleadas»: «Están los precursores, Dante y Giotto. Está la gran explosión de principios del siglo XV: precisamente Masaccio, Ghiberti, Brunelleschi, Donatello, el Beato Angelico. Luego, tras un periodo menos dinámico, vendrá la gran ola de finales de siglo, en la que aparecerán los jóvenes y prodigiosos talentos de Leonardo, Rafael y Miguel Ángel». Como si en medio no hubiera habido nada: está claro que si en el ámbito de las artes visuales tus referencias bibliográficas declaradas son, a grandes rasgos, los libros que se encuentran en las estanterías de las áreas de servicio, es normal que uno pase por alto la importancia de un Perugino, de un Antonio del Pollaiolo, de un Verrocchio, de un Botticelli o de un Piero di Cosimo, y se llegue a pensar que entre el Beato Angelico y Leonardo no ocurrió gran cosa, o como mucho que ese periodo fue «menos dinámico».
El Renacimiento, escribe Cazzullo hacia el final de su obra maestra, «es un período histórico muy largo y muy rico», y al final de estas casi trescientas páginas escritas en una prosa propia de un examen de quinto de primaria se insinúa, con recelo natural, la cuestión de la identidad de ese público al que el libro parece estar destinado, quizá por razones que el propio lector desconoce, o a la que el libro, en cualquier caso, intenta complacer y suavizar, dando por sentado que el lector ya conoce la historia que Cazzullo le cuenta y que, como mucho, necesita un repaso que no le obligue a tomarse la molestia de pensar. Y dado que, en esencia, falta el interés por sorprender al lector, por provocarlo, por ponerlo en condiciones de pensar, el libro de Cazzullo es una especie de larga coqueteo verbal dirigido a un público que debe de haber confundido la divulgación con la facilidad y, en consecuencia, al que se quiere ahorrar cualquier esfuerzo. Un modesto producto de consumo con licencia para la aproximación, concebido para un público que, al leer probablemente que una ciudad es «opulenta» en lugar de «rica», se ve obligado a rebuscar en el diccionario y al que se le quiere ahorrar el esfuerzo; un público de crucigramas fáciles, un público de niños de doce años en busca de confirmaciones y gratificaciones, un público al que hay que tranquilizar con la idea de que es diferente de la chusma que ve las series de RaiUno (aunque luego el tema sea el mismo, siempre Leonardo, siempre los Borgia, siempre los Médici, siempre Miguel Ángel, solo que en forma escrita y menos divertida), al que hay que consolar con la percepción de ser lo suficientemente culto como para tener una idea del Renacimiento totalmente similar a la del divulgador más popular de las librerías, al que hay que tranquilizar con la imagen de un Renacimiento de poliestireno apto para cualquier persona. Un lector tal vez imaginado incluso antes que un lector real, pero a fuerza de considerarlo tan inculto, tan mal preparado, es probable que con el tiempo se convierta realmente en eso. Y quizá al lector ni siquiera le moleste que se le considere el destinatario de un redaccioncito de la excursión a Florencia; es más: es probable que acabe dando las gracias. Con Cazzullo, el Renacimiento se ha convertido en un cuento de buenas noches.
El autor de este artículo: Federico Giannini
Nato a Massa nel 1986, si è laureato nel 2010 in Informatica Umanistica all’Università di Pisa. Nel 2009 ha iniziato a lavorare nel settore della comunicazione su web, con particolare riferimento alla comunicazione per i beni culturali. Nel 2017 ha fondato con Ilaria Baratta la rivista Finestre sull’Arte. Dalla fondazione è direttore responsabile della rivista. Ha scritto i libri Vero, Falso, Fake. Credenze, errori e falsità nel mondo dell'arte (Giunti editore, 2025) e Immagini del potere. Arte e propaganda da Augusto a Trump (Giunti editore, 2026). Collabora e ha collaborato con diverse riviste, tra cui Art e Dossier e Left, e per la televisione è stato autore del documentario Le mani dell’arte (Rai 5) ed è stato tra i presentatori del programma Dorian – L’arte non invecchia (Rai 5). Al suo attivo anche docenze in materia di giornalismo culturale all'Università di Genova e all'Ordine dei Giornalisti, inoltre partecipa regolarmente come relatore e moderatore su temi di arte e cultura a numerosi convegni (tra gli altri: Lu.Bec. Lucca Beni Culturali, Ro.Me Exhibition, Con-Vivere Festival, TTG Travel Experience).
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