por Marco Ferri 11/05/2026
Categorías: Opiniones / Descargo de responsabilidad
En Venecia, el mejor momento es al atardecer, cuando el silencio del crepúsculo devuelve la magia a la Plaza de San Marcos. Es entonces cuando las proyecciones de luz sobre el Palacio Ducal y el Campanile convierten la maravilla en un espectáculo chocante, casi ofensivo. Venecia se convierte en Las Vegas.
Puede que sea el marcado contraste con el bullicio de las horas diurnas, pero es con el crepúsculo cuando Venecia adquiere un encanto sin igual. Quizá sea la verdadera y única obra de arte de cada Bienal. Deambular por calles y campi al atardecer es como respirar hondo después de una experiencia sin aliento. Lógico, pues, que quien sea sensible a la alternancia de luz y oscuridad quiera experimentar la suntuosidad de la Plaza de San Marcos en condiciones lumínicas diferentes a las del día.
Y es entonces cuando uno es víctima de una sorpresa inesperada. Al pasar por los pies de la Torre del Reloj y frente a la Basílica de San Marcos, llama la atención el colorido de las figuras geométricas proyectadas sobre la fachada del Palacio Ducal, que cubren su encanto gótico. Es un espectáculo inesperado, invasivo, inmotivado, francamente chocante, innecesario. Casi ofensivo, porque distorsiona lo real que presume de siglos de admiración.
Bien mirado, la sorpresa es doble, porque además de asistir a un espectáculo con el que ni Las Vegas soñaría, resulta molesto no poder contemplar la fachada del Palacio Ducal en su estado natural.
Y por si fuera poco, mientras en nuestros smartphones buscamos explicaciones a semejante iniciativa (que no encontramos), en un instante hasta el Campanile di San Marco se convierte en pantalla para proyecciones de dudoso gusto. Como si vistieran un pijama de rayas. Cualquier otro comentario parece superfluo.
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