A veces ocurre que nuestra crítica de arte, en desuso, se despierta de su letargo y reivindica de repente sus prerrogativas de existencia, sobre todo cuando no hay que correr ningún riesgo y uno se limita a buscar el consenso de los de su misma clase: el milagro del despertar colectivo le corresponde esta vez a Campania, a la que hay que reconocerle el mérito de haber permitido que se desarrolle un ferviente debate, sobre todo en las redes sociales (¿y cómo no iba a ser así?), sobre las medusas de Jago y las gambas de Colbert. Y, en cualquier caso, lo realmente importante es que no hay mucho que decir sobre el hecho de que, este año, los excesos pesqueros de Campania acaben asegurándole una nueva nominación a ese premio al trash veraniego que ha conseguido en varias ocasiones en años anteriores (gracias a los «mammozzoni» que Vincenzo Trione esparcía por las plazas de Nápoles con las primeras caluras: y, sin embargo, sobre los peces de Pesce, las hipersomías de Pistoletti y los hocicos de paquidermo de Jaume Plensa —es decir, una especie de Rabarama catalán—, siempre han llovido más críticas que objeciones). Entonces, ¿por qué empeñarse? ¿Por qué insistir en querer formar parte del espectáculo, en convertirse en una forma más de entretenimiento dentro de ese mismo sistema que tanto se desprecia? A cada día su pena, a cada público su arte. Que no se moleste quien quiera disfrutar del nuevo Miguel Ángel y del nuevo Andy Warhol. Que se dejen en paz las escenografías que tanto apetecen a los concejales de actividades productivas encargados de los grandes eventos. Y además, Jago esta vez no busca comparaciones improbables con los grandes difuntos: más bien, se ha limitado a conseguir la complicidad inconsciente de alguna venerable eminencia del mundo del espectáculo que ha venido a Italia de vacaciones, y además está en su propia casa (sí, conocemos la objeción: técnicamente, la villa donde Jacopo Cardillo ha amontonado su museo sería propiedad del Ayuntamiento de Capri, pero después de que el Ayuntamiento de Florencia haya alquilado durante meses la Piazza della Signoria al voluminoso mobiliario de Thomas Price, cualquier molestia causada a los isleños debería calificarse, como mínimo, de lamentable muestra de descortesía). En Pompeya, en cambio, las langostas de Philip Colbert son apenas una treintena, repartidas por toda la ciudad antigua. Es cierto que encontrarse con una langosta disfrazada de gladiador en medio de las ruinas de una ciudad arrasada por el fuego y la ceniza no ofrece más que un espectáculo posmoderno un poco pasado de moda, pero los artrópodos de Colbert gozan, en verdad, de la más feliz y tranquilizadora de las virtudes: la provisionalidad. Es decir, dentro de cuatro meses tendrán el buen gusto de volver al lugar de donde vinieron, y ya no nos acordaremos más de ellos.
Ahora bien, intervenir con una crítica demoledora significaría añadir una nota al margen a un texto que ya ha sido ampliamente comentado y que, además, tiene el mérito de comentarse suficientemente por sí mismo: claro que acabaría proporcionando alguna satisfacción perezosa y efímera (y cientos de comentarios en las redes sociales), pero el gesto pecaría de previsibilidad. Es el equivalente en la crítica de arte del amigo burgués bohemio que marca su territorio fingiendo no saber qué es «Temptation Island». En definitiva, es un acto de rigor, un ejercicio de administración rutinaria. Cuando se habla de Jago, o del enésimo epígono de Jeff Koons (que, además, tiene la agravante de haberse colado en medio de alguna chatarra o de alguna ruina), la crítica negativa se ha convertido en regla de la práctica, se ha convertido en una norma de importancia ineludible. Un poco como la visita guiada con el comisario durante la rueda de prensa, como el concejal que elogia la formidable intervención capaz de devolver la protagonismo al museo insignia de la región, como la pregunta sobre los proyectos futuros al final de la entrevista al artista. Así pues, tal vez habría que dar las gracias a los distintos Jago y Colbert. En primer lugar, porque nos garantizan visibilidad, lecturas, comentarios e interacciones en las redes sociales (por lo que es obvio que también lo mencione yo, ¿qué os creéis? ¿Que aquí renunciemos a un doble y medio hacia delante con tres giros sobre el tema del día?). Y además son biombos perfectos, pantallas impecables que garantizan a nuestra crítica de arte en desuso la innegable comodidad de una crítica demoledora que no molesta a nadie, que no perturba a nadie, que no hace mella en nada, pero que ofrece la ventaja inestimable de demostrar que sí, ¿no veis que somos capaces de hacer críticas demoledoras?
El autor de este artículo: Federico Giannini
Nato a Massa nel 1986, si è laureato nel 2010 in Informatica Umanistica all’Università di Pisa. Nel 2009 ha iniziato a lavorare nel settore della comunicazione su web, con particolare riferimento alla comunicazione per i beni culturali. Nel 2017 ha fondato con Ilaria Baratta la rivista Finestre sull’Arte. Dalla fondazione è direttore responsabile della rivista. Nel 2025 ha scritto il libro Vero, Falso, Fake. Credenze, errori e falsità nel mondo dell'arte (Giunti editore). Collabora e ha collaborato con diverse riviste, tra cui Art e Dossier e Left, e per la televisione è stato autore del documentario Le mani dell’arte (Rai 5) ed è stato tra i presentatori del programma Dorian – L’arte non invecchia (Rai 5). Al suo attivo anche docenze in materia di giornalismo culturale all'Università di Genova e all'Ordine dei Giornalisti, inoltre partecipa regolarmente come relatore e moderatore su temi di arte e cultura a numerosi convegni (tra gli altri: Lu.Bec. Lucca Beni Culturali, Ro.Me Exhibition, Con-Vivere Festival, TTG Travel Experience).
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