La escultura de Auguste Rodin (París, 1840 – Meudon, 1917) vuelve a ser protagonista en la Fundación Pierre Gianadda de Martigny, en Suiza, con un proyecto expositivo inédito dedicado a la relación entre el arte y la poesía. Del 26 de junio al 22 de noviembre de 2026, todos los días de 10:00 a 18:00, el público podrá visitar «Rodin selon Rilke» ( «Rodin según Rilke»), comisariada por Véronique Mattiussi, una exposición organizada por el Museo Rodin de París en colaboración con la Fundación Pierre Gianadda, que propone una nueva mirada sobre la obra del maestro francés a través de la sensibilidad y la escritura de Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 – Montreux, 1926), uno de los principales poetas de lengua alemana del siglo XX. Por cuarta vez, Auguste Rodin se convierte en el prestigioso invitado de la Fundación, pero en esta ocasión el recorrido se centra en un tema completamente nuevo: el profundo diálogo entre el escultor y el poeta, que supo interpretar su obra con una extraordinaria capacidad interpretativa. La exposición (más información aquí) acompaña a los visitantes en un recorrido poético dividido en varios capítulos, construido a partir de obras maestras de Rodin y fragmentos seleccionados de los escritos de Rilke, fallecido exactamente cien años antes de la inauguración de la muestra.
En el centro del proyecto se encuentra una pregunta fundamental: ¿quién era Rilke, el joven poeta autor de la monografía sobre Auguste Rodin publicada en 1903 y que se ha convertido en uno de los textos más importantes jamás dedicados al escultor? Rainer Maria Rilke nació en Praga en 1875 y pasó una infancia marcada por la soledad. Tras terminar el bachillerato, estudió literatura y en 1896 publicó sus primeros poemas. Su formación artística se entrelazó pronto con la de la escultura: de hecho, se casó con la escultora Clara Westhoff, que en 1900 había asistido al efímero Institut Rodin. Fue precisamente gracias a un encargo editorial como surgió la relación que marcaría profundamente su vida. Un editor alemán le confió a Rilke la realización de una monografía dedicada a Rodin. El primer encuentro entre ambos tuvo lugar en París en 1902, cuando el escultor se encontraba ya en la cúspide de su fama internacional. Entre el joven poeta y el maestro se establece rápidamente una relación privilegiada. Rodin valora la presencia de Rilke y el poeta pasa una temporada en Meudon, donde reside el escultor, para observar de cerca su trabajo y preparar el volumen.
Publicada en marzo de 1903, la monografía se convierte en una especie de himno al genio de Rodin. La obra se considera un texto fundamental para conocer al escultor y se convierte en uno de los libros sobre Rodin más traducidos del mundo. El propio artista recibió un ejemplar del volumen, decidió mandarlo traducir y, tras leer su contenido, reconoció el talento del joven autor y le expresó su gratitud.
El vínculo entre ambos se prolongó en los años siguientes. En 1905, Rilke regresó a París y Rodin lo acogió de nuevo en Meudon, poniéndole a su disposición un pequeño pabellón donde el poeta pudiera trabajar. El escultor también le confió algunas tareas de secretaría para ayudarle económicamente. Durante once años, el arte y la poesía siguen siendo el eje central de su relación, caracterizada por intercambios continuos y una influencia creativa recíproca. Rilke ve en Rodin al padre de la escultura moderna, el artista capaz de romper con el academicismo y de devolver a la materia el movimiento, el sentimiento y la complejidad de la existencia humana. La libertad con la que Rodin aborda el cuerpo, llegando a fragmentarlo e incluso a mutilarlo, representa para el poeta una fuente inagotable de inspiración.
