Durante más de un siglo, el lago de Garda ha representado para un amplio público de viajeros una experiencia vivida a través del prisma de la imaginación, incluso antes que en la realidad física. Antes de ser realmente recorrido o explorado, este espejo de agua fue anhelado, contemplado y construido a través de un sofisticado conjunto de representaciones que han moldeado su percepción colectiva. Carteles, postales ilustradas, folletos informativos, guías turísticas, fotografías de época y, posteriormente, grabaciones cinematográficas han ido delineando, con el paso del tiempo, un repertorio visual compartido, transformando un paisaje geográfico en uno de los iconos más reconocibles y famosos del panorama turístico europeo. A este tema está dedicada la exposición titulada «Visite el Garda. «Gráfica y promoción desde la Belle Époque hasta el turismo moderno», que se celebra en el Museo Alto Garda de Riva del Garda (Trento) del 4 de julio al 18 de octubre de 2026 y está comisariada por Matteo Rapanà y Anna Zunino, y cuyo objetivo es analizar en profundidad este proceso: la génesis histórica, cultural y visual de la imagen turística del lago de Garda a caballo entre finales del siglo XIX y la plena época contemporánea. El proyecto surge con motivo de las celebraciones del centenariode la Azienda Autonoma di Soggiorno e Turismo de Riva del Garda, hoy conocida como Garda Dolomiti, y se basa en un sólido patrimonio de colecciones que el museo ha ido ampliando a lo largo de los años mediante adquisiciones, donaciones y depósitos específicos, además de una rigurosa labor de investigación llevada a cabo en diversos museos, archivos e instituciones especializadas en la materia.
La iniciativa no pretende ser una simple muestra de material publicitario de época, sino más bien un estudio sobre la semiótica del territorio. Se trata de un análisis minucioso de las formas en que un lugar geográfico se traduce en imagen, haciéndolo comunicable y transformándolo en un destino de referencia. En este contexto, el cartel turístico, en su vocación original y efímera destinada a la exposición pública, se erige como un dispositivo cultural de crucial importancia. El cartel no se limita a la mera promoción de un lugar, sino que contribuye activamente a la definición de su identidad, registrando con extrema precisión la evolución del gusto, las transformaciones de las técnicas artísticas, las aspiraciones sociales y los cambios radicales en las infraestructuras de movilidad.
La primera sección de la exposición, dedicada a los encantos mediterráneos entre los Alpes, se centra en el largo período que precede al estallido de la Primera Guerra Mundial, momento en el que el lago de Garda hace su entrada oficial en el imaginario turístico del continente. Gracias a su singular ubicación geográfica, a caballo entre el rigor alpino y la suavidad mediterránea, el lago se impone rápidamente como destino privilegiado para los flujos de viajeros procedentes de Europa central y septentrional. En esta fase inicial, la promoción turística tiende a construir una imagen del lago de Garda como un lugar caracterizado por un clima y un paisaje excepcionales, definiéndolo como un «Mediterráneo del Norte», distinguido por una luz difusa, una vegetación exótica y atmósferas propias de un lugar de veraneo elegante y aristocrático.
Los primeros carteles y materiales impresos ilustrados de aquella época adoptan un lenguaje aún estrechamente vinculado a los modelos del siglo XIX, en los que la composición descriptiva y una estructura narrativa en mosaico organizan el paisaje en secuencias visuales destinadas a lograr su máxima reconocibilidad. Es en este contexto donde se registran algunos de los primeros experimentos de la comunicación turística moderna, en los que los elementos realistas y las sugerencias decorativas se entrelazan con un uso cada vez más consciente del diseño gráfico entendido como un potente instrumento persuasivo. Los carteles, las postales y los materiales editoriales contribuyen a la creación de un auténtico mundo de papel, ámbito en el que la promoción turística se afirma como un lenguaje autónomo y codificado.
