Las palabras borradas de Jean-Michel Basquiat


En las pinturas de Jean-Michel Basquiat (Nueva York, 1960 - 1988), el lenguaje no describe ni aclara: se fragmenta, se repite, se tacha y se transforma en imagen. Un recorrido por su pintura para comprender cómo las palabras, la memoria y el ritmo redefinen la experiencia de la mirada. Artículo de Federica Schneck.

Ante un cuadro de Jean-Michel Basquiat suele ocurrir algo concreto, casi automático: la mirada intenta leer. No se limita a mirar, sino que se comporta como lo haría ante una página. Se acerca, busca palabras reconocibles, nombres, puntos de referencia verbales. Por un instante parece posible orientarse, pero luego algo se atasca. Las palabras se interrumpen, se repiten, se superponen. Algunas están tachadas con una línea nítida que no las borra, sino que las resalta aún más. La lectura se convierte entonces en una experiencia física, irregular, casi frustrante. Es en esta discrepancia donde se intuye una de las operaciones más radicales de su pintura: utilizar el lenguaje contra sí mismo. En ese momento, la mirada, casi de forma natural, se desplaza a otra parte, como si buscara un origen, un lugar desde el que pudiera haber partido esa tensión.

Basquiat irrumpe en la escena artística neoyorquina a principios de los años ochenta como una figura difícil de asimilar. Nacido en Brooklyn en 1960, hijo de padre haitiano y madre puertorriqueña, crece entre diferentes lenguas, imágenes y códigos culturales, en una ciudad en la que la escritura ya viveen las paredes, en los cuadernos, en los espacios urbanos. Antes incluso de las galerías, está la práctica de SAMO, hay un uso de la palabra que es inmediato, fragmentario, visual. Cuando este lenguaje llega al sistema del arte, se enfrenta a un entorno dominado por códigos opuestos: un mundo en gran parte blanco, construido sobre una idea de arte culto, controlado y mediado teóricamente. En este contexto, las palabras de Basquiat parecen inestables, difíciles de disciplinar. Conllevan un peso que no es solo formal, sino también histórico y cultural. Para un artista negro en aquellos años, ser nombrado significaba a menudo ser reducido a una categoría, encasillado en definiciones que simplifican y limitan.

Jean-Michel Basquiat, Sin título (Calavera) (1981; acrílico y óleo sobre lienzo, 205,74 x 175,9 cm; Los Ángeles, The Broad)
Jean-Michel Basquiat, Sin título (Calavera) (1981; acrílico y óleo sobre lienzo, 205,74 x 175,9 cm; Los Ángeles, The Broad) © The Estate of Jean-Michel Basquiat
Jean-Michel Basquiat, «Charles the First» (1982; acrílico y óleo sobre lienzo, 198 x 158 cm; colección privada)
Jean-Michel Basquiat, Charles the First (1982; acrílico y óleo sobre lienzo, 198 x 158 cm; colección privada) © The Estate of Jean-Michel Basquiat

Es precisamente en esta fricción donde su pintura encuentra una de sus urgencias más profundas: absorber el lenguaje y ponerlo en crisisdesde dentro. Las palabras no desaparecen, pero dejan de funcionar como instrumentos estables. Se rompen, se contradicen, quedan suspendidas entre lo que dicen y lo que ya no logran contener. El gesto de tachar una palabra se convierte entonces en algo fundamental: la línea que atraviesa el texto no lo elimina, sino que lo hace más visible. Es un acto de tensión, no de borrado. La palabra sigue siendo legible, pero pierde el equilibrio. Existe en una condición ambigua, suspendida entre la presencia y la negación. El propio Basquiat subrayaba esta paradoja: tachar significa resaltar. La pintura interviene precisamente ahí, en el punto en el que el lenguaje vacila.

Junto a esta dimensión visual, surge otra, más sutil, ligada al sonido. Muchos de los textos presentes en sus cuadros parecen estar concebidos más para ser escuchados que leídos. Las repeticiones, las listas y los nombres propios generan un ritmo interno que acerca la pintura a la música. El jazz, el hip-hop incipiente y el spoken word no son meras referencias culturales, sino estructuras profundas. Las palabras funcionan como muestras visuales: fragmentos que se acumulan y producen variaciones.

