Cuando se piensa en Miguel Ángel Buonarroti ( Caprese, 1475 – Roma, 1564), la imaginación no puede sino volverse, y es inevitable, hacia las grandes obras maestras que han marcado la historia del arte occidental. La Piedad vaticana, que se conserva en la Basílica de San Pedro; el David, esculpido para Florencia y que hoy se encuentra en la Galería de la Academia; los frescos de la Capilla Sixtina; las obras arquitectónicas monumentales diseñadas en las últimas décadas de su vida: todas ellas obras maestras que han contribuido a forjar la imagen de un artista casi sobrehumano, un creador divino, reconocido como tal ya por sus contemporáneos, un genio capaz de enfrentarse al mármol, la pintura y la arquitectura como pocos otros en la historia. Sin embargo, junto a esta dimensión monumental y extraordinaria, existió, como bien podemos imaginar, un Miguel Ángel cotidiano, hecho de hábitos sencillos, tareas domésticas y necesidades prácticas. Es la faceta de Miguel Ángel que se desprende de su correspondencia privada. Sin embargo, no solo hay cartas. También nos revela esta faceta menos conocida del artista un documento tan humilde como valioso: una lista de la compra redactada de su puño y letra hace más de quinientos años.
El manuscrito con esta curiosa lista de la compra, por cierto ilustrada, se conserva en Florencia, en la Casa Buonarroti, entre los documentosdel Archivo Buonarroti, uno de los archivos privados más importantes relacionados con un artista del Renacimiento que han llegado hasta nosotros. Su referencia archivística es AB, X 578v. Se trata de una hoja aparentemente corriente, redactada en el reverso de una carta recibida de un noble con el que mantenía correspondencia, Bernardo Niccolini, el 13 de mayo de 1517, y utilizada por Miguel Ángel en 1518 para anotar una serie de alimentos que debía comprar.
El documento, a pesar de su sencillez, constituye un testimonio excepcional. De hecho, muy pocos grandes artistas del Renacimiento nos han dejado rastros tan directos y espontáneos de su vida cotidiana: si bien las cartas, los contratos y los documentos oficiales permiten seguir las grandes vicisitudes profesionales de Miguel Ángel, esta lista de la compra abre, por el contrario, una ventana a una dimensión privada y doméstica que rara vez se ha documentado.
La extraordinaria riqueza de la correspondencia de Miguel Ángel permite a los estudiosos seguir, casi día a día, muchas etapas de la vida del artista. A través de cartas, apuntes, recibos y diversas anotaciones, no solo salen a la luz los acontecimientos relacionados con sus obras, sino también sus preocupaciones económicas, sus relaciones familiares, los asuntos administrativos y los aspectos más cotidianos de la vida; además, se puede llegar a hacerse una idea del temperamento de Miguel Ángel, que desde luego no era de los más fáciles. La lista de la compra pertenece precisamente a esta categoría de documentos aparentemente marginales que, observados con atención, permiten comprender mejor la realidad concreta que vivía el artista.
En el momento de redactar el documento, Miguel Ángel se encontraba inmerso en una de las empresas más ambiciosas de su carrera: el proyecto de la fachada de la basílica de San Lorenzo en Florencia. La obra había sido encargada por el papa León X, miembro de la familia Médici, y debía convertir la iglesia de los Médici en uno de los monumentos más extraordinarios del Renacimiento. Aunque el proyecto nunca llegó a realizarse, mantuvo ocupado al artista durante varios años, obligándole a desplazarse con frecuencia entre Florencia, Roma y las canteras de mármol de la costa toscana. Es precisamente durante este periodo intenso y complejo cuando Miguel Ángel anota en una hoja una serie de alimentos necesarios para la gestión del hogar. El texto enumera pan, vino, pescado, verduras y otros productos de uso común, lo que ofrece un testimonio directo y poco común de los hábitos alimenticios del artista: «Dos panes / Una jarra de vino / Un arenque / Tortelli / Una ensalada / Cuatro panes / Una jarra de tondo / Un cuarto de bruscho / Un platito de espinacas / Cuatro anchoas / tortelli / Seis panes / Dos sopas de hinojo / Un arenque / Una jarra de vino tinto».