El progreso de las infraestructuras de transporte marca un paso decisivo para la economía y la percepción del territorio. El desarrollo del ferrocarril, la navegación a vapor y, posteriormente, la red de carreteras contribuye a redefinir drásticamente la relación entre el paisaje y su accesibilidad. El propio viaje se convierte en parte integrante de la experiencia turística y, en consecuencia, de su representación visual. Los horarios ferroviarios, las conexiones lacustres y los itinerarios ilustrados pasan a formar parte de manera contundente del repertorio iconográfico, transformando el lago de Garda en un destino moderno, interconectado y perfectamente organizado.
Junto a una producción promocional, a menudo anónima o a cargo de ilustradores vinculados a las editoriales, comienzan a surgir las primeras figuras de autor capaces de interpretar el territorio con una sensibilidad artística superior. Entre ellas destaca la figura de Elio Ximenes, presente en la exposición con numerosas obras, entre las que se encuentra el célebre Lago de Garda de 1904, en el que el paisaje del Garda se carga de una dimensión evocadora y teatral, aún profundamente influida por la cultura pictórica clásica, pero ya orientada hacia una síntesis moderna. En estas representaciones, el Garda aparece como un universo suspendido entre la realidad y lo ideal. Las elegantes figuras femeninas que pueblan estas composiciones no son meros elementos decorativos, sino que encarnan un modelo de turismo burgués internacional, en el que el viaje sigue siendo una experiencia refinada, pausada y profundamente contemplativa.
La segunda sección de la exposición está dedicada al temade la embriaguez de la velocidad y documenta la profunda transformación del lenguaje visual entre los años veinte y cuarenta, en estrecha coincidencia con la redefinición política y de infraestructuras del territorio que tuvo lugar tras la Primera Guerra Mundial. La incorporación del lago de Garda al espacio nacional italiano y la construcción de grandes arterias viarias, en particular la carretera Gardesana, determinaron un cambio radical en la imagen global del lago. Símbolos inequívocos de este progreso son la Gardesana Oriental y la Occidental, bautizadas por Gabriele D’Annunzio como «la vía lacustre tan italiana». Estas espectaculares obras de ingeniería permiten recorrer el lago íntegramente en coche, inaugurando una nueva experiencia de viaje basada en la movilidad, la velocidad y la libertad de movimiento individual.
Aunque los talleres gráficos siguen desempeñando un papel de primera importancia en la producción, se va imponiendo progresivamente un estilo más sintético y dinámico. Las composiciones se vuelven esenciales, bajo la influencia de las vanguardias artísticas y de la nueva cultura del movimiento. El impacto del futurismo se traduce en imágenes capaces de ensalzar la velocidad y el progreso técnico, transformando el viaje en una experiencia moderna, emocionante y espectacular. Entre las obras más destacadas se encuentran los carteles relacionados con la movilidad automovilística y los circuitos turísticos, como *Circuito del Garda. Autolinee di Gran Turismo*, de Arduino Cola, de 1930, y *Gardone am Gardasee*, de Arturo Panni, de 1933. En estas obras, el paisaje se reduce a unos pocos elementos fundamentales, como la carretera, el agua y la montaña, creando una iconografía destinada a consolidarse en las décadas siguientes, como atestigua el espléndido cartel *Riva Torbole Lago di Garda*, realizado en 1952 por el genovés Mario Puppo.
La tercera sección profundiza en la transición hacia el turismo moderno que tuvo lugar en los años veinte y treinta. A pesar de las notables dificultades económicas de la posguerra, el sector turístico recupera su vigor y adquiere connotaciones inéditas. Gardone Riviera refuerza su notoriedad internacional gracias a la presencia constante de Gabriele D’Annunzio, mientras que Riva del Garda consolida su vocación balnearia y la ciudad de Arco convierte gran parte de sus históricos y prestigiosos hoteles en centros sanitarios especializados. Al mismo tiempo, también cambia el público al que se dirige: ya no son exclusivamente los visitantes nórdicos, sino la creciente burguesía italiana, a la que se presenta el lago de Garda como un lugar moderno, símbolo de una identidad nacional recuperada.
