Una copa que contiene un filtro mágico, Ulises y Circe: uno de los episodios más enigmáticosde la Odisea tiene lugar precisamente en la morada de la maga, donde la seducción, la metamorfosis y el engaño se entrelazan, fascinando e inspirando desde hace siglos la obra pictórica de muchos artistas, más o menos conocidos. La historia se narra en el libro X del poema homérico, que relata el largo viaje de regreso por mar del héroe griego hacia su Ítaca tras la guerra de Troya. La «diosa terrible, de cabellera rizada / y canto dulce» (así reza la famosa traducción de 1822 de Ippolito Pindemonte) moraba en un «palacio sublime», construido «con piedras resplandecientes» y situadoen la isla de Eea, identificada tradicionalmente con el promontorio del Circeo, en la costa del Lacio; un lugar que, en apariencia, parecía tranquilo y hospitalario, ya que la mansión «dominaba un valle fértil» y estaba inmersa en el bosque, salvo que, para custodiar el propio palacio, había «lobos de montaña y leones pelirrojos, a los que ella / había domesticado con sus brebajes», que movían sus largas colas. Sucedió que Ulises, al enterarse de que todos sus compañeros, salvo uno, Euríloco, habían sido transformados en cerdos por la maga, quien, atrayéndolos con engaños, les había ofrecido «el vino primaveral con leche cuajada, / harina blanca y miel reciente; y un jugo / que resultaba letal, pues con él / cada uno bebía el olvido de la patria», se dirigió hacia la morada de Circe con la intención de liberar a sus compañeros y convencer a la maga de que les devolviera su aspecto humano. Sin embargo, primero se le apareció Mercurio, quien le advirtió y le dio consejos sobre cómo actuar una vez que se presentara ante la mujer, pero, sobre todo, le proporcionó un verdadero antídoto, un «medicamento maravilloso» a base deuna hierba sanadora que los dioses llamaban Moli, contra la bebida mezclada que la maga intentaría administrarle de inmediato. Tal y como le había advertido el dios alado, en cuanto Ulises llegó a casa de Circe, la «diosa de las hermosas trenzas» abrió las luminosas puertas, lo invitó a entrar y, tras hacerle sentarse en un taburete, le tendió la bebida encantada, que él bebió sin que le provocara ningún efecto. La mujer quedó atónita: comprendió entonces que tenía ante sí precisamente a «ese sagaz Ulises, / del que Mercurio siempre me decía / que debía venir de Ilión en una nave negra», juró que ya no le tendería más trampas para hacerle daño y lo invitó a su lecho. El héroe aceptó el trato, hasta tal punto que pasó un año entero en aquella morada, junto a sus compañeros, a quienes la maga había devuelto entretanto su aspecto humano.
El episodio, como se ha mencionado, fue durante mucho tiempo fuente de inspiración para muchos pintores, y resulta curioso observar cómo, en el mismo siglo, el siglo XIX, aunque con varias décadas de diferencia y, por tanto, en dos momentos históricos distintos, el mito de Circe dio lugar a dos formas opuestas de interpretarlo, dos interpretaciones distintas que reflejan un cambio en la sensibilidad de la cultura europea a lo largo del siglo XIX: por un lado, la confianza en la razón, típica del neoclasicismo, y por otro, la atracción por el misterio, el símbolo y la psicología del arte fin de siècle. Por un lado, rigor, control, claridad, racionalidad. Por otro, enigma, sensualidad, deseo, pulsión. El mismo episodio, por tanto, que logra adaptarse a la perfección a dos climas culturales distintos.
Baldassarre Calamai fue un artista de sólida formación neoclásica, pintor nacido en Florencia en 1787, donde estudió en la Academia de Bellas Artes como alumno de Pietro Benvenuti. El artista participó en 1824 en el Premio de Curlandia de Bolonia (instituido en 1785 por el duque Pietro de Curlandia, región situada en la parte meridional de la actual Letonia, con la donación de mil zecchini de oro a la Academia Clementina de Bolonia para «invertirlos a perpetuidad, de modo que con los ingresos se pueda obtener una Medalla de Oro anual que se distribuirá de la siguiente manera [...] En el primer año, a aquel pintor, ya sea nacional o extranjero, que presente una obra sobre un tema determinado y ceda, a conveniencia del Instituto, el cuadro considerado el mejor entre los válidos. En el segundo año, al escultor que, de la forma indicada anteriormente, presente la mejor estatua. En el tercer año, por fin, a aquellos dos, uno de los cuales presentará el mejor diseño de arquitectura y el otro el mejor grabado en cobre, se les repartirá el premio. Y así se reanudará y continuará según el orden establecido», dictando así las reglas del premio) precisamente con el cuadro Ulises en la morada de Circe, que hoy forma parte de las colecciones del MAMbo de Bolonia. El tema del concurso de aquel año era «Circe, tras haber acogido a Ulises en su casa, le ofrece la bebida fatal: el héroe se da cuenta y empuña la espada para herirla».