El recorrido expositivo se inaugura simbólicamente en el vestíbulo de la Fundación con El pensador, una monumental escultura en yeso de 1903, una de las imágenes más célebres de toda la obra de Rodin. La obra, concebida inicialmente para ser colocada en la parte superior de La Puerta del Infierno, representa una de las creaciones más emblemáticas del artista. Su interpretación sigue abierta: ¿se trata tal vez del poeta Dante sumido en la meditación sobre su propia obra o de Minos, el juez de las almas? Rodin describe «El pensador» como un hombre absorto ante los tormentos del alma humana. Rilke, por su parte, capta en la figura la transformación completa del cuerpo en pensamiento, describiendo al personaje como una presencia silenciosa y concentrada: un hombre «absorto en sus pensamientos y mudo», en el que toda la fuerza física se transforma en energía mental. La cita del poeta acompaña al visitante en la interpretación de la obra e introduce el tema central de la exposición: no solo ver las esculturas, sino comprenderlas a través de una mirada poética.
La introducción del recorrido reúne documentos de archivo, cartas escritas por Rilke a Rodin y la famosa edición de la monografía publicada en 1903. Ese volumen, considerado aún hoy una referencia fundamental en la literatura crítica sobre el artista, constituye la principal fuente de las citas utilizadas a lo largo del recorrido expositivo.
Uno de los primeros capítulos está dedicado a las formas del cuerpo en espera, indolentes y suspendidas. Rodin estudió a lo largo de toda su carrera el cuerpo humano como instrumento de expresión plástica y poética, trabajando en figuras relajadas, poses sensuales, torsiones y líneas sinuosas. Sus esculturas parecen a menudo capturar un momento interior, un estado del alma plasmado en la materia.
Entre las obras presentadas figura *La Danaide*, un bronce de 1885, en el que la ondulación del cuerpo femenino se convierte en imagen de la desesperación y de la eternidad inconclusa. La joven, agotada y doblegada por su propio tormento, aparece aplastada contra el suelo con el rostro oculto. Rilke interpreta esta escultura como un largo recorrido de la mirada por la espalda de la figura, hasta el rostro abandonado en la piedra y la mano que aún conserva un último signo de vida.
Otro capítulo fundamental está dedicado a la Puerta del Infierno, un proyecto que surgió de la inmersión de Rodin en la Divina Comedia de Dante y, en particular, en los cantos del Infierno. A través de cientos de figuras, el escultor representa las pasiones, los sufrimientos y los tormentos del alma humana, centrándose en el contraste entre la luz y la sombra y en la fuerza expresiva de la materia. Con el paso del tiempo, estas representaciones adquieren una dimensión cada vez más erótica y conducen al artista hacia un imaginario cercano a la sensibilidad de Charles Baudelaire. En esta sección se expone El beso, un grupo escultórico en yeso patinado de 1885, una de las obras más conocidas de Rodin. La escultura narra el amor trágico entre Paolo Malatesta y Francesca da Rimini, protagonistas del segundo círculo del Infierno dantesco. A pesar del origen dramático del tema, la obra destaca por la delicadeza de la composición y por la representación de un momento de intensa armonía. Rilke identifica precisamente en la distribución equilibrada de la vida en los cuerpos de los dos amantes la razón del encanto universal de la obra.
La exposición continúa con un análisis en profundidad del retrato, género en el que Rodin alcanza una posición innovadora gracias a su capacidad para ir más allá de la mera reproducción realista. El artista mantiene la referencia a la figura humana, pero rompe con los modelos tradicionales centrándose en la materia, en las superficies y en la capacidad del modelado para revelar la psicología del sujeto. La serie de cabezas y bustos expuestos da testimonio de esta búsqueda continua de la fisonomía, hasta el punto en que el parecido físico se une a la revelación del carácter. Es el caso de la Cabeza de Georges Clemenceau, realizada en terracota en 1911, en la que Rodin plasma el carácter enigmático, orgulloso y decidido del estadista francés. Rilke reconoce en esta obra la capacidad del escultor para indagar en todos los aspectos del ser humano a través del rostro.
Se dedica un capítulo más a «La muerte de Atenas», un yeso de 1902, alegoría en la que una mujer desnuda y agonizante representa la decadencia de la ciudad antigua. La figura, tendida sobre una columna fragmentada, se convierte en símbolo del fin de una época. Rilke interpreta en la obra la transformación de Atenas, que en su día fue imagen de la belleza y la gloria, en una presencia ya desaparecida.
