Morbelli a través de los documentos: el fondo de Tortona reanuda la investigación sobre el pintor divisionista


El Fondo Angelo Morbelli de la Pinacoteca del Divisionismo de Tortona nos descubre a un artista atento al mercado, a las relaciones y al desarrollo de su propia carrera, más allá de la imagen consolidada del pintor divisionista. Este tema se ha tratado en una reciente jornada de estudios. Artículo de Francesca Anita Gigli.

Un archivo de artista no solo conserva cartas, notas, recortes de prensa, recibos, sobres y documentos dispersos. Cuando se analiza de forma metódica, puede volver a poner en movimiento toda una figura histórica, sustrayéndola de la estabilidad un tanto cómoda de las definiciones ya establecidas. Esto es lo que ocurre con el Fondo Angelo Morbelli, protagonista de la jornada de estudios organizada por la Pinacoteca Divisionismo de Tortona, una ocasión para presentar los resultados del trabajo de catalogación, reordenación e inventario del conjunto documental que pasó a formar parte de los fondos de la Pinacoteca en 2022.

De los documentos surge un Morbelli más complejo que la imagen, aunque fundamental, del maestro divisionista. No solo el pintor del Pio Albergo Trivulzio, de la vejez, del trabajo, de la luz dividida y de la cuestión social, sino un artista que sigue con atención la circulación de sus propias obras, trata con galeristas y enmarcadores, escribe a directores de museos e instituciones, anota los rechazos y los reconocimientos, se enfrenta al mercado, reproduce temas solicitados, debate problemas técnicos y conserva rastros privados de sus propias reacciones. Incluso las pequeñas calaveras dibujadas en una carta relativa a una admisión denegada se convierten, en este contexto, en algo más que un gesto curioso: son el síntoma de una relación muy viva con su propia trayectoria profesional.

La jornada de estudios de Tortona tuvo precisamente el mérito de mostrar el fondo no como un apéndice documental de las obras, sino como un instrumento capaz de reabrir preguntas sobre Morbelli, sobre su red de relaciones, sobre su posición en el sistema artístico entre los siglos XIX y XX y sobre la forma en que el artista intentó gestionar su propia suerte crítica y económica.

El Fondo Angelo Morbelli, procedente de una rama de la familia del artista, comprende documentos privados del artista, a los que se suma un pequeño conjunto de documentos sueltos de diversa procedencia pero relacionados con el pintor. La intervención archivística ha abarcado unos 740 documentos, estructurados en 96 unidades archivísticas, lo que supone un total de unas 1 200 hojas y un metro lineal de documentación. El conjunto se estructura en tres series principales: escritos, correspondencia, recortes de prensa y otros documentos. Los escritos comprenden cuatro cuadernos manuscritos titulados *Via Crucis del Divisionismo*, además de notas sueltas del artista sobre sus propias obras, la técnica y el arte. La parte más extensa la constituye la correspondencia, clasificada por remitente y por tema: unas ochenta unidades archivísticas que permiten seguir la trayectoria de Morbelli a través de exposiciones, relaciones profesionales, negociaciones y vínculos con otros artistas, galeristas, críticos, directores de museos y coleccionistas.

La jornada la inauguraron Alessia Francone y Giovanna Ginex, quienes reconstruyeron la historia archivística y el método seguido en el trabajo de reorganización. La intervención no se limitó a la ordenación física de los documentos, sino que incluyó una catalogación analítica a nivel de cada documento: una decisión especialmente minuciosa, que permitió registrar la consistencia, el soporte, el contenido, las posibles signaturas anteriores, los nombres de personas, entidades, lugares y títulos de obras citadas.

La historia también se remonta a su larga conservación en el seno de la familia. Antes de llegar a Tortona, los documentos habían pasado a manos de su hijo Celso y, posteriormente, a las de sus herederos, quienes, en distintos momentos, intervinieron en la ordenación del material; de hecho, durante la reorganización han surgido anotaciones recientes, inscripciones de puño y letra de Enrico Morbelli, pero también indicaciones más antiguas, quizá atribuibles a Celso y quizá relacionadas con la exposición de Alessandria de 1953.

