La Fondazione Querini Stampalia de Venecia acoge hasta el 13 de septiembre de 2026 la exposición L’accordo invisibile. Hans Hartung y la música, un amplio proyecto expositivo dedicado a Hans Hartung (Leipzig, 1904 - Antibes, 1989), uno de los artistas más influyentes de la Europa del siglo XX, y a su relación con la música. Comisariada por Thomas Schlesser y presentada por la Fondazione Querini Stampalia y la Fondazione Hartung-Bergman en colaboración con Perrotin, la exposición se desarrolla en los espacios del histórico palacio veneciano de Campo Santa Maria Formosa. Incluida en el programa de las iniciativas colaterales de la 61ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, la muestra llama la atención sobre un aspecto esencial pero menos investigado de la figura de Hans Hartung: su profunda y constante relación con la música. Un vínculo que acompañó al artista durante toda su vida y que influyó decisivamente en su producción pictórica, contribuyendo a definir el carácter mismo de su búsqueda abstracta.
La elección de Venecia también adquiere un significado especial en la historia biográfica del artista. De hecho, fue en la ciudad lagunar donde Hartung obtuvo uno de los galardones más prestigiosos de su carrera, el Gran Premio Internacional de Pintura de la Bienal de 1960, consagración definitiva de su fama internacional. La exposición reúne cerca de ochenta obras, entre pinturas, documentos de archivo, fotografías, herramientas de trabajo y materiales audiovisuales, ofreciendo una interpretación inédita de la trayectoria creativa del artista nacido en Alemania y nacionalizado francés. El proyecto pretende devolver al sonido y a la escucha el lugar central que ocuparon en la vida cotidiana y en el universo creativo de Hartung, reconstruyendo un paisaje formado por energías, gestos, ritmos y resonancias que recorren toda su producción.
Para Hartung, la música no era un simple acompañamiento de su obra. Era una presencia constante y necesaria. Pianista y bailarín durante su juventud, el artista desarrolló con los años una verdadera obsesión por el sonido, hasta el punto de no soportar el silencio. Un testimonio significativo procede de una carta escrita en 1948 por Pierre Soulages, que describe a un hombre incapaz de trabajar o incluso de pasar algún tiempo en reposo sin una banda sonora permanente. La radio estaba constantemente encendida y la música acompañaba cada momento del día.
Esta inmersión continua en el mundo del sonido se reflejó inevitablemente en su pintura. Aunque sus obras carecen de elementos musicales explícitos, aparecen atravesadas por ritmos, armonías, tensiones e impulsos que parecen traducir en imágenes las sensaciones generadas por la escucha. Las superficies pictóricas se convierten así en lugares en los que se condensan energías comparables a las de una composición musical.
Hartung nunca elaboró una teoría sistemática de la relación entre sonido, forma y color. A diferencia de artistas como Vasily Kandinsky o Arnold Schönberg, que abordaron el tema desde una perspectiva teórica y sinestésica, su relación con la música siguió siendo esencialmente física, directa e intuitiva. Para él, la música no era un objeto de reflexión intelectual, sino una condición necesaria para la creación artística. De hecho, el artista consideraba la pintura y la vida como elementos inseparables: la alegría de vivir coincidía con la alegría de pintar, y la música representaba el motor capaz de alimentar a ambas. En esta perspectiva, el acto creativo adquiere una dimensión casi vital, sostenida por la escucha continua y la participación emocional en el lenguaje musical.
La exposición parte de los orígenes de esta pasión a través de documentos y obras tempranas que atestiguan el temprano interés de Hartung por el mundo sonoro. Se analizan las posibles analogías entre algunos de los procedimientos de su pintura abstracta y los mecanismos compositivos de la música, destacando cómo ciertas estructuras visuales pueden abordarse con los principios de la orquestación y la construcción musical. La exposición también ahonda en las relaciones ideales entre la obra de Hartung y figuras fundamentales de la historia de la música como Johannes Brahms y Karlheinz Stockhausen, identificando afinidades que atañen tanto a la dimensión formal como a la emocional y perceptiva.
Se presta especial atención a los compositores que acompañaron concretamente la obra del artista. Entre ellos figuran los grandes maestros del Barroco, desde Johann Sebastian Bach a Georg Friedrich Händel , pasando por Antonio Vivaldi. Las notas de las Variaciones Goldberg, la Sarabande o las Cuatro Estaciones resonaban habitualmente en su estudio mientras pintaba con pinceles, rodillos litográficos o instrumentos técnicos adaptados a la práctica artística.
