Freya Stark, la última viajera romántica que narró Oriente


La última viajera romántica: Freya Stark (París, 1893 - Asolo, 1993). De niña descubrió Oriente en las páginas de Las mil y una noches. De adulta lo recorrió de verdad, explorando territorios poco conocidos, conociendo a las poblaciones locales y plasmando cada experiencia en libros y mapas. La historia de una pionera de la literatura de viajes.

Desde hace ya algunas décadas, contar las propias experiencias de viaje de las formas más diversas (desde los blogs hasta los «reels» y las retransmisiones en directo de Instagram) está muy de moda, y hablar de «experiencias de viaje» se considera «cool», pero no es una novedad del nuevo milenio: obviamente, los tiempos y las formas han cambiado, pero el relato de viajes nació cuando empezó a extenderse por Europa el viaje como experiencia formativa y de placer, así como herramienta de crecimiento personal. ¿Cuántos escritores, poetas, filósofos e intelectuales emprendieron entre los siglos XVIII y XIX el llamado «Grand Tour», con parada obligatoria en Italia? El Viaje a Italia de Goethe es uno de los frutos más célebres de este floreciente periodo, que abarcó el arte, la literatura y la música. Pero pocos saben que entre los pioneros dela literatura de viajes « » moderna hubo una mujer, una auténtica exploradora, nacida a finales del siglo XIX: Freya Stark. El Times de Londres la definió como «la última de los viajeros románticos». Su pasión fue siempre Oriente.

Cómplice de esta pasión que la acompañó toda su vida fue un libro, un clásico de la literatura oriental, que le regalaron con motivo de su noveno cumpleaños: Las mil y una noches. Entre sus pequeñas manos, las páginas de aquel libro cobraron vida en su mente de niña y las historias contadas por la princesa Shahrazād, los viajes de Sindbād el marinero, Aladino y la lámpara mágica, Alí Babá y los cuarenta ladrones y muchas, muchas otras historias narradas despertaron su imaginación y alimentaron en ella la fascinación por el lejano y misterioso Oriente, un mundo aún bastante desconocido para los europeos. Pero, sobre todo, el viaje que a esa edad era capaz de realizar, gracias al poder de la lectura, solo con la imaginación, entre los personajes y los escenarios exóticos, influyó tan profundamente en su ser que Oriente no seguiría siendo por mucho tiempo solo un lugar imaginado a través de los libros. Y el viaje acabaría convirtiéndose en un componente fundamental de su existencia. También debido a los cambios que se produjeron en su familia.

Herbert Arnould Olivier, Retrato de Freya Stark (1923; óleo sobre lienzo, 61,9 x 55,5 cm; Londres, National Portrait Gallery)
Herbert Arnould Olivier, Retrato de Freya Stark (1923; óleo sobre lienzo, 61,9 x 55,5 cm; Londres, National Portrait Gallery)

De hecho, comenzó a desplazarse de forma permanente cuando sus padres, ambos pintores y de origen británico —aunque ella naciera en París en 1893—, se separaron y su madre, junto con sus dos hijas, Freya y Vera, se trasladó a Italia, a Asolo, por invitación del paisajista Herbert Young Hammerton. Allí, Flora, su madre, se hizo cargo dela Antica Tessoria Asolana, donde las niñas tejían preciosos tejidos aún en telares de madera, un hecho que no debe subestimarse, ya que posteriormente Freya heredó el taller. Sin embargo, a los trece años vivió un episodio dramático: durante una visita a una fábrica textil, su pelo quedó enredado en los engranajes de una máquina en marcha y el accidente le provocó heridas muy graves en la cabeza y el rostro, que le dejaron cicatrices de por vida, las cuales intentó ocultar constantemente con gorros y todo tipo de tocados. Sin embargo, esto nunca supuso un obstáculo para su objetivo de poder conocer por fin algún día Oriente en persona, viviéndolo de primera mano.

Comenzó a estudiar idiomas —árabe y persa— en la School of Oriental and African Studies, tras haber asistido al Bedford College de Londres. Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial interrumpió su formación: la escuela tuvo que cerrar y, de vuelta en Italia, Freya prestó servicio como voluntaria en la Cruz Roja británica. El momento tan esperado llegó en 1927: Beirut fue su primera ciudad en ese mundo que durante años solo había imaginado a través de los libros. Allí tuvo la oportunidad de dedicar mucho tiempo al estudio del árabe y al conocimiento de las costumbres locales. Había soñado tanto con aquella tierra que no quería limitarse a observarla; quería entrar en contacto con ella y comprenderla personalmente. Y conocer de verdad un territorio significaba para ella establecer una relación con la gente del lugar, para que le contaran sus tradiciones, su historia, su forma de vida, y este enfoque la llevó a salirse a menudo de las rutas habituales, inspirándose en otro de sus modelos: el teniente coronel británico Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, que había atravesado el desierto a lomos de un camello. Su deseo de explorar y conocer la llevó incluso a recorrer lugares que aún no existían en los mapas geográficos y que ella misma representó en mapas cartográficos. Atravesó Siria y, después, Irak; Bagdad, la capital, ejerció sobre ella una fascinación especial. La ciudad le evocaba el mundo descrito en Las mil y una noches. Con mapas, un kit de supervivencia y El millón de Marco Polo, se puso en camino hacia uno de sus destinos más ambiciosos: Alamut, la famosa fortaleza vinculada a la historia de la Orden de los Asesinos. Estaba reducida a ruinas, pero fue precisamente allí donde se puso de manifiesto una de las características que harían famosa a Freya Stark: la capacidad de observar con extrema atención el objeto de su viaje. Tomaba notas, hacía fotografías, corregía los mapas: su viaje no solo tenía valor como experiencia personal, sino que contribuía a documentar territorios que, en aquella época, aún eran poco conocidos por los occidentales. Posteriormente se adentró en las zonas más inaccesibles del oeste de Irán y, a continuación, se dirigió hacia la península arábiga, cruzó el mar Rojo para llegar al actual Yemen. En 1934 escribió su primer libro, *Los valles de los Asesinos*, fruto de lo que había podido observar, conocer, profundizar y experimentar de primera mano. La escritura se volvió inseparable de la exploración: Freya viajaba, exploraba, hablaba con la población local, conocía los lugares y las tradiciones y transformaba todo ello en relato, en testimonio. «Si me pidieran que enumerara los placeres del viaje, diría que este es uno de los más importantes: que con tanta frecuencia y de forma inesperada uno se encuentra con lo mejor de la naturaleza humana, y al verlo así, por sorpresa y a menudo en situaciones tan improbables, se llega, con una agradable sensación de gratitud, a darse cuenta de cuán ampliamente están repartidas por el mundo la bondad, la cortesía y el amor por las cosas inmateriales, que florecen en cualquier clima, en cualquier terreno», escribió en su primera publicación.

