La reciente denuncia del Tribunal de Cuentas contra la exdirectora del Archivo Estatal de Nápoles, Candida Carrino, en la que se le insta a responder por un perjuicio al erario público de 613 000 euros, que corresponden a ingresos no percibidos derivados de la concesión de espacios del Archivo de forma gratuita o a precios considerados demasiado bajos entre 2021 y 2024, es un episodio que debería dar mucho que pensar a quienes se ocupan de la cultura, pero también a los propios responsables políticos.
La exdirectora fue artífice, en aquellos años, de un auténtico renacimiento del Archivo Estatal: una afirmación que no pretende en absoluto restar mérito a sus predecesores, sino destacar sus méritos de gestión y su visión moderna del archivo como lugar de cultura, en línea con numerosos ejemplos internacionales. La exdirectora transformó un lugar accesible únicamente para un número muy reducido de expertos en un espacio vivo y abierto a la ciudad. Ha abierto sus espacios a los ciudadanos de a pie, que han redescubierto una joya en Nápoles, pero también ha puesto en marcha diversas iniciativas que han repercutido positivamente en la imagen del archivo: desde la restauración de los jardines y huertos históricos de los patios hasta la recuperación de las cisternas para la recogida de agua. Son numerosas las iniciativas llevadas a cabo en colaboración con entidades municipales, lo que demuestra que los espacios culturales deben dialogar con las distintas partes interesadas locales. Pero la exdirectora también se vio envuelta en una polémica por una boda celebrada en las salas históricas del archivo, un evento privado que sirvió al Archivo para recaudar fondos, pero que, en este caso concreto, resultó poco compatible con la protección de los espacios. Este fue quizás el único «plátano» sobre el que resbaló (¿lanzado por alguien?) en casi seis años de actividad, durante los cuales, con proyectos científicos y culturales, publicaciones y eventos, devolvió el Archivo Estatal de Nápoles a los ciudadanos de a pie.
Sin embargo, este análisis no pretende centrarse en la persona ni en la labor del Tribunal de Cuentas, sino en los principios que deberían guiar a un gestor cultural. A la exdirectora del Archivo Estatal de Nápoles, el Tribunal de Cuentas no le imputa haberse enriquecido con los eventos del archivo, precisamos. Lo que se le imputa es haber cedido de forma gratuita o a precios demasiado bajos los espacios del Archivo que dirigía para eventos y grabaciones televisivas. Aclaramos una vez más que no se pretende juzgar la labor del Tribunal de Cuentas, sino una metodología. De hecho, en 2026 resulta sorprendente, a ojos de quienes se dedican a la cultura, que una exposición u otra actividad cultural deba generar únicamente un beneficio de carácter económico. Como si otros tipos de beneficios —sociales, culturales o de imagen— ni siquiera existieran.
El indicador económico es una herramienta fundamental en la gestión cultural y a la hora de evaluar el trabajo de un director, pero no puede ser el único indicador. En los últimos años, las instituciones culturales siguen siendo juzgadas en exceso por factores cuantitativos, como el número de entradas vendidas o la recaudación obtenida, excluyendo a menudo el impacto social y cultural en el territorio, métricas cualitativas que rara vez se miden mediante balances sociales. Esta lógica lleva a medir y sopesar todo desde un punto de vista puramente económico: un préstamo, una exposición, un evento.
El episodio relacionado con la exdirectora del Archivo Estatal de Nápoles es fruto de esta lógica, que evidentemente aún tiene dificultades para ver a un director como un gestor, sino más bien como una figura más cercana a un contable. El gestor cultural se convierte, por tanto, en una especie de charcutero, que debería valorar al kilo el precio de las iniciativas, los proyectos, los eventos y las obras de arte. Esta visión ha llevado en los últimos años a considerar cada vez más los espacios culturales públicos, como los museos, como instrumentos de lucro, útiles para que el Estado genere ingresos. Es justo e importante que estos espacios aspiren a su propia sostenibilidad económica, pero el objetivo de la cultura no puede ser generar ingresos para el Estado. El objetivo de la cultura debería ser impulsar el desarrollo —ante todo, cultural y social—, fomentar el sentido cívico y nuestra conciencia, y cuestionarnos la condición humana. Estupendo si, de forma directa o indirecta, la cultura consigue también generar un impacto económico positivo para el territorio. Los espacios culturales públicos no pueden, por tanto, considerarse meramente como instrumentos de obtener ingresos, sino más bien como inversiones en el desarrollo de los ciudadanos.
A la luz de estas consideraciones, creo que este episodio es una señal muy preocupante para quienes se dedican a la cultura, pero también podría ser una oportunidad para invertir este rumbo. Una oportunidad para aceptar por fin que el producto cultural es algo especial y que su complejidad y función no permiten equipararlo a otros productos.
El autor de este artículo: Francesco Carignani di Novoli
Esperto in management e politiche culturali, è Capo Delegazione FAI a Napoli - Fondo per l'Ambiente Italiano oltre che Governatore alla Gestione e Valorizzazione del Patrimonio Culturale del Pio Monte della Misericordia. È inoltre Fellow of the RSA - Royal Society of Arts, membro del coordinamento regionale di ICOM - International Council of Museums e Presidente di Fucina Umanistica Digitale.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.