La granada de Botticelli: una fruta, la sangre de Cristo y la unidad de la Iglesia


En la «Virgen de la granada» de Sandro Botticelli, el Niño Jesús sostiene entre sus manos el fruto que la tradición cristiana ha convertido en símbolo de la Pasión, de la fecundidad y de la comunión de los fieles, heredando así un símbolo tan antiguo como el Mediterráneo.

En el centro de un óvalo que se conserva en la Galería de los Uffizi, una madre le ofrece a su hijo una granada partida, con semillas de un rojo intenso que tiende al púrpura. No se trata de un gesto cualquiera: en la pintura religiosa del siglo XV florentino, esa fruta encierra siglos de significados superpuestos, y la mano de Sandro Botticelli, hacia 1487, los condensa en una imagen que, desde hace más de quinientos años, sigue siendo interpretada, debatida y reinterpretada. La Virgen de la Granada no solo narra una escena de ternura doméstica: escenifica, a través de un detalle botánico preciso, el anuncio de un destino.

El cuadro es un temple sobre tabla de 143,5 centímetros de diámetro, realizado en plena madurez del artista. La Virgen está sentada en el centro de la composición, envuelta en un manto azul cobalto que se expande a su alrededor hasta formar una figura casi piramidal, limitada en la parte inferior por la postura del Niño, recostado en posición horizontal, casi a modo de contrapunto a su madre. A su alrededor, seis ángeles se disponen en semicírculo, con gestos simétricos pero no idénticos: dos sostienen una guirnalda de rosas, otros llevan lirios blancos —símbolo de la virginidad mariana— y otros más están absortos en la lectura o intercambian confidencias en voz baja. Uno de ellos mira fuera de la escena, hacia el espectador: según la tradición de la pintura renacentista, quien observa al espectador de esa manera tiene la misión de llamar su atención hacia el centro de la acción. En la estola del ángel de la izquierda están bordadas las palabras del saludo angelical, «Ave gratia plena», una referencia explícita a la Anunciación que amplía el sentido de la escena más allá del instante representado.

Es en este marco solemne, casi arquitectónico a pesar del formato circular típicamente reservado a un uso doméstico y no eclesiástico, donde se inserta el gesto de la granada. El Niño Jesús la agarra con naturalidad, sin vacilar, apoyando la mano sobre el fruto que le tiende su madre. Los rostros, en particular el de la Virgen, no parecen serenos: una sombra de tristeza atraviesa la composición, como si el conocimiento del destino de su hijo ya estuviera escrito en esa mirada. Es un rasgo que los estudiosos han señalado en varias ocasiones, relacionando el óvalo del rostro de la Virgen con otras obras maestras del mismo período, desde la Virgen del Libro hasta los numerosos retratos, y la composición en su conjunto con otra obra que hoy se encuentra en los Uffizi, la Virgen del Magnificat, a la que se asemeja la de la Granada por la similitud de formato, rasgos faciales y estructura figurativa, además de por la presencia de la granada, que también se aprecia en la Virgen del Magnificat.

Sandro Botticelli, La Virgen de la granada (h. 1487; témpera sobre tabla, 143,5 cm; Florencia, Galerías de los Uffizi, inv. 1890 n.º 1607)
Sandro Botticelli, La Virgen de la granada (h. 1487; témpera sobre tabla, diámetro 143,5 cm; Florencia, Galerías de los Uffizi, inv. 1890 n.º 1607)

Las fuentes no coinciden plenamente en cuanto a la datación exacta. Se conserva una referencia, atribuida al historiador del arte Gaetano Milanesi, a un pago realizado en 1487 por un óvalo con la Virgen encargado por la magistratura florentina de los Massai di Camera, un órgano administrativo de la República, destinado a decorar la sala de la Audiencia. Fue Herbert P. Horne, a principios del siglo XX, quien propuso identificar ese documento con el cuadro que hoy conocemos, basándose en un detalle del marco original: una franja de lirios dorados sobre fondo azul, que aludiría a la alianza política entre Florencia y Francia. Sin embargo, nunca ha sido posible localizar el documento citado por Milanesi, y esta laguna ha dado pie a un debate que aún hoy persiste. Algunos estudiosos han propuesto adelantar la datación a 1480; otros han situado la obra tras el regreso de Botticelli de Roma, hacia 1482; y otros, incluso, han señalado un intervalo más reducido, entre 1480 y 1481. Sin embargo, hay un punto sobre el que la crítica nunca ha tenido dudas: la autoría de Botticelli en el cuadro nunca se ha puesto en tela de juicio, sea cual sea el año exacto de su realización.

