Hay un silencio que no percibes realmente hasta que te detienes ante una obra de Lee Ufan. No es quietud, es una suspensión densa, hecha de materia, distancia y aliento. Una placa de acero capta la luz y la devuelve fría, una piedra irregular retiene un peso ancestral, una pincelada sutil sobre un lienzo claro vibra como un gesto aún presente. El tiempo cambia de consistencia, se ralentiza, se dilata. Quedan la mirada y el cuerpo, llamados a participar.
Lee Ufan nació en 1936 en Corea del Sur y se formó entre Seúl y Japón, donde se convirtió en una figura central del movimiento Mono-ha a finales de los años sesenta. En ese contexto, la materia adquiere una nueva centralidad: la piedra, el hierro, el cristal, el espacio y la luz entran en la obra con su identidad concreta, sin disfraces. Ufan desarrolla esta sensibilidad de manera personal, entrelazando la práctica artística y la reflexión filosófica, y cada obra se convierte en un campo de relaciones vivas, en el que las cosas, el espacio y el observador comparten el mismo tiempo.
Al entrar en una sala con una de sus instalaciones, la primera impresión es física. Una piedra natural apoyada en el suelo, una placa de acero a poca distancia. Entre ambos elementos, una distancia calibrada con precisión; el aire mismo parece formar parte de la composición. Esta es la lógica de la serie Relatum, iniciada en 1968 y continuada durante décadas: cada elemento existe a través de la relación con lo que tiene a su lado; el peso y la ligereza, la opacidad y el reflejo, la estabilidad y la tensión se perciben al caminar, al cambiar el punto de vista, al medir el espacio con los propios pasos.
En Relatum – The Arch of Versailles (2014), realizada en los espacios del palacio francés, grandes placas metálicas curvadas y bloques rocosos entablan un diálogo con la arquitectura histórica, modificando la percepción del lugar de forma sutil y profunda. Las superficies brillantes reflejan el entorno, las piedras absorben la luz, el visitante atraviesa la obra como un territorio por explorar. Cada paso redefine equilibrios, alinea miradas, crea conexiones inesperadas entre el pasado y el presente. Sin embargo, es el vacío el que desempeña un papel decisivo: las distancias entre los elementos generan tensiones silenciosas, pausas cargadas de energía. El espacio no actúa como telón de fondo: se convierte en materia invisible, medible con el cuerpo y con la respiración.
Esa misma atención se refleja en la pintura. En las series From Point y From Line, desarrolladas a partir de los años setenta, Ufan trabaja con gestos repetidos y controlados. Pequeños puntos se depositan sobre la superficie hasta volverse más escasos; las líneas trazadas con un pincel cargado de pigmento se van adelgazando a medida que el color se agota. Cada trazo registra una duración, un contacto entre la mano y el lienzo. La superficie permanece amplia, luminosa, lista para acoger el silencio que rodea al gesto. Ante estas pinturas, la mirada sigue el ritmo de la mano, percibe la presión, la lentitud, la progresiva desaparición del color. La pintura se presenta como el rastro de un acontecimiento ocurrido en un momento preciso, que sigue expandiéndose en la mirada del observador.
Esta búsqueda encuentra una nueva expresión en la serie «Dialogue», como en «Dialogue» (2018): sobre grandes lienzos claros aparecen unas pocas pinceladas amplias, a menudo azules o grises, aplicadas con movimientos lentos y controlados. El trazo se posa sobre la superficie con una presencia plena, mientras que el espacio circundante permanece abierto, vibrante, y el título sugiere un intercambio continuo: entre el gesto y la superficie, entre la materia y la luz, entre la obra y el observador.
Moverse entre estas obras significa adentrarse en un ritmo diferente. Los pasos se vuelven cautelosos, la mirada se detiene más tiempo y el cuerpo se convierte en instrumento de medida. Las distancias entre una escultura y otra, entre un lienzo y la pared, guían la experiencia de una forma casi musical. Cada elemento forma parte de una composición más amplia que incluye al espectador.
Con el tiempo, surge una toma de conciencia: la percepción nace siempre de un encuentro. Los objetos, el espacio y la presencia humana comparten el mismo campo. Las piedras, el acero y los trazos de color conservan su identidad concreta y, al mismo tiempo, activan relaciones que cambian con cada mirada.
Al salir de una exposición de Lee Ufan, queda en uno una cualidad particular de atención, ya que las obras siguen actuando en la memoria, como una ligera vibración. Una sombra en una pared, el reflejo de la luz en una superficie metálica, la distancia entre dos objetos en una habitación cotidiana pueden evocar de repente esas experiencias.
Su arte propone un ejercicio de presencia. Requiere tiempo, disponibilidad y escucha visual. Cada obra abre un espacio en el que detenerse, respirar y percibir el peso y la ligereza de las cosas. En ese campo silencioso, la mirada se renueva. Y con ella, también la forma de estar en el mundo.
El autor de este artículo: Federica Schneck
Federica Schneck, classe 1996, è una giornalista specializzata in arte contemporanea. Laureata in Storia dell'arte contemporanea presso l'Università di Pisa, il suo lavoro nasce da una profonda fascinazione per il modo in cui le pratiche artistiche operano all’interno, e in contrapposizione, alle strutture sociali e politiche del nostro tempo. Si occupa delle trasformazioni del sistema dell'arte contemporanea, del dialogo tra ricerche emergenti e patrimonio culturale, del mercato, delle istituzioni e delle fiere internazionali. Alla scrittura giornalistica affianca quella critica, con testi per artisti, gallerie e collezioni private.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.