Junto a los grandes clásicos, Hartung también mostró interés por autores modernos y contemporáneos. Lili Boulanger, Pierre Boulez y Philip Glass formaron parte de sus frecuencias sonoras habituales, contribuyendo a una sensibilidad abierta a las transformaciones del lenguaje musical del siglo XX. Uno de los núcleos más significativos de la exposición explora el diálogo entre la producción del artista y el clima cultural de los años sesenta. En este contexto, emerge la dimensión cosmo-psicodélica que caracterizó aquella década y que encontró correspondencias no sólo en las artes visuales sino también en la escena del rock internacional. De ahí la referencia ideal a universos sonoros que llegan hasta Pink Floyd, evocados como parte de una constelación cultural capaz de dialogar con algunas de las tensiones presentes en la pintura del artista.
La exposición avanza también hacia una reflexión sobre el tema del silencio, considerado como un contra-campo necesario a la dimensión sonora. Un tema particularmente significativo para un artista que pasó su vida inmerso en la música y que hizo de la escucha un componente indispensable de su práctica creativa. La exposición también nos permite adentrarnos concretamente enel taller creativo de Hartung a través de la presentación de algunos instrumentos originales de su atelier. Estas herramientas se relacionan con el mundo de los instrumentos musicales, poniendo de relieve cómo el gesto del artista puede interpretarse como una especie de performance, un acto performativo en el que el cuerpo produce marcas sobre la superficie pictórica con una intensidad comparable a la de una actuación musical.
La exposición se completa con archivos, documentos históricos y materiales audiovisuales que permiten profundizar en la relación entre el artista y el sonido. Entre ellos se incluyen películas en las que músicos, compositores, intérpretes y coreógrafos, entre ellos Barbara Carlotti y Rodolphe Burger, son invitados a reflexionar sobre el legado cultural y artístico de Hartung.
Nacido en Leipzig en 1904 y fallecido en Antibes en 1989, Hans Hartung está considerado una de las figuras centrales del arte europeo del siglo XX. Su carrera comenzó a una edad muy temprana. Ya en 1922, cuando sólo tenía dieciocho años, realizó una serie de acuarelas abstractas caracterizadas por una asombrosa intensidad expresiva, a pesar de que aún no conocía las teorías de Kandinsky. A partir de ese momento, tomó forma una trayectoria de casi setenta años, marcada por una constante investigación técnica y formal. Aunque a menudo se le ha presentado como el principal intérprete de la pintura gestual, lírica y emocional, su obra revela un componente profundamente racional. Desde el principio, Hartung mostró interés por la relación entre el arte y las matemáticas, desarrollando una investigación en la que la espontaneidad y el control coexisten en equilibrio.
Entre los años treinta y finales de los cincuenta, el artista realizó inicialmente obras de pequeño formato sobre papel, que posteriormente trasladó a grandes lienzos mediante un preciso sistema de ampliación basado en el uso de cuadrículas. Este método da testimonio de una rigurosa estructura de diseño, a menudo oculta tras la aparente inmediatez del signo.
En los años sesenta se produce un giro decisivo. Tras su reconocimiento en la Bienal de Venecia de 1960, Hartung abandonó gradualmente el proceso de transferencia de imágenes y comenzó a trabajar directamente sobre lienzo. Al mismo tiempo, desarrolló nuevas técnicas y experimentó con materiales innovadores, como pinturas acrílicas y vinílicas de secado rápido, introduciendo prácticas de rayado, grabado y pulverización. La investigación tecnológica se convierte en parte integrante de su obra. El artista diseña y crea numerosas herramientas personales que le permiten ampliar aún más las posibilidades expresivas del gesto pictórico. La tensión hacia el equilibrio entre espontaneidad y perfección será una constante en su producción hasta los últimos días de su vida.
Incluso en sus últimos años, pasados en la casa-estudio de Antibes diseñada por él mismo, Hartung siguió pintando con extraordinaria intensidad, produciendo algunas de las obras más radicales de su carrera. Su investigación nunca dejó de evolucionar, manteniendo viva esa combinación de energía, rigor y libertad que le convirtió en una de las figuras más significativas del arte abstracto internacional.
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| Hans Hartung y la música, el diálogo entre pintura y sonido expuesto en Venecia |
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