Resultaron especialmente relevantes los rastros de la ordenación original dejada por el propio Angelo Morbelli. Muchas correspondencias no estaban ordenadas cronológicamente, sino agrupadas por actividad, tema o remitente. Los sobres originales, o los reutilizados, funcionaban como pequeños expedientes: recopilaban documentos relacionados con exposiciones, correspondencia, negociaciones o conjuntos de obras, convirtiéndose ellos mismos en parte de la documentación.

Morbelli intervenía directamente en estos sobres. Anotaba el apellido del remitente, el tema de la correspondencia, los títulos de los cuadros, las obras vendidas, los premios obtenidos y los traslados. Así pues, incluso el envase pasaba a formar parte de la documentación, ya que conservaba indicaciones útiles para reconstruir la circulación de las obras y la forma en que el artista llevaba un registro de su propia actividad.

Entre los signos recordados durante la jornada figura también una pequeña calavera dibujada por Morbelli en una carta relativa a la no admisión en una exposición veneciana. El detalle es significativo porque muestra cómo, junto a las anotaciones prácticas, podían aparecer también signos más personales, vinculados a los resultados de las exposiciones. Los documentos no solo recogen datos, nombres y fechas, sino también la forma en que el artista ordenaba y acompañaba el recuerdo de su trayectoria profesional.

Angelo Morbelli, ¡Por ochenta céntimos! (1895-1897; óleo sobre lienzo, firmado y fechado, 67,5 x 121,5 cm; Vercelli, Museo Borgogna)
Angelo Morbelli, ¡Por ochenta céntimos! (1895-1897; óleo sobre lienzo firmado y fechado, 67,5 x 121,5 cm; Vercelli, Museo Borgogna)

A continuación, la jornada centró la atención en la red de correspondencia, más allá de la estructura archivística. La historiadora del arte Nicol Maria Mocchi, en su intervención dedicada a los corresponsales del Fondo, ofreció una visión general de la correspondencia, evitando limitarse únicamente a las relaciones ya estudiadas, como la que mantuvo con Giuseppe Pellizza da Volpedo, objeto en el pasado de las investigaciones de Mirella Poggiagnetti y Aurora Scotti. La correspondencia con Pellizza sigue siendo el núcleo más consistente y conocido, con 120 cartas y postales fechadas entre el 5 de diciembre de 1894 y el 15 de octubre de 1906, pero el fondo permite ahora ampliar el campo a unos cincuenta interlocutores: artistas cercanos a las mismas líneas de investigación, como Vittore Grubicy, Pietro Mengarini y Cesare Maggi, pero también galeristas, directores de museos, críticos, traductores, coleccionistas y figuras del mercado.

De este conjunto surge un Morbelli menos solitario de lo que su imagen historiográfica podría sugerir. Si Vittore Grubicy, al presentarlo en la exposición londinense de 1888, identificaba en su intemperancia un rasgo característico, describiéndolo como un artista ensimismado, laborioso, solitario y melancólico, los documentos solo confirman en parte esta imagen. La correspondencia, que abarca más de dos décadas, desde 1888 hasta 1919, funciona como una especie de diario operativo: registra oscilaciones, estrategias, intentos, ambiciones y decepciones. Sobre todo a partir de 1893, tras la rescisión del contrato de exclusividad con los Grubicy, Morbelli comienza a ejercer un control cada vez más directo sobre su propia actividad, revelando unas capacidades organizativas y de autopromoción que distan mucho de ser secundarias.

Una carta de 1914, dirigida a Nello Tarchiani, director de la Galería de los Uffizi, resume con eficacia esta conciencia. Morbelli escribe, con un tono a la vez irónico y amargo, que no se le juzgue de «presuntuoso» o «descarado», porque si él no se mueve, es difícil que otros lo hagan en su lugar. Y añade que, como un vendedor ambulante, le toca «molestar a Fulano y Mengano para dar a conocer su mercancía».

Es sobre todo a través de Florencia y Roma donde Mocchi muestra la capacidad de Morbelli para establecer relaciones fuera de Milán: en el primer caso, a través de galeristas, marchantes y mediadores; en el segundo, mediante una relación más institucional con la Sociedad de Aficionados y Amantes de las Bellas Artes.

