Hay museos que añaden obras. Y luego hay museos que añaden preguntas. El FAMM —Femmes Artistes Musée Mougins— pertenece sin duda a la segunda categoría. Nacido a partir de la colección de Christian Levett, el museo es el primero de Europa dedicado íntegramente a las mujeres artistas y ofrece un recorrido que va desde el impresionismo hasta el arte contemporáneo, conunas noventa artistas repartidas en cuatro plantas.
La fuerza del FAMM no reside tanto en afirmar un principio ya ampliamente compartido —la necesidad de devolver la visibilidad a tantas artistas que han quedado al margen de la narrativa oficial— como en hacer surgir una duda.
Al recorrer las salas, observando obras de Carla Accardi, Dadamaino, Ana Mendieta, Sarah Lucas, Tracey Emin y muchas otras, a menudo se tiene una sensación sorprendente. Y ante algunas obras, surge espontáneamente la pregunta: ¿quién ha influido en quién? Ya sea una compañera de vida o simplemente una compañera de camino, la pregunta resuena a lo largo de toda la visita.
Durante décadas nos hemos acostumbrado a leer la historia del arte a través del nombre del artista varón, mientras que la compañera, la esposa o la colega permanecían en un segundo plano. Sin embargo, al observar estas obras una tras otra, la duda se hace casi inevitable: ¿estamos seguros de que fueron ellas quienes siguieron los pasos de sus compañeros más famosos? ¿O no ocurrió, al menos en algunos casos, también lo contrario?
El FAMM no pretende reescribir la historia a la fuerza. Hace algo más inteligente: por fin permite que las obras dialoguen entre sí, liberándolas de los prejuicios arraigados en la historiografía. Es una experiencia que produce un curioso cortocircuito visual. Nos encontramos ante obras que parecen pertenecer a lenguajes que siempre se han atribuido a los grandes protagonistas masculinos del siglo XX. Solo que aquí las fechas, las investigaciones y la calidad de las obras obligan al visitante a poner en suspenso sus propias certezas. En este sentido, el FAMM no es un museo «militante»: es simplemente un museo que vuelve a situar en el centro la observación directa de las obras. Y quizá esta sea su cualidad más importante.
No se sale con la idea de que la historia del arte deba dar un giro de 180 grados: se sale con la conciencia de que probablemente se haya contado de forma incompleta. En una época en la que muchos museos intentan parecer contemporáneos mediante eslóganes identitarios o montajes espectaculares, el FAMM elige un camino más difícil: deja que sean las obras las que hablen. Y cuando eso ocurre, el resultado es sorprendente.
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