Y lo que hace que este documento sea realmente famoso es un detalle concreto. Junto a los nombres de los alimentos, Miguel Ángel realizó, de hecho, pequeños bocetos que representan los productos enumerados. Pan, pescado, botellas y otros alimentos se resumen mediante unos pocos y rápidos trazos de pluma. No se trata, por supuesto, de dibujos elaborados ni destinados a ser conservados, sino desimples imágenes funcionales. Según los estudiosos, la presencia de estos bocetos podría explicarse por la necesidad de que la lista resultara comprensible para un sirviente analfabeto o con escasa familiaridad con la escritura. Gracias a los dibujos, el destinatario habría podido reconocer fácilmente los productos que debía comprar sin tener que interpretar las palabras escritas. Esta hipótesis hace aún más interesante la lectura del documento, ya que Miguel Ángel utiliza aquí el lenguaje que mejor conoce, el de las imágenes, incluso para resolver un problema práctico de la vida cotidiana. El dibujo, que en sus manos era una herramienta de diseño artístico y un medio expresivo del más alto nivel, se convierte aquí en un simple apoyo a la comunicación doméstica. Cabe añadir, además, que incluso en un contexto tan informal destaca, no obstante, la extraordinaria destreza gráfica del artista. Las pequeñas figuras trazadas en la hoja muestran, de hecho, una capacidad de síntesis y una seguridad en el trazo que delatan inmediatamente la mano de un dibujante experto.
El contenido de la lista es igualmente interesante. Traducida, la lista diría más o menos así, en italiano actual: «dos panes, una jarra de vino (un cuarto de vino), un arenque, tortelli, una ensalada, cuatro panes, un cuarto de vino redondo, un cuarto de vino brusco, un plato de espinacas, cuatro anchoas, tortelli, seis panes, dos sopas de hinojo, un arenque, un cuarto de vino redondo». Las repeticiones se deben probablemente a la organización de la lista, tal vez una sucesión que podría corresponder a diferentes comidas o a varios días consecutivos. Los estudiosos han observado que la hoja parece, de hecho, dividida en secciones distintas, probablemente referidas a diferentes momentos de abastecimiento alimentario.
Al analizar el contenido, se aprecia, no obstante, una dieta caracterizada por alimentos sencillos y típicos de la tradición toscana de principios del siglo XVI. El pan ocupa un lugar central, como ocurría en la mayoría de las mesas italianas de la época. A él se suman el vino ( de dos tipos: el «tondo», un vino con más cuerpo, y el «brusco», es decir, un vino seco), el pescado en conserva, las verduras y los platos a base de pasta rellena (los tortelli, ya muy extendidos en aquella época). Resulta especialmente significativala ausencia total de carne. Este detalle se ha interpretado a menudo como una confirmación de la proverbial frugalidad de Miguel Ángel, descrita por numerosos biógrafos y contemporáneos. Sin embargo, los historiadores han propuesto una explicación más precisa: la lista se habría elaborado, de hecho, durante el periodo de Cuaresma. En 1518, la Pascua caía el 4 de abril y las normas religiosas vigentes en aquel momento establecían restricciones alimentarias que limitaban en gran medida el consumo de carne. En este contexto, la presencia de arenques y anchoas resulta perfectamente coherente con los hábitos alimentarios de la Cuaresma. El documento contribuye, por tanto, también a la reconstrucción de las prácticas religiosas y sociales de la época: a través de una simple lista de la compra es posible apreciar el peso de las tradiciones litúrgicas en la vida cotidiana de las personas, incluidas las de los círculos más prestigiosos de la cultura renacentista.
La fama de Miguel Ángel como hombre austero encuentra, por tanto, en esta hoja una confirmación parcial. De hecho, numerosos testimonios describen al artista como una persona poco dada al lujo y a los excesos. A pesar del éxito profesional y de los importantes ingresos acumulados a lo largo de su carrera, Miguel Ángel mantuvo a menudo un estilo de vida relativamente sobrio, y su lista de la compra parece reflejar esta inclinación. Ninguno de los productos enumerados puede considerarse especialmente caro o refinado. Se trata más bien de alimentos comunes, fáciles de conseguir y adecuados para una dieta básica. No obstante, no se trata de un documento raro: no disponemos de muchos testimonios sobre los hábitos alimenticios de Miguel Ángel, pero existen. Por ejemplo, hay una hoja en la que Miguel Ángel escribe, probablemente dirigiéndose a uno de sus colaboradores: «facti dare una pera chotognia bella y madura / porta un poco de azúcar rojo / cuatro panes del panadero / dos libras de castrone». Y además, en el reverso de una carta de 1557, Miguel Ángel escribe que había comido arenques, bocadillos, vino, ensalada, espinacas, anchoas, tortelli y sopa de hinojo. «La sencillez de la comida, el acto natural de comer, siempre que no se exceda y se convierta en convivencia», recordaba el escritor Filippo Tuena en su libro sobre Miguel Ángel, «está siempre presente en la correspondencia».