Entre las figuras florentinas más interesantes que surgen de la correspondencia se encuentra Rosa Pisani, propietaria desde 1895 de una galería situada en el Palazzo Lenzi, en la plaza Ognissanti, una de las escasas presencias femeninas en el sistema de relaciones reconstruido a partir del fondo. Los primeros contactos con la galería Pisani se remontan a los años 1892-1893, cuando una obra indicada en la correspondencia como «Vecchie al sole» (Ancianas al sol), identificable con «Vecchine curiose» (Ancianas curiosas), que hoy se conserva en la Pinacoteca del Divisionismo, fue adquirida por su marido, Luigi Pisani, en la exposición anual de la Sociedad de Bellas Artes de Florencia. Unos años más tarde, gracias a la mediación de Pellizza, surgió la posibilidad de depositar en consignación algunas pinturas de Morbelli.

Es en este contexto donde el artista propone *S’avanza*, una obra crucial para él, fruto de una larga gestación, que acababa de regresar de un exigente recorrido expositivo. Sin embargo, el cuadro permanece sin venderse tras casi dos años de permanencia en la galería Pisani. Las razones se desprenden claramente de las cartas: la difícil ubicación en los abarrotados espacios de la galería, el precio, pero sobre todo el tono sombrío y triste del tema, uno de los motivos recurrentes en la recepción de la obra de Morbelli. En enero de 1899, Alfonso Rossi, colaborador de Rosa Pisani, escribe que *S’avanza* era admirada por los entendidos, pero no comprendida por quienes deberían haber comprado una obra de arte, y sugiere al artista que realice temas menos tristes y más agradables, como las *Vecchine curiose*, apreciadas también por los profanos por los efectos luminosos del interior.

Se trata de un pasaje importante porque pone de manifiesto el nudo, siempre actual, entre la calidad de la obra, la recepción crítica y la comerciabilidad del tema. Morbelli es admirado por los entendidos, pero no siempre es adquirido. Sus obras encuentran resistencia precisamente cuando deben salir del circuito de la aprobación crítica y entrar en los hogares, en las colecciones y en los encargos privados.

Aún más reveladora es la relación con Angelo Rizzi, propietario en Florencia de una tienda de marcos, tallas y esculturas en la via Panzani. Rizzi, figura de comerciante, conocedor y mediador, entra en contacto con Morbelli en 1910, en un momento de creciente visibilidad expositiva y comercial del artista, tras el hito que supuso la Bienal de 1903. En una carta del 15 de febrero de 1910, le propone al pintor una relación comercial basada en una «colaboración mutuamente beneficiosa»: él le proporcionaría marcos y Morbelli le compensaría con obras. Una fórmula de intercambio que acerca la gran pintura al ámbito práctico del taller, de los materiales y de todos aquellos objetos necesarios para la circulación de las obras.

En torno a esta relación gira también el cuadro mencionado en la correspondencia como «ancianas y nieve», identificable con *Los dos inviernos*, obra clave del imaginario de Morbelli. Morbelli lo describe como un efecto de nieve fuera de la ventana, con las ancianas del Pio Albergo Trivulzio. El cuadro se había expuesto en Venecia en 1903, luego en Viena, Múnich, Roma y Buenos Aires, y había sido rechazado en dos ocasiones por el jurado del Carnegie Institute de Pittsburgh. Tras haber estado expuesto en la tienda de Rizzi, el cuadro se ofreció, a través de la mediación del propio Rizzi, a Nello Tarchiani, lo que dio lugar a una larga negociación que, sin embargo, no llegó a concluirse. Morbelli no logró vender ni esta obra ni otro cuadro expuesto en el Premio Ussi de 1914.

También «Primera misa en Burano» entra en esta misma trama, vinculada a los posibles intercambios entre Morbelli y Rizzi. Los documentos permiten precisar los detalles y, sobre todo, aclarar cuestiones cronológicas hasta ahora inciertas: mediante la comparación entre cartas, exposiciones y obras, es posible establecer con mayor certeza qué versión se presentó en una ocasión determinada, como en el caso del ejemplar expuesto en el invierno de 1911-1912 en el Palazzo Strozzi.