Villa Freya. Foto: Arcangelo Piai / Villa Freya
Villa Freya. Foto: Arcangelo Piai / Villa Freya
Freya Stark con su hermana Vera
Freya Stark con su hermana Vera

Nunca se cansó de viajar, nunca se cansó de escribir. Escribió más de treinta libros tras su primer éxito literario. Pero le salía de forma natural: plasmar sus experiencias en el papel significaba para ella prolongar el viaje más allá del momento de la partida y del regreso. A través de la escritura narraba territorios y comunidades con una mirada atenta y curiosa, tratando de ir más allá de lo que se veía a simple vista. «El verdadero trotamundos, para quien viajar es felicidad, parte no para huir, sino para buscar. Al igual que el pintor ante el caballete, se desplaza continuamente para encontrar la perspectiva adecuada, y aunque tenga ante sí un paisaje bastante extenso que plasmar, el horizonte le parece aún demasiado cercano a su cuadro y debe alejarse de vez en cuando para contemplarlo con ojo imparcial. Esta necesidad lo mantiene siempre alerta. Retoca y vuelve a retocar los colores de su mundo tal y como los ve, y se aleja de ellos para obtener proporciones más precisas, para luego volver con la vista más aguda y descansada», escribió en 1950 en un artículo publicado en la revista británica The Spectator [nota del editor: traducción de Silvia Pio]. En sus libros, la precisión de las observaciones se entrelaza con sensibilidad, ironía y talento narrativo, dando protagonismo sobre todo a las personas que ha conocido a lo largo de su camino y reflejando su complejidad sin dejarse condicionar por los tópicos.

El tiempo parecía tener un efecto especial en ella: en lugar de alejarla de la exploración, parecía hacerla aún más decidida. De hecho, a los setenta y cinco años emprendió una de sus últimas grandes expediciones, en Afganistán. A los ochenta y cuatro años aún tuvo el valor de enfrentarse al Éufrates en una balsa y, a los ochenta y ocho, se adentró aún más lejos, por los intransitables senderosdel Himalaya, a lomos de una mula. Sus hazañas le valieron numerosos reconocimientos por parte de la Royal Geographical Society y de la Royal Asiatic Society, que celebraron tanto su excepcional labor como exploradora como su valiosa contribución al conocimiento geográfico y cultural de Oriente Medio. En 1972, además, recibió de la reina Isabel II el título de Dama del Imperio Británico.

La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
La Sala de Freya en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Museo Cívico de Asolo
Carta autógrafa de Freya Stark en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Finestre sull'Arte
Carta autógrafa de Freya Stark en el Museo Cívico de Asolo. Foto: Finestre sull’Arte

Pasó los últimos años de su vida en Asolo, la ciudad a la que siempre había estado unida y a la que siempre regresaba tras cada largo viaje, con nuevas telas procedentes de Oriente que enriquecían la antigua tejeduría heredada de su madre (desde donde, cada vez que emprendía un nuevo viaje, partían preciosos tejidos para obsequiar a jeques y otras personalidades con las que Freya tenía ocasión de encontrarse). Vivió en la villa que ahora lleva su nombre; tras un periodo en Estados Unidos, hasta 1966, abandonó la ciudad durante algunos años y luego regresó a Asolo, donde se estableció hasta su fallecimiento en 1993, a pocos días de cumplir cien años. La villa fue adquirida por la Provincia de Treviso y hoy en día es una antigua mansión que acoge eventos y exposiciones.

Por su parte, desde 2018, el Museo Cívico de Asolo rinde homenaje a la figura de Freya Stark, a quien ha dedicado «La habitación de Freya»: aquí, en un espacio acondicionado para rendirle homenaje, se recogen sus cuadernos de viaje, algunos de sus vestidos, objetos personales, su máquina de escribir y sus fotografías. Una sala dedicada a ella para recordar a una exploradora y escritora que hizo del viaje una razón de vida. Oriente, que de niña había conocido a través de las páginas de los libros, se convirtió a lo largo de su vida en un territorio real que recorrer, conocer y narrar, sentando así las bases de esa literatura de viajes que debería enseñarnos a mirar lo desconocido con otros ojos.



Ilaria Baratta

El autor de este artículo: Ilaria Baratta

Giornalista, è co-fondatrice di Finestre sull'Arte con Federico Giannini. È nata a Carrara nel 1987 e si è laureata a Pisa. È responsabile della redazione di Finestre sull'Arte.



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