Ayer me llamó la atención una «story» de Instagram («stories» , que hay que usar estrictamente en plural aunque parezca que se trata de una sola: al fin y al cabo, estamos acostumbrados a devorarlas con cierta frenesí, por lo que se han grabado en nuestro cerebro como pluralia tantum) en la que alguien, no recuerdo quién, compartía una pequeña reflexión, tampoco recuerdo de quién (el lector tendrá razón al resentirse por tanta imprecisión, pero creo que lo entenderá: las historias de Instagram son la comida basura del éter, y, en consecuencia, nadie consigue tomárselas en serio, salvo los cronistas de cultura y espectáculos y los organizadores de festivales literarios, con el resultado de que, si uno no toma notas en el acto, se tiende muy fácilmente y muy rápidamente a olvidar quién es el autor), en relación con la avería técnica que estos días ha dejado a los Uffizi sin aire acondicionado justo cuando las temperaturas en Florencia rozaban los cuarenta grados. No recuerdo la frase exacta, pero se refería a la limitación de aforo a la que se ha visto obligado el museo para hacer frente al problema, y decía algo así como «por fin se puede respirar en los Uffizi», dando a entender que el complejo vasariano, durante uno o dos días —gracias a Dios— libre de las multitudes que suelen agolparse ante la Venus y la Primavera, ha recuperado una habitabilidad inesperada, tolerable y temporal. En medio de tanta incertidumbre de la memoria, sin embargo, se me ha quedado firmemente grabado el verbo «respirar», debido a la paradoja, probablemente involuntaria, expresada en forma de tontería: más allá del hecho de que los Uffizi no son precisamente el lugar donde alguien que no haya nacido al otro lado del Atlántico querría encontrarse respirando en una tarde de verano, y esto vale incluso cuando las temperaturas interiores se mantienen muy por debajo del umbral de alerta, me parece que alegrarse de que la avería del sistema de aire acondicionado haya provocado la dispersión de las multitudes es un modesto ejercicio de indolencia intelectual. Además, dudo que el turista que haya bajado del avión procedente de Kansas City o de Shanghái, al enterarse de las restricciones debidas a la avería de los motores, se haya vuelto a su albergue a meditar sobre la fugacidad de la existencia: lo más probable es que se haya trasladado a la Galería de la Academia de inmediato, y sus miembros hayan ocupado espacio delante del David en lugar de delante del Tondo Doni.
Más bien, resulta curioso observar el efecto que produce en los museos este calor mordaz, este calor blanco, brumoso y siniestro que muerde y mastica, que exhala en la nuca, que nubla la vista, que aplasta las entrañas. Así pues, si Florencia asaba a los turistas (esos pocos que no se han visto afectados por las alertas rojas, las restricciones horarias y las medidas de contención) y a los empleados de los museos entre los brazos de los Uffizi o bajo los bloques de piedra igualmente al rojo vivo del Palazzo Vecchio, en otras ciudades de Italia, donde los museos están menos sujetos a los cambios de exposición y donde los sistemas de aire acondicionado son más robustos y previdentes, las salas con cuadros colgados se ofrecen a la ciudadanía como alternativa a las piscinas, a la playa y a los centros para personas mayores. El museo, por tanto, como sustituto utilitario. Claro que se dirá que animar al público a acudir al museo porque es un espacio con aire acondicionado es una forma de propaganda no precisamente brillante, sobre todo si además el servicio es de pago: en definitiva, no hay gran diferencia entre el director de un museo o el comisario que invita al público a ver la exposición de turno porque dentro del museo las temperaturas son unos diez grados inferiores a la media exterior y, digamos, los actores que, en Francia, en plena canicule ( que incluso ha obligado al Louvre a adelantar los horarios de cierre y a hacer obligatoria la reserva), instan en las redes sociales al público a asistir a sus representaciones en el teatro porque allí dentro on a le clim. Y luego se dirá que no hay nada sistemático: desde hace años, durante estas olas de calor (aunque a estas alturas, más que olas, se asemejan a olas gigantes, tifones, mares en perpetua tormenta: quizá convenga revisar la nomenclatura, ya que las temperaturas por encima de la media se han convertido ya en algo estructural), los museos actúan un poco cada uno por su cuenta y que Dios se encargue de todos.