La sección romana de la correspondencia permite seguir otro aspecto central de la obra de Morbelli: la repetición de los mismos temas. De hecho, un cuadro expuesto en 1907 en la Sociedad de Aficionados y Amantes de las Bellas Artes surge como una segunda versión, ligeramente modificada, de una obra presentada en la Exposición del Sempione de 1906, ya vendida y trasladada a las colecciones de Buenos Aires. Las cartas permiten así reconstruir no solo la trayectoria de una imagen, sino también la forma en que el artista reelaboraba sus temas en respuesta a encargos, destinos y nuevas oportunidades expositivas.

Roma permite, además, evaluar la influencia de Morbelli sobre algunos artistas divisionistas, en particular Pietro Mengarini, una figura compleja y activa también en el ámbito teatral. De la correspondencia se desprende una admiración casi religiosa: Mengarini llega a comparar las obras de Morbelli con un «Evangelio» y con «voces de apóstol». Fórmulas enfáticas, sin duda, pero útiles para comprender el papel que asumió el artista para una generación más joven, aún vinculada a la idea de un grupo de «complementaristas» y al proyecto de una exposición capaz de reunirlos.

A esta fidelidad a la pintura dividida remite también una de las frases más significativas que surgieron durante la jornada: en 1913, mientras el futurismo avanzaba, Morbelli aún se definía a sí mismo como un «divisionista impenitente». En esos mismos documentos, sin embargo, también aflora la duda: el artista reconoce haberse «sumergido» quizá durante demasiado tiempo en la técnica química del color, hasta llegar a la amarga constatación de los «cuántos años quizá perdidos». Es un pasaje que muestra a un Morbelli obstinado, pero no ciego ante las transformaciones de la modernidad.

En una carta de enero de 1910 dirigida a Luigi Calcaterra, un distribuidor milanés de materiales para artistas, Morbelli señala el problema de los tubos de color ya preparados que, al aplicar la pintura dividida en capas, tendían a «gomificarse». Un detalle solo aparentemente marginal que, sin embargo, muestra cómo, tras la superficie luminosa de los cuadros, se esconde el trabajo concreto sobre la materia, la comprobación de los colores y el esfuerzo técnico de la pintura.

Alessandro Botta continuó el debate sobre las relaciones internacionales con una intervención dedicada a Angelo Morbelli y Gerolamo Cairati. Este último surge de la correspondencia como una figura decisiva para la presencia del artista en el circuito alemán: compañero pintor, promotor cultural e interlocutor capaz de orientarle entre Múnich y Berlín. En su calidad de comisario italiano para la Exposición Internacional de Múnich, Cairati invita a Morbelli a participar con *In risaia*, pidiéndole además una fotografía de la obra; en 1901 le comunica además una invitación de la Asociación de Artistas de Berlín, con la posibilidad de trasladar posteriormente las obras a la exposición internacional de la primavera siguiente. Además de su papel operativo, las cartas revelan también un apoyo personal: Cairati defiende a Morbelli de las críticas a la pintura dividida y le anima a seguir adelante sin dejarse intimidar por los ataques.

La jornada amplió posteriormente la perspectiva hacia las redes territoriales, los comités artísticos y la dimensión cultural del Monferrato. Sandra Berresford, historiadora del arte y conservadora del Archivo Bistolfi del Museo Cívico y Gipsoteca Bistolfi de Casale Monferrato, dedicó su intervención a las relaciones entre Ercole Arturo Marescotti, Giovanni Buffa y Angelo Morbelli, integrando los documentos del fondo de Tortona con los conservados en el Archivo Bistolfi. A través de Marescotti, figura polifacética de músico, periodista y promotor cultural, Berresford puso de manifiesto la implicación de Morbelli en una red de comités, iniciativas territoriales y proyectos vinculados al Monferrato. También resulta interesante la postura crítica de Marescotti: severo con Bistolfi, cuyo estilo juzga excesivamente literario y artificialmente construido, e inicialmente receloso hacia el divisionismo, hace sin embargo una excepción con Pellizza y Morbelli.