También el marco, de refinada factura y realizado por un taller de tallistas florentinos, tiene una historia atributiva no del todo resuelta: se ha atribuido tanto a Giuliano da Maiano como a Giuliano da Sangallo. El hecho de que haya llegado hasta nosotros junto con el panel, sin haberse perdido ni sustituido, como ocurre en la gran mayoría de las pinturas antiguas, sigue siendo, no obstante, una circunstancia poco común, que permite contemplar la obra en una presentación lo más cercana posible a la concebida originalmente. La trayectoria de la obra en el mundo del coleccionismo está mejor documentada: en el siglo XVII pasó a formar parte de la colección del cardenal Leopoldo de’ Medici, uno de los coleccionistas más importantes de su época, para llegar finalmente a los Uffizi en 1780, donde se encuentra aún hoy. Además, existen varias réplicas de taller de esta composición, lo que demuestra la fama que alcanzó rápidamente el modelo: una se encuentra en los Museos Estatales de Berlín, otra en la colección Aynard de Lyon y una tercera en Londres, en la colección Wernher. Precisamente esta última fue objeto, en 2019, de una revisión de la atribución por parte de los conservadores de English Heritage, quienes, tras la eliminación de una capa de barniz amarillento y una serie de análisis radiográficos y pigmentológicos, reconocieron en la obra una realización del taller florentino de Botticelli, y no una copia tardía, como se había creído durante más de un siglo. La revisión se refiere a la atribución al taller, no necesariamente a la mano del maestro, pero confirma, no obstante, hasta qué punto el modelo concebido para los Uffizi se consideraba, ya en su época, un prototipo que debía replicarse.

Sandro Botticelli, «La Virgen de la granada», detalle
Sandro Botticelli, La Virgen del granado, detalle

En el centro de todo sigue estando el fruto. El granado es un arbusto espinoso, muy extendido en la zona mediterránea desde la Antigüedad; su nombre deriva del latín malum granatum, «la manzana con granos». Al abrir el fruto —un fruto que se asocia al otoño, época de plena maduración—, se encuentran unas pequeñas cavidades irregulares, separadas por finas membranas blanquecinas, repletas de pequeñas semillas envueltas en una pulpa translúcida y roja. Es precisamente esta estructura —una única envoltura que encierra una multitud de semillas distintas y, sin embargo, unidas— la que ha convertido a la granada en una imagen capaz de traspasar diferentes culturas y religiones sin perder su significado. En el mundo griego se relacionaba con el mito de Perséfone, obligada a regresar periódicamente al inframundo por haber comido unos pocos granos del fruto que le ofreció Hades, y por ello se asociaba al ciclo de las estaciones, a la muerte y al retorno a la vida; además, era un atributo de Hera, diosa del matrimonio y la fertilidad, y, según la tradición, fue la propia Afrodita quien la regaló a los hombres en Chipre.

Esta capa de significados paganos, ligada a la fecundidad, la realeza y la regeneración, no desaparece con la llegada del cristianismo, sino que es absorbida en parte y reorientada. En la iconografía cristiana, la granada se convierte sobre todo en imagen de la Pasión: los granos rojos, diminutos y numerosos, se interpretan como una alusión a la sangre derramada por Cristo para la salvación de la humanidad. Es una asociación que aparece constantemente en las fuentes dedicadas al cuadro de Botticelli, y que explica por qué es precisamente el Niño, en el retablo de los Uffizi, quien sostiene el fruto: en la tradición iconográfica renacentista, cuando es el propio Jesús quien lo sostiene en la mano, el gesto se interpreta como una anticipación consciente de su propio sacrificio, casi un presagio aceptado desde la infancia. Al mismo tiempo, la pequeña corona que corona la fruta, vestigio del cáliz de la flor, siempre ha sugerido una asociación con la realeza, reforzando la interpretación de la granada como símbolo de abundancia y soberanía, además de sufrimiento.