También se presta gran atención a las manos, elemento autónomo y recurrente en la obra de Rodin. Para el escultor, las manos no son simples partes del cuerpo, sino sujetos capaces de expresar emociones y contar historias. Aisladas, ampliadas, ensambladas o combinadas con otros fragmentos, se convierten en un auténtico lenguaje de la escultura moderna.
Entre los ejemplos expuestos destaca *Gran mano crispada con figura suplicante*, en yeso, realizada antes de 1906. La obra presenta una mano poderosa y amenazante que domina a una figura femenina con las manos juntas en actitud suplicante. Esta investigación fascina a Rilke, quien identifica en el estudio de Rodin unas manos autónomas, casi dotadas de vida propia y capaces de expresar sentimientos independientemente del cuerpo.
El recorrido dedica a continuación un espacio a los dibujos realizados por Rodin a partir de la década de 1890. El artista trabaja frente al modelo vivo, sin apartar la mirada y sin centrarse inicialmente en el papel: traza rápidamente los contornos a lápiz, enriqueciéndolos posteriormente con acuarela. Las series dedicadas a las bailarinas camboyanas y al personaje mitológico de Psique muestran una nueva forma de entender el dibujo, basada en la rapidez del gesto y en la capacidad de capturar el instante.
La Bailarina camboyana de tres cuartos hacia la izquierda, realizada en 1906 con tinta, lápiz, acuarela y gouache sobre papel velina, surge del encuentro de Rodin con el ballet real de Camboya en el Pré Catelan de París. Fascinado por los movimientos de las bailarinas, el escultor las siguió hasta Marsella para seguir dibujándolas. En sus hojas centra su atención en las poses, en los gestos de los brazos, las manos y las piernas, captando un momento fugaz del movimiento. Rilke define estas obras como documentos de lo instantáneo y de lo casi imperceptible, capaces de representar una profunda revelación. La figura de Psique , por su parte, se explora a través de dibujos desprovistos de contexto, dominados por la sensualidad y la libertad del cuerpo femenino. Rodin aborda el desnudo con absoluta autonomía, creando imágenes en las que la rapidez del trazo se convierte en instrumento de expresión. Rilke admira estas obras por su capacidad para plasmar formas plenas y gestos puros en unos pocos trazos esenciales.
El epílogo de la exposición vuelve a dar la palabra a Rilke. Desde 1902 y durante más de diez años, París representa el centro de su vida, lugar en el que el encuentro con Rodin, la relación con el escultor, las visitas a los museos y el contacto con el arte influyen profundamente en su escritura. Este legado impregna los Nuevos poemas publicados en 1907 y 1908.
La conclusión del recorrido ya no recurre a la poesía para explicar a Rodin, sino que muestra cómo Rodin contribuyó a transformar el propio universo creativo de Rilke. El punto culminante lo representa la lectura de «Torso arcaico de Apolo», uno de los poemas más célebres del poeta, cuyo verso final se ha convertido en un símbolo: «Debes cambiar tu vida».
Una última sección está dedicada a la relación entre Rilke y el Valais, territorio en el que el poeta pasó los últimos años de su vida. El 28 de junio de 1921, Rilke se instaló en Suiza, en Sierre, trasladándose al castillo de Muzot, adquirido por su mecenas Werner Reinhart.
El recuerdo de Rilke sigue hoy especialmente vivo en la Noble-Contrée, donde en 1986 se creó la Fundación Rilke y al año siguiente se inauguró el Museo Rilke. El actual director, el doctor Marcel Lepper, contribuye al proyecto con un texto incluido en el catálogo y con importantes documentos relacionados con la vida del poeta. Entre ellos figura una carta manuscrita de Rilke a Eduard Korrodi, adquirida por Léonard Gianadda y donada a la Fundación Rilke en 2021.
Rainer Maria Rilke falleció en 1926 en la clínica de Valmont, en el cantón de Vaud, y fue enterrado en el Valais, en Raron. La exposición «Rodin según Rilke» se convierte así no solo en un homenaje a dos grandes figuras de la cultura europea, sino también en el relato de un encuentro capaz de transformar para siempre la forma de contemplar la escultura, la poesía y la relación entre la materia y el espíritu.
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| Rodin según Rilke: una exposición en Suiza narra el diálogo entre la escultura y la poesía |
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