Rímini es una de las pocas ciudades, quizá incluso la única, que ha decidido abrir excepcionalmente los museos de forma gratuita para todo el mundo. En Génova, en cambio, hay espacios climatizados en todos los museos, pero en el Palazzo Rosso y el Palazzo Bianco, por ejemplo, la entrada es gratuita solo para los residentes de la ciudad y la provincia, y únicamente en el último turno de entrada del día (por lo que solo puedes refrescarte en el museo hoy y solo si entras hacia las seis de la tarde, después de lo cual te echan a las siete porque cierra el museo, y como estos días hace treinta y ocho grados incluso a la hora del aperitivo, no se puede decir que el problema esté resuelto). En Venecia y Milán, los museos se convierten en residencias de ancianos bien decoradas: en la laguna, para animar a los residentes (que, por defecto, disfrutan de entrada gratuita a los museos municipales) a refrescarse en Ca’ Pesaro o en el Correr, el Ayuntamiento organiza visitas guiadas gratuitas para mayores de 75 años que vivan en el término municipal. En Milán, entrada gratuita a algunos museos municipales del 30 de junio al 15 de septiembre para mayores de 65 años: si tienes 62 años o si decides que tu «nevera social» debe ser el Palacio Real, entonces el alivio del calor solo está garantizado previo pago de la entrada. En definitiva, el derecho a no desmayarse parece seguir regulado, por el momento, por tramos de edad y peajes diversos.
«Mejor que nada», dirá el lector, y además la mayoría de los concejales presentan estas medidas más como servicios prestados a la ciudadanía que como una publicidad encubierta diseñada para atraer al público con los congeladores: al fin y al cabo, solo llevan cinco o diez años hablándose del cambio climático, y los museos, por lo tanto, aún tienen todo el tiempo del mundo para esforzarse por lograr un bienestar térmico generalizado, ampliar la gratuidad a otras categorías o darse cuenta, por ejemplo, de que el calor también asfixia por la tarde y por la noche, y que la canícula no entiende de burocracia, con la desagradable consecuencia de que no decide amainar al atardecer porque el Ayuntamiento no dispone de recursos para sufragar las indemnizaciones de servicio de los conserjes, a quienes les correspondería permanecer en las salas hasta las dos o las tres de la madrugada. Por no hablar de que, con este calor, a alguien le podría parecer mucho más aventurero ir al museo hacia el mediodía, hacia la una, por lo que agradecería que se le siguiera garantizando la posibilidad de practicar este deporte extremo. Pero se dirá, de todos modos, que, para los residentes, el problema no se plantea. Mientras tanto, incluso allí donde los museos se muestran tenazmente reacios a eliminar la entrada para todos en caso de condiciones climáticas adversas, si no se dispone de aire acondicionado en casa, el gasto de la entrada puede invertirse de forma más provechosa en la compra de un ventilador de potencia razonable, que se pueda apuntar a la cara para superar al menos los momentos de mayor dificultad (y así se puede compensar el riesgo de desmayarse al intentar llegar al museo más cercano). Además, los residentes disponen de una amplia oferta de lugares públicos con aire acondicionado que resultan incluso más satisfactorios que los museos y, sobre todo, son gratuitos: bibliotecas, oratorios, salas parroquiales, centros comerciales que además te eximen de la obligación de guardar silencio, bares y mesitas de todo tipo donde, a diferencia de las salas de un museo, incluso se puede jugar a la briscola. No, hay otras categorías que me preocupan.
