Un entorno suspendido entre la materia y la imagen, entre la arquitectura y la percepción, entre el control y la posibilidad de transformación. Esta es la dimensión que da la bienvenida a los visitantes del Pabellón de Montenegro en la Bienal de Venecia 2026, donde el artista Siniša Radulović (Podgorica, 1983) presenta Out of the Blue, I’m Swept Away, un proyecto seleccionado para representar al país balcánico en el evento internacional que se celebra hasta el 22 de noviembre en los espacios de ArteNova. Comisariado por Vladislav Šćepanović y comisariado por Svetlana Racanović, el proyecto está organizado por el Museo de Arte Contemporáneo de Montenegro y propone una reflexión articulada sobre el modo en que las imágenes, los espacios y los sistemas de organización de la vida contemporánea influyen en la percepción de la existencia y la construcción de la identidad.
La instalación parte de una reflexión teórica que recuerda el pensamiento del filósofo Peter Sloterdijk y, en particular, su ensayo Reglas para el parque humano, en el que las sociedades contemporáneas se describen como sistemas de domesticación y control, “invernaderos antropogénicos” regidos por programas de regulación social. Es dentro de esta condición que Radulović construye su viaje visual, imaginando un entorno que cuestiona los límites entre lo natural y lo artificial, entre la vida vivida y la representación. La obra se desarrolla a través de dos niveles distintos pero profundamente interconectados. En la parte inferior, toma forma un espacio que recuerda un entorno subterráneo, casi un sótano mental y arquitectónico. Aquí el artista utiliza la planta de su propia casa como matriz, transformándola en un módulo repetido que se multiplica progresivamente hasta generar una estructura compleja y asfixiante. La repetición en serie del elemento habitable produce un paisaje arquitectónico caracterizado por una fuerte sensación de uniformidad. Las células espaciales se suceden según una lógica modular que elimina cualquier rastro de individualidad, construyendo una realidad desprovista de espontaneidad y progresivamente alejada de la experiencia humana. El entorno adquiere así los contornos de una visión casi distópica, en la que la arquitectura ya no representa un espacio vivo, sino un sistema de organización y control.
Dentro de esta estructura hay figuras humanas, también replicadas en serie. Hombres y mujeres aparecen como presencias inmóviles, desprovistas de identidad individual e incapaces de generar relaciones auténticas. No son familias, comunidades o grupos sociales, sino entidades aisladas que parecen pertenecer con naturalidad a este universo artificial. Sus características evocan la figura del replicante o autómata, sugiriendo una reflexión sobre la estandarización de la existencia contemporánea y la pérdida de las diferencias.
Según la interpretación propuesta por el artista, este microcosmos funciona como una especie de laboratorio simbólico en el que el visitante reconoce fragmentos de su propia experiencia cotidiana. De hecho, la repetición de estructuras vivas y figuras humanas devuelve una versión condensada de las dinámicas que caracterizan la vida contemporánea, planteando interrogantes sobre la relación entre el individuo y el sistema.
Por encima de esta dimensión rigurosa y ordenada, se abre una segunda zona de la instalación, radicalmente diferente en su naturaleza. A través de una superficie acristalada que actúa simultáneamente como umbral, espejo y elemento de conexión, la mirada es guiada hacia una línea de horizonte donde aparecen imágenes en movimiento. En este entorno superior, la rigidez da paso a la fluidez. Fragmentos corporales emergen y desaparecen dentro de una luz difusa y suave. Una mano, un mechón de pelo, una parte de una pierna o un contacto apenas perceptible se convierten en elementos de una presencia que nunca se deja definir del todo. El cuerpo aparece y se disuelve constantemente, oscilando entre la consistencia material y la desmaterialización.
La decisión de evitar una representación estable y reconocible subraya el interés del artista por las dimensiones transitorias de la experiencia. En este espacio no prevalece la memoria ni la narración lineal, sino la percepción inmediata, la sensación fugaz, el fragmento destinado a transformarse continuamente. Se invita al visitante a dejarse transportar por esta condición suspendida, experimentando una forma de deriva visual que interrumpe la lógica de control presente en el espacio inferior.