Otro cambio de gran relevancia es la democratización del turismo: de ser una experiencia reservada a una élite internacional reducida, se convierte en un fenómeno generalizado y socialmente transversal. En consecuencia, también la representación del viajero sufre una profunda transformación. Las figuras femeninas elegantes y estáticas de la Belle Époque dan paso progresivamente a cuerpos dinámicos, deportivos y conscientes, expresión de una nueva relación con el tiempo libre, el bienestar físico y la modernidad. Un ejemplo emblemático es la obra Gardone. Lago de Garda, de 1936, de Franco Mosca, que casi encarna la personificación de la ideología de la salud promovida por el régimen. A través de estas imágenes toma forma una nueva concepción del turismo, entendido ya no solo como el desplazamiento hacia un destino, sino como la búsqueda de un estilo de vida moderno, en el que el cuerpo y la gestión del tiempo libre pasan a ser protagonistas.
Esta transformación se aprecia claramente también en el diseño gráfico publicitario, donde las imágenes evolucionan hacia una mayor inmediatez comunicativa. El lenguaje visual se simplifica y se vuelve más sintético, influido por las reglas compositivas propias de las vanguardias artísticas y por las necesidades de una comunicación moderna. Ejemplos de este cambio se encuentran en obras como *Riva Torbole. Lago di Garda, de 1927; Primavera del Garda, de 1935; y, en particular, Lago di Garda. Gardone Riviera, del florentino Giuseppe Riccobaldi del Bava, de 1929, artista extremadamente prolífico en su producción dedicada a la cuenca del lago de Garda.
En este complejo proceso, no solo los carteles, sino todo el aparato de la comunicación turística, asumen un papel protagonista. La exposición pone de relieve la existencia de un sistema integrado que incluye postales ilustradas, folletos, guías, fotografías y materiales editoriales diversos. Estos instrumentos contribuyen a la construcción de un imaginario coherente y generalizado, capaz de consolidar la identidad del Garda como destino de categoría internacional. En este sentido, las imprentas y los talleres gráficos desempeñan un papel fundamental, ya que constituyen el núcleo productivo de la comunicación entre finales del siglo XIX y el siglo XX. Entidades como las Officine Chiattone, las Arti Grafiche Wild, la S.A.I.G.A. y Barabino & Graeve no actúan como meros ejecutores técnicos, sino como auténticos mediadores culturales entre el cliente, el artista y el público final.
Con la llegada del cine, el sistema comunicativo se enriquece con una nueva dimensión: las imágenes en movimiento. Las secuencias cinematográficas procedentesdel Istituto Luce, proyectadas en el seno de la exposición, introducen una percepción dinámica del paisaje, en la que el lago de Garda ya no se representa únicamente de forma estática, sino que se vive en el transcurso del tiempo. Esta sensación de dinamismo se ve aún más acentuada al escuchar piezas musicales de la época reproducidas en las salas, que ayudan al visitante a sumergirse por completo en las atmósferas del pasado.
La exposición aspira a reflejar la complejidad de un largo proceso histórico en el que el lago de Garda no se presenta únicamente como un lugar geográfico, sino como una construcción cultural estratificada. La imagen turística no puede considerarse neutra: selecciona, interpreta y amplifica determinados aspectos del territorio, contribuyendo de manera decisiva a definir su identidad pública e internacional. El cartel turístico, por lo tanto, se revela no solo como una herramienta promocional, sino como un documento histórico y cultural de primera importancia. Contar la historia del Garda a través de sus carteles y materiales promocionales significa, en definitiva, recuperar la historia de un paisaje que, ante todo, fue imaginado y posteriormente habitado, y significa reconocer que la identidad de un territorio no es un dato inmutable, sino el resultado de una negociación continua entre la mirada, la representación y la realidad.
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| Visita el Garda: exposición sobre la evolución de la imagen turística del lago de Garda |
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