Otro tema central de la jornada fue abordado por Silvestra Bietoletti, quien reconstruyó las relaciones entre Angelo Morbelli y los Concursos Ussi de la Academia de las Artes del Dibujo de Florencia, en 1914 y en 1919. La investigadora ha relacionado los documentos del fondo de Tortona con los conservados en Florencia, en la Academia, documentación que no siempre se ha conservado en buen estado, en parte debido a la inundación de 1966. El 26 de noviembre de 1913, Morbelli escribió al presidente de la Academia para comunicarle su intención de participar en el Premio Ussi con un cuadro ambientado en la iglesia de San Celso, un tema que le había interesado durante más de veinte años.

El Premio Ussi se había instituido en 1900 por voluntad de Stefano Ussi, pintor toscano, con normas precisas y un capital considerable: la renta quinquenal debía asignarse a un artista italiano, elegido por un jurado de cinco miembros, y la obra ganadora permanecería en la Academia. En 1913, el consejo académico introdujo una cláusula que Morbelli valoró muy positivamente: la excelencia de la obra debía estar libre de las convenciones de la escuela y de la búsqueda formal específica del artista. Según Bietoletti, podría ser precisamente esta apertura la que convenciera a Morbelli para participar en 1914. El premio ascendía a 16 000 liras, una cifra muy considerable, sobre todo para un artista que, durante los años de la guerra, habría atravesado dificultades económicas cada vez más graves.

Cuando los cuadros llegan a Florencia, se exponen en la sede de la Promotrice florentina, en la via della Colonna, renovada en 1905 con motivo de la Primera exposición de arte toscano. La exposición se inaugura el 23 de marzo de 1914 y la prensa destaca el esmero con el que se han expuesto las obras. El cuadro de Morbelli se colocó en la segunda planta, en las salas consideradas más bellas, y fue acogido inicialmente con críticas muy positivas. La calidad de la obra fue reconocida por varias voces críticas, que la señalaron como una de las obras merecedoras del premio. En la interpretación propuesta por Bietoletti, resulta especialmente importante la representación del suelo y de la luz: la capacidad de lograr transparencias y el polvo atmosférico a través de la pureza de los colores, lo que supone un punto culminante de la investigación divisionista de Morbelli.

Sin embargo, la formación del jurado resulta accidentada: entre renuncias, sustituciones y polémicas, la prensa llega a ridiculizar a una comisión que parece desintegrarse incluso antes del veredicto final. Es en este clima inestable donde madura la exclusión de Morbelli del premio.

El 5 de mayo de 1914, el jurado vota. Por unanimidad, se premia el cuadro de Pietro Fragiacomo, expuesto en la misma sala que el de Morbelli. Según la interpretación que se barajó a lo largo de la jornada, la victoria de Fragiacomo refleja también la antipatía que algunos miembros del jurado sentían hacia Morbelli.

El 7 de mayo, el artista solicita que le devuelvan el cuadro a Milán. Mientras tanto, sin embargo, surge la posibilidad de que el Ministerio lo adquiera para la naciente Galería de Arte Moderno de Florencia. Nello Tarchiani y Corrado Ricci valoran la posibilidad de adquirir el cuadro, mientras que Ezio Marzi intenta promover una suscripción entre los artistas. Morbelli frena esta última posibilidad: prefiere la adquisición por parte del Ministerio, consciente del diferente peso institucional que tendría para su obra una ubicación pública. También en este caso, la reacción emocional y la lucidez estratégica conviven.

En 1919, a pesar de la decepción de 1914, las dificultades económicas y el clima bélico, Morbelli vuelve a barajar la posibilidad de participar en el Premio Ussi. De los documentos se desprende la imagen de un artista ansioso, agotado, pero aún apegado a la idea del reconocimiento público. La propuesta parece orientarse hacia un pequeño paisaje sin personajes, para el que el artista baraja títulos como O pax o Raggio di sole, antes de decidir no presentarse al concurso.

A lo largo de la jornada también ha quedado patente la forma indirecta en que la guerra se cuela en la obra tardía del artista. Una referencia especialmente intensa se refiere a *Il telegramma*, un cuadro en el que el fallecido no aparece. No hay cuerpo, no hay escena bélica y no hay frente de batalla. Quedan una mesa puesta, una criada sentada entre lágrimas y el telegrama dejado sobre la mesa. La fuerza de la imagen surge precisamente de esta ausencia: la guerra como noticia que irrumpe en el espacio doméstico, como una hoja que interrumpe la comida. En otro cuadro conservado en la Fundación Cariplo, con una figura femenina vista de espaldas en una barca y una bandera ondeando, la referencia al conflicto sigue siendo alusiva.