Hay que añadir, además, que, a pesar de las apariencias, el documento sugiere una realidad más compleja. La cantidad de productos adquiridos y la variedad de alimentos indican, de hecho, una capacidad económica nada desdeñable. Miguel Ángel era ya un artista consagrado, solicitado por las cortes italianas más importantes y por los papas. Además, los gastos anotados en la hoja permiten intuir la presencia de una pequeña comunidad doméstica compuesta por sirvientes y colaboradores que vivían junto al artista (y, en este sentido, las ilustraciones resultan especialmente reveladoras). Es precisamente esta combinación de sencillez y bienestar económico lo que hace que el documento resulte especialmente significativo. Miguel Ángel no aparece como un asceta aislado del mundo, sino como un hombre que gestiona un hogar, organiza el abastecimiento y se enfrenta a diario a cuestiones prácticas.
Sin embargo, hay quienes han ofrecido una interpretación diferente y han considerado esta lista como un documento mucho más sofisticado de lo que cabría pensar, una hoja casi irónica. Según el estudioso de literatura Leonard Barkan, estos tres «menús» son demasiado fragmentarios e informales para considerarse algo práctico y, siempre en su opinión, Miguel Ángel habría anotado los gastos de una manera mucho más rigurosa. Barkan, en particular, se ha centrado en el contexto de la lista: el reverso de una carta que tiene un tono oficial y pomposo, con una caligrafía elaborada (basta con ver cómo está escrita la palabra «Pietrasanta», el lugar al que se había desplazado para extraer los mármoles necesarios para la obra de San Lorenzo, lugar al que, por otra parte, había acudido a regañadientes y casi obligado, ya que él prefería las canteras de Carrara), y ha señalado que convertir el reverso de esa carta en una lista de la compra podría haber sido un gesto irónico, una especie de respuesta que reduce la solemnidad de la orden a las necesidades más elementales de la vida cotidiana. «El paso de la convocatoria real a la lista de la compra, de una esfera principesca de excesos a una tienda de productos de primera necesidad», escribe Barkan, «podría parecer una respuesta adecuada cuando no es posible escribir una carta de respuesta directa». Y añade: «Toda la secuencia concluye cuando la imagen final (la tercera y mayor jarra de vino, realizada con trazos especialmente gruesos) se superpone al texto preexistente. En cierto sentido, esta colisión puede indicar el gesto definitivo de desprecio del artista hacia su corresponsal burocrático».
Según Barkan, las ilustraciones tampoco serían anotaciones destinadas a un sirviente analfabeto, entre otras cosas porque con dibujos como los de la lista habría sido difícil comunicar, por ejemplo, la calidad del vino. Por no hablar de que ni la palabra ni el dibujo pueden reproducir el sabor del pan o del vino. «Un objetivo que va más allá del alcance tanto de la pictura como de la poesis», escribe Barkan, «en un lugar donde el cuerpo posee un discurso propio e intraducible». Por lo tanto, en su opinión, podría tratarse de una reflexión sobre los límites de la palabra y también sobre los de la imagen.
Desde el punto de vista histórico, el manuscrito pertenece a esa amplia categoría de hojas de uso común que pueblan el Archivo Buonarroti. Lejos de la monumentalidad de los bocetos preparatorios y de los documentos oficiales, estos materiales, independientemente de cómo se interprete su significado, constituyen una fuente insustituible para comprender la vida real del artista. A menudo, la historia del arte tiende a centrarse exclusivamente en las obras acabadas, en las grandes obras en curso y en las hazañas creativas. Documentos como la lista de la compra permiten, en cambio, recuperar una dimensión más humana y concreta, recordándonos que detrás de cada obra maestra había una persona inmersa en las mismas necesidades cotidianas que comparten los hombres de todas las épocas. Por este motivo, la pequeña hoja conservada en Casa Buonarroti sigue fascinando a estudiosos y visitantes. En esas pocas líneas escritas rápidamente y en esos sencillos bocetos se manifiesta una sorprendente cercanía entre el presente y el pasado. El Miguel Ángel que pide pan, vino, espinacas y arenques parece, de repente, menos distante de nuestro mundo que aquel titán que pintó al fresco la bóveda y las paredes de la Capilla Sixtina.
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