La primera categoría, de forma muy egoísta y muy cobarde, es la de los periodistas obligados por su trabajo a visitar las exposiciones que se inauguran en pleno verano: es cierto que a menudo las salas tienen aire acondicionado, pero con la misma frecuencia no lo tiene el trayecto que hay que recorrer hasta llegar a la sala climatizada, y el problema grave son esos cinco o diez minutos, que hay que recorrer con camisa y chaqueta (sin corbata, claro, porque la corbata ya es un adorno en desuso, apto solo para jefes de Estado y presentadores de telediarios), que separan el museo del aparcamiento o de la parada de autobús o del metro (no, no se resuelve con un taxi: somos un pueblo de pasajeros de taxi solo cuando el trayecto está a cuenta de la empresa, así que no funcionaría). La mayoría, habiendo dejado ya de lado toda formalidad debido a este calor lúgubre y malsano, ha intentado solucionar el problema con camisetas, pantalones cortos y sandalias, pero a menudo, aunque vayan vestidos como niños de campamento, llegan a su destino igual de jadeantes y acalorados: pues bien, aunque solo sea para evitar estas vergonzosas exhibiciones de kilómetros cuadrados de piel sudada, se propone aquí una moratoria de todas las ruedas de prensa en horario diurno, o incluso una prohibición explícita de organizar exposiciones de verano que se celebren en localidades situadas a más de cinco kilómetros de la costa, puesto que, cerca del mar, al menos las brisas del atardecer logran oponer alguna tímida forma de resistencia a la ofensiva de la canícula, mientras que en el interior ni siquiera se concede este ridículo tipo de alivio. Restablezcamos, pues, un mínimo de dignidad profesional. La segunda categoría es la del turista. No es natural arrastrarse, digamos, entre los Uffizi y el Palazzo Vecchio sin encontrar el consuelo de una ráfaga de aire helado nada más pasar la entrada, ni es normal que te impidan el acceso porque los sistemas de refrigeración de las salas se han sobrecargado una semana después de que el directorse haya dejado fotografiar triunfante en las salas de Botticelli recién reacondicionadas (pero si tiene que haber un sistema de cupos, que sea permanente y que esté en vigor incluso con el aire acondicionado a pleno rendimiento: como mucho, los museos más solicitados se convertirán en algo parecido a la Última Cena de Da Vinci o a la Capilla de los Scrovegni). El residente puede solucionarlo, como de hecho ya está haciendo, imponiéndose una especie de «autoconfinamiento» climático, pero al turista no se le concede esta posibilidad, y el turista tiene todo el derecho del mundo a ver a la Venus y a la Primavera cuando tenga previsto hacerlo. También porque el intelectual italiano que en sus historias se alegra de que un museo esté menos concurrido (aunque no menos infernal: solo cambia el círculo) sería, muy probablemente, el primero en protestar (y el primero en correr al MoMA) si, en su primer viaje a Nueva York, se encontrara con una situación idéntica en el Metropolitan. Así que que alguien piense también en el turista, que a menudo no es más «bestia» que quien lo observa desde el sofá de su casa.
El autor de este artículo: Federico Giannini
Nato a Massa nel 1986, si è laureato nel 2010 in Informatica Umanistica all’Università di Pisa. Nel 2009 ha iniziato a lavorare nel settore della comunicazione su web, con particolare riferimento alla comunicazione per i beni culturali. Nel 2017 ha fondato con Ilaria Baratta la rivista Finestre sull’Arte. Dalla fondazione è direttore responsabile della rivista. Nel 2025 ha scritto il libro Vero, Falso, Fake. Credenze, errori e falsità nel mondo dell'arte (Giunti editore). Collabora e ha collaborato con diverse riviste, tra cui Art e Dossier e Left, e per la televisione è stato autore del documentario Le mani dell’arte (Rai 5) ed è stato tra i presentatori del programma Dorian – L’arte non invecchia (Rai 5). Al suo attivo anche docenze in materia di giornalismo culturale all'Università di Genova e all'Ordine dei Giornalisti, inoltre partecipa regolarmente come relatore e moderatore su temi di arte e cultura a numerosi convegni (tra gli altri: Lu.Bec. Lucca Beni Culturali, Ro.Me Exhibition, Con-Vivere Festival, TTG Travel Experience).
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