El tema de la recomposición de la correspondencia ha marcado especialmente la segunda parte de la jornada, poniendo de manifiesto que el Fondo Morbelli no puede interpretarse como un conjunto cerrado. Las cartas, por su propia naturaleza, se dispersan entre distintos archivos: una parte permanece en poder del remitente, otra en poder del destinatario, y otras acaban en manos de familias, instituciones o particulares. La labor del investigador consiste, pues, en restablecer el diálogo entre estos fragmentos, sacando a la luz nuevas relaciones, cronologías más precisas, cambios de propiedad y motivos expositivos.

Quien introdujo esta perspectiva fue Stefania Circosta, archivista de la Superintendencia Archivística y Bibliográfica del Piamonte y del Valle de Aosta. Su intervención hizo hincapié en la naturaleza de los archivos de artista, en los que la memoria personal se entrelaza con la actividad creativa y profesional. En el caso de Morbelli, las cartas, las notas técnicas, los cuadernos autógrafos y los documentos de trabajo no solo reflejan lo que el artista hizo, sino también la forma en que su actividad se fue consolidando con el tiempo.

Resulta especialmente significativo el conjunto presentado por Stefano Meriana, historiador y restaurador, relativo a algunas cartas de Morbelli conservadas por los herederos del profesor Italiano Passardi, antiguo propietario de una versión de *Credenti (...incensum Domine!) * adquirida por Ottavio Galateri di Cherasco. El cuadro, en su versión de 1890, fue uno de los primeros trabajos divisionistas del artista y representaba a un grupo de fieles rezando en la iglesia milanesa de San Celso. La correspondencia examinada por Meriana comprende cinco cartas de Morbelli, cuatro notas y algunas respuestas del conde Galateri. Morbelli se dirige a Galateri para pedirle que le preste el cuadro con motivo de la exposición milanesa «La pintura lombarda en el siglo XIX», que se celebraba en la Permanente. Para convencerlo, le recuerda la medalla de oro que había obtenido el cuadro e insiste en el valor que la presencia de la obra tendría en una exposición de carácter antológico.

Aquí reaparece el Morbelli meticuloso, casi obsesivo en el control de los aspectos prácticos. Aunque por lo general es ahorrador, se declara dispuesto a asumir los gastos de transporte y seguro; a continuación, se extiende sobre las modalidades de embalaje, sugiriendo que el cuadro se coloque en la caja con la cara hacia el espectador y protegido con papel o periódicos bien sujetos para evitar manchas y polvo. Es un detalle técnico, sin duda, pero dice mucho del pintor: el cuidado por la materia de la obra, la atención a su manipulación, la conciencia del riesgo físico que conlleva todo préstamo.

El conde, por el contrario, responde con sequedad, interesado sobre todo en los aspectos prácticos y en los plazos de devolución. Esta distancia social y de temperamento hace que la correspondencia resulte especialmente interesante. Morbelli busca complicidad, insiste, argumenta, anima al propietario a considerar la posibilidad de volver a prestar la obra y, tal vez, incluso de venderla. En una carta, tras recordar los reconocimientos obtenidos en el extranjero, suelta una frase muy dura: en el extranjero, escribe, lo tratan «un poco menos como a un perro» que en su país. La frase, a medio camino entre el orgullo y la amargura, confirma una sensación que ya había surgido en otras intervenciones: Morbelli mide constantemente la distancia entre el reconocimiento internacional y las resistencias con las que se topa en los círculos italianos.

El caso más curioso se refiere al préstamo para Berlín. Morbelli informa a Galateri, con cierto retraso, de que el cuadro ya ha partido hacia Alemania. Al principio de la carta aparece el dibujo de un fiasco dentro de una guirnalda, símbolo que el artista también había plasmado en el sobre que contenía los documentos de la exposición de Múnich de 1901. Aquí, el «fiasco» debe entenderse en su sentido irónico y casi supersticioso, distinto de las calaveras mencionadas en otros contextos: Morbelli teme que se sume el número de fracasos si el conde no da su consentimiento para el préstamo, pero, mientras tanto, el cuadro ya está de camino. La ocasión, según el artista, era demasiado importante como para dejarla pasar: seis meses más o menos de ausencia, escribe en esencia, podían valer la posibilidad de una venta y de un nuevo reconocimiento internacional.