Toda la instalación está atravesada por una reflexión sobre la naturaleza de las imágenes y su papel en la vida contemporánea. Radulović observa cómo la incesante proliferación de contenidos visuales está cambiando progresivamente la forma en que los individuos se perciben a sí mismos y al mundo. En una realidad dominada por la producción y circulación de imágenes, los seres humanos tienden cada vez más a traducirse a sí mismos en imágenes, a construir su presencia a través de representaciones que sustituyen a la experiencia directa.
De esta toma de conciencia surge una de las preguntas centrales del proyecto: ¿qué imágenes pueden seguir ofreciendo un espacio de refugio y resistencia? En lugar de centrarse en la pérdida del original o en la autenticidad de la representación, la artista cuestiona la posibilidad de construir nuevas formas de morada simbólica a través de las propias imágenes. Este tema encuentra una expresión particular en la serie de fotografías presentadas en una sección separada de la instalación. Creadas sobre placas de vidrio mediante el antiguo procedimiento analógico del colodión húmedo, las imágenes adoptan la forma de objetos únicos e irrepetibles. En un contexto dominado por la reproductibilidad digital, estas fotografías reafirman el valor de la singularidad y la presencia material.
Los objetos representados parecen suspendidos entre diferentes identidades posibles. Pueden ser juguetes, recuerdos, reliquias personales, maquetas o fragmentos de memoria. Su naturaleza ambigua los convierte en elementos de conexión entre las dos dimensiones de la instalación. Por un lado recuerdan el mundo sólido y estructurado de la zona inferior, por otro se abren a la fluidez e indeterminación del espacio de las imágenes en movimiento.
El componente analógico también emerge en la construcción sonora de la obra. De hecho, el entorno está atravesado por una textura de sonidos que mezcla ruidos familiares y presencias más lejanas e indefinibles. Las frecuencias oscilan entre el Ruido Blanco y el Ruido Rosa, generando un paisaje sonoro caracterizado por continuos movimientos de acercamiento y alejamiento. Este tejido sonoro contribuye a construir una sensación de suspensión temporal, acompañando al visitante en una experiencia que no se limita a la dimensión visual, sino que implica a todo el cuerpo perceptivo. El efecto es el de una presencia constante pero nunca invasiva, que convierte el espacio expositivo en un entorno inmersivo y en constante cambio.
Entre los elementos del proyecto se encuentra una ampliadora fotográfica de época suspendida en el espacio. El objeto, aparentemente en desacuerdo con la tecnología contemporánea, adopta el papel de dispositivo poético. Desde ella se proyecta una imagen transparente de una rama de cerezo en flor. El ligero movimiento de la ampliadora da la impresión de que la rama se balancea suavemente en el aire. La flor del cerezo representa uno de los símbolos más significativos de toda la instalación: su presencia recuerda el tema de la fugacidad y la fragilidad de la existencia, convirtiéndose en el punto de partida y al mismo tiempo de llegada del camino imaginado por Radulović. En efecto, la imagen de la rama en flor sintetiza la reflexión sobre el valor de los momentos efímeros y la posibilidad de reconocer lo sublime en las manifestaciones más ordinarias de la realidad.
Con Out of the Blue, I’m Sweep Away, el artista intenta construir un cruce entre dimensiones aparentemente opuestas. Lo digital y lo analógico, lo artificial y lo natural, la rigidez y la fluidez, el control y la libertad coexisten en una misma experiencia. Las imágenes se convierten en herramientas a través de las cuales reconstruir relaciones, crear espacios compartidos y desarrollar una nueva ecología visual. En este proceso, el visitante está llamado a participar activamente, construyendo su propio camino a través de fragmentos, percepciones y conexiones personales. Entre arquitecturas seriadas, fotografías analógicas, sonidos suspendidos e imágenes en movimiento, Out of the Blue, I’m Swept Away construye un paisaje perceptivo que pretende cuestionar la relación entre el individuo y el mundo contemporáneo y plantear una pregunta esencial: ¿cómo podemos seguir habitando las imágenes sin que nos absorban por completo?
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| Bienal, el Pabellón de Montenegro investiga la relación entre imagen y realidad |
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