Esta tensión resulta especialmente evidente en obras como Untitled (Skull) (1981), donde el rostro parece surgir y disolverse al mismo tiempo, atravesado por signos, palabras y trazos que no construyen una identidad estable, sino que la cuestionan continuamente. También aquí el lenguaje intensifica la inestabilidad de la imagen. En este sentido, la obra de Basquiat se inscribe en una línea del siglo XX que ha utilizado la palabra como imagen —podríamos pensar en Cy Twombly o en ciertas prácticas conceptuales—, pero con una diferencia decisiva. En sus cuadros, el lenguaje nunca es neutro ni distante. Está cargado, estratificado, atravesado por tensiones culturales, por la memoria, por la urgencia.

Jean-Michel Basquiat, Hollywood Africans (1983; acrílico y óleo sobre lienzo, 213,5 × 213,4 cm; Nueva York, Whitney Museum of American Art, Nueva York) © El patrimonio de Jean-Michel Basquiat. Con licencia de Artestar, Nueva York. Foto: © Whitney Museum of American Art/Con licencia de Scala/Art Resource, Nueva York
Jean-Michel Basquiat, Hollywood Africans (1983; acrílico y óleo sobre lienzo, 213,5 × 213,4 cm; Nueva York, Whitney Museum of American Art, Nueva York) © El patrimonio de Jean-Michel Basquiat. Con licencia de Artestar, Nueva York. Foto: © Whitney Museum of American Art/Con licencia de Scala/Art Resource, Nueva York
Jean-Michel Basquiat, Museum Security (Broadway Meltdown) (1983; acrílico, óleo y collage de papel sobre lienzo, 212,7 x 212,7 cm) © El patrimonio de Jean-Michel Basquiat. Con licencia de Artestar, Nueva York
Jean-Michel Basquiat, Museum Security (Broadway Meltdown) (1983; acrílico, óleo y collage de papel sobre lienzo, 212,7 × 212,7 cm) © The Estate of Jean-Michel Basquiat. Con licencia de Artestar, Nueva York

Volviendo a la superficie de sus cuadros, se comprende cómo todo esto se traduce en una forma concreta de experiencia. El visitante se encuentra ante un cortocircuito. La costumbre de buscar un mensaje claro choca con una superficie que habla y, al mismo tiempo, se sustrae. Las palabras no guían, no tranquilizan. Abren vacíos, crean desvíos, interrumpen el flujo. En sus lienzos, el texto no ocupa un lugar secundario. No acompaña a la imagen, no la aclara. Es parte integrante de la superficie pictórica, tiene el mismo peso que los signos gráficos, los colores y las figuras. En obras como *Charles the First* (1982) o *Hollywood Africans* (1983), las palabras invaden el espacio con una presencia insistente: nombres de boxeadores y músicos de jazz, términos anatómicos, siglas, listas, fragmentos de frases. No son leyendas ni explicaciones. Son materia visual, ritmo, acumulación.

Basquiat parece sugerir que el lenguaje, por sí solo, no basta para contener la experiencia. Siempre hay un exceso, algo que se escapa, que no puede expresarse por completo. La pintura se sitúa precisamente en esta brecha: entre lo que se puede nombrar y lo que queda fuera de la palabra. Y quizá por eso, ante sus cuadros, la mirada sigue volviendo a las mismas palabras, a los mismos signos, sin agotarlos jamás. No porque sean indescifrables, sino porque no se dejan cerrar. Permanecen abiertos, inestables, vivos.



Federica Schneck

El autor de este artículo: Federica Schneck

Federica Schneck, classe 1996, è una giornalista specializzata in arte contemporanea. Laureata in Storia dell'arte contemporanea presso l'Università di Pisa, il suo lavoro nasce da una profonda fascinazione per il modo in cui le pratiche artistiche operano all’interno, e in contrapposizione, alle strutture sociali e politiche del nostro tempo. Si occupa delle trasformazioni del sistema dell'arte contemporanea, del dialogo tra ricerche emergenti e patrimonio culturale, del mercato, delle istituzioni e delle fiere internazionali. Alla scrittura giornalistica affianca quella critica, con testi per artisti, gallerie e collezioni private.


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