Calamai opta por centrarse en la primera parte del tema y representar el momento de mayor tensión narrativa del célebre episodiode la Odisea: sentados frente a frente en una mesita, la maga Circe le está ofreciendo a Ulises la copa con la bebida encantada. La mano lista para empuñar el arco (aquí en lugar de la espada) y su mirada recelosa sugieren que el héroe está listo para reaccionar; sabe que es inmune al hechizo y se enfrenta a la maga sin dejarse engañar, mientras que la actitud serena de Circe deja entrever su intento de seducción y persuasión. Detrás de ellos, una doncella sostiene en la mano la jarra que probablemente contenía la poción mágica. Los tres, que constituyen el grupo principal de la escena, están dispuestos en forma de pirámide, y a la quietud de Ulises y Circe se contrapone la idea de movimiento de la doncella. La composición resulta equilibrada, típica de la pintura neoclásica: los gestos son mesurados, las figuras adoptan poses elegantes y el entorno evoca el ideal de armonía y orden de la Antigüedad, con las pequeñas nichos en la pared que albergan las imágenes de las divinidades y, más allá del pórtico, el perfil del suntuoso palacio. La doncella, por su parte, evoca las poses de las figuras de Guido Reni, el gran maestro boloñés del siglo XVII. Sin embargo, la atención del observador se centra en la copa, verdadero eje simbólico del cuadro, que representa el enfrentamiento entre la inteligencia y la prudencia de Ulises y el poder mágico y seductor de Circe. Por último, las dos jóvenes que espían la escena escondiéndose tras la columna dórica presagian lo que está por venir. La luz proviene principalmente de la derecha, lo que hace resaltar sobre todo la figura de Circe, cuyo vestido claro refleja la luz, mientras que Ulises se encuentra sumido en sombras más marcadas. El contraste cromático entre el rojo intenso de la capa del héroe y el blanco y dorado de las vestiduras de Circe enfatiza la oposición entre ambos personajes.
Sesenta años más tarde, el interés por el libro X de la Odisea, aunque seguía vivo, intenso y ferviente, daría lugar a una interpretación de otra atmósfera y otra sensibilidad. Hacia finales de siglo, en 1891, John William Waterhouse ofreció una interpretación del episodio homérico que respondía plenamente a las inquietudes de los prerrafaelitas. El pintor británico representa a Circe en todo su poderío: la pose frontal, el trono monumental situado en una posición elevada y la mirada fija hacia el espectador transforman a la maga en una figura poderosa y evocadora, capaz de dominar a cualquiera que se encuentre ante ella. Está sentada en un imponente trono decorado con cabezas de león esculpidas en los reposabrazos, y lleva un vestido largo y ligero en tonos azul grisáceos, que le deja un hombro al descubierto, lo que le confiere una elegancia sensual pero, al mismo tiempo, austera. Su larga melena oscura le cae sobre los hombros, mientras que el rostro, ligeramente vuelto hacia arriba, crea una fuerte implicación emocional. En la mano izquierda sostiene la copa, elemento fundamental de la historia, mientras que con el brazo derecho levantado empuña una larga varita mágica, símbolo de su poder y de su papel como hechicera.
Detrás del trono, en el gran espejo circular, se refleja Ulises, que la observa, y parte del entorno circundante, mientras que a los pies del trono se ven algunos cerdos, que evocan la transformación provocada por la poción. En el suelo hay flores marchitas esparcidas, mientras que a la derecha se aprecia un brasero utilizado probablemente para los rituales mágicos. Todos estos elementos contribuyen a crear una atmósfera de incertidumbre y gran sugerencia.
A diferencia de la obra de Calamai, en la que los protagonistas son tanto Ulises como Circe, aquí la figura principal es exclusivamente la maga. Waterhouse destaca su encanto, su belleza y su carácter enigmático, haciendo hincapié en el vínculo entre la seducción y la magia. En este cuadro, que hoy se conserva en la Galería Oldham, Circe aparece no solo como una hechicera, consciente del encanto que ejerce sobre quien la observa, sino también como soberana de su propia isla.
De la compostura neoclásica de Calamai a la sensualidad prerrafaelita de Waterhouse: si el primero escenifica el momento decisivo del enfrentamiento entre la razón y el hechizo, el segundo transforma a la maga en una figura de encanto y poder, haciendo que el héroe casi desaparezca en segundo plano. Sin embargo, en ambas obras, el encuentro entre Ulises y Circe conserva intacto el encanto de la narración homérica: es el momento en el que se enfrentan la astucia y el engaño, el héroe y la maga, uno de los episodios más emblemáticos y sugerentes de la mitología clásica.
El autor de este artículo: Ilaria Baratta
Giornalista, è co-fondatrice di Finestre sull'Arte con Federico Giannini. È nata a Carrara nel 1987 e si è laureata a Pisa. È responsabile della redazione di Finestre sull'Arte.
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