Un segundo significado se refiere a la propia estructura del fruto, con sus granos diferenciados pero encerrados en una sola envoltura: una imagen que la simbología cristiana asocia con la Iglesia, comunidad de fieles y de pueblos diversos unidos por un único vínculo. Se trata de una interpretación ya presente en los tratados alegóricos de la segunda mitad del siglo XVI:en la Iconología de Cesare Ripa, texto fundamental para la cultura figurativa de la Edad Moderna, la granada aparece como atributo de la Academia, de la Concordia y de la Conversación, siempre para indicar unión, cohesión e intercambio ordenado entre individuos distintos.

Desde esta perspectiva, la Virgen de la Granada se presenta como un punto de condensación más que como una invención aislada. Botticelli no crea un nuevo símbolo, sino que trabaja sobre un repertorio estratificado que atraviesa el mundo mediterráneo desde milenios antes de él: desde las estatuillas votivas de la época arcaica que representan a divinidades femeninas con el fruto en la mano, hasta las fuentes y los relieves de la época renacentista en los que la granada reaparece como motivo decorativo, pasando por las demás Vírgenes con el mismo atributo pintadas por Filippo Lippi, Beato Angelico o Carlo Crivelli. Lo que distingue al cuadro de los Uffizi es la mesura con la que se compone esta carga simbólica: sin énfasis retórico, sin excesos narrativos, sino un gesto sereno entre madre e hijo, en el que el conocimiento del sacrificio que se avecina solo se intuye en la mirada, mientras la mano del Niño se posa sobre el fruto con la naturalidad de quien acepta, sin comprenderlo aún del todo, su propio destino.

Sandro Botticelli, La Virgen del Magnificat (h. 1483; témpera sobre tabla, 118 cm de diámetro; Florencia, Galerías de los Uffizi, inv. 1890 n.º 1609)
Sandro Botticelli, Virgen del Magnificat (h. 1483; témpera sobre tabla, 118 cm de diámetro; Florencia, Galerías de los Uffizi, inv. 1890 n.º 1609)

La fortuna de la obra, por lo demás, nunca se ha interrumpido. Ya en el taller del artista se consideró que el modelo merecía ser reproducido en varias ocasiones, lo que indica que los mecenas florentinos reconocían su valor tanto devocional como figurativo; en los siglos siguientes, el cuadro siguió llamando la atención de historiadores del arte y conservadores, como demuestra precisamente la historia de la versión conservada en Inglaterra, que no recuperó su ubicación crítica hasta después de un trabajo de limpieza y análisis que duró meses. Es una trayectoria que narra, de forma sutil, también la historia de la disciplina histórico-artística: la atribución de una obra antigua rara vez es un dato definitivo, y suele ser el resultado provisional de una comparación continua entre documentos de archivo, análisis estilístico y, en las últimas décadas, tecnologías de investigación cada vez más sofisticadas. También por ello, el cuadro de los Uffizi, a pesar de ser el ejemplar más conocido y mejor documentado, debe interpretarse dentro de una red de réplicas y derivaciones que han acompañado su trayectoria desde el siglo XV.

Al final, queda la pregunta de por qué, precisamente la granada, entre las muchas frutas disponibles en el imaginario de la época, se impuso como un atributo tan recurrente en la iconografía mariana. La respuesta más convincente apela precisamente a la estructura física de la fruta: pocos elementos naturales permiten plasmar, en un solo objeto, tanto la idea de multiplicidad como la de unidad, tanto el color de la sangre como la promesa de una vida que se renueva. Una fruta que se abre mostrando sus semillas es, ya de por sí, una imagen de revelación: algo que estaba oculto se hace visible, ofrecido a la mirada del observador. No es de extrañar que pintores, autores de tratados y teólogos, cada uno con sus propios instrumentos, hayan encontrado en esa misma imagen un terreno común para expresar ideas diferentes, pero que convergen en la naturaleza del sacrificio, de la fe y de la comunidad de creyentes. El cuadro de Botticelli, con su serenidad desprovista de énfasis, sigue siendo quizás el ejemplo más equilibrado de esta larga tradición simbólica aplicada a la pintura religiosa florentina de la segunda mitad del siglo XV.



Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.