En ese mismo intercambio, Morbelli llega incluso a proponer el envío de una Ballerina a cambio de la prolongada ausencia de Credenti, casi como para compensar al propietario con una compañía pictórica temporal. Es un pasaje que muestra a un Morbelli diplomático, irónico, insistente, dispuesto a negociar y a utilizar sus propias obras como instrumentos de relación. A partir de ahí, la relación con Galateri parece enfriarse. El conde lamenta la prolongada ausencia del cuadro, pide información sobre su devolución y, posteriormente, en 1913, aclara que la obra ya no está disponible ni para la venta ni para el préstamo. Tras la muerte de Galateri, en 1918, el cuadro se venderá, y de las últimas cartas de la familia se desprende incluso la petición de devolver la caja de embalaje y las colchas, que no estaban incluidas en el precio.

La jornada concluyó con la intervención de Cinzia Lacchia, conservadora de la Fundación Museo Francesco Borgogna de Vercelli, dedicada al IV Congreso Internacional del Arroz y a la Exposición de Arte de la zona de regadío de Vercelli de 1912. En el centro, ¡Por ochenta céntimos!, uno de los cuadros más conocidos y socialmente impactantes de Morbelli, vinculado al trabajo de las cosechadoras de arroz y a la vida en los arrozales. El fondo permite situar la obra en un contexto preciso, en el que se entrelazan el arte, la economía agrícola, el trabajo femenino y la representación social.

Entre los elementos que han salido a la luz figura también un recorte satírico relacionado con la acogida que tuvo el cuadro, un detalle importante porque muestra cómo una obra podía difundirse no solo en exposiciones y catálogos, sino también a través de comentarios, ironía y parodias públicas. Por ¡ochenta céntimos! no se presenta, por tanto, únicamente como una imagen del trabajo en los arrozales, sino como un cuadro insertado en una red de exposiciones, congresos y debates sobre la agricultura y la modernización.

Al final del día, el Fondo Angelo Morbelli se presenta, por tanto, como algo más que un archivo finalmente ordenado. No solo añade documentos a una biografía ya conocida, sino que cambia la propia forma de ver al artista. De los documentos surge un Morbelli activo, inquieto, a menudo irónico: un pintor que sigue la circulación de sus propias obras, trata con coleccionistas e instituciones, registra rechazos y oportunidades perdidas, se ocupa del embalaje, reproduce temas demandados por el mercado, participa en comités, busca reconocimientos públicos y sigue siendo hasta el final un «divisionista impenitente».

El fondo no sustituye a las obras, sino que las sitúa de nuevo en el sistema de relaciones, tensiones y necesidades del que surgen y a través del cual circulan. Tras la luz dividida de los cuadros aflora así el trabajo menos visible del artista: el esfuerzo material de la pintura, la ansiedad por el reconocimiento, el cálculo de las estrategias expositivas, la ironía de los fracasos, la calavera sobre las oportunidades perdidas.



Francesca Anita Gigli

El autor de este artículo: Francesca Anita Gigli

Francesca Anita Gigli, nata nel 1995, è giornalista e content creator. Collabora con Finestre sull’Arte dal 2022, realizzando articoli per l’edizione online e cartacea. È autrice e voce di Oltre la tela, podcast realizzato con Cubo Unipol, e di Intelligenza Reale, prodotto da Gli Ascoltabili. Dal 2021 porta avanti Likeitalians, progetto attraverso cui racconta l’arte sui social, collaborando con istituzioni e realtà culturali come Palazzo Martinengo, Silvana Editoriale e Ares Torino. Oltre all’attività online, organizza eventi culturali e laboratori didattici nelle scuole. Ha partecipato come speaker a talk divulgativi per enti pubblici, tra cui il Fermento Festival di Urgnano e più volte all’Università di Foggia. È docente di Social Media Marketing e linguaggi dell’arte contemporanea per la grafica.


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