El mercado del arte contemporáneo de los últimos veinte años se basa en una gran mentira. Así lo demuestra un hecho evidente: muchas de las principales galerías denominadas de arte contemporáneo, para sobrevivir, tienen que vender arte moderno, más o menos desde la época de Van Gogh hasta los años setenta. Pero, ¿por qué el arte contemporáneo produce tantas obras aburridas y mediocres? ¿Por qué en las últimas Bienales nos encontramos ante rarezas y cosas ensambladas sin una necesidad real? Ocurre porque en los últimos veinte años el debate crítico se ha ido eliminando progresivamente dentro de un sistema en el que todos deben llevarse bien con todos. A esto se suma el hecho de que el lenguaje del arte contemporáneo ha atravesado dos crisis decisivas, en 2001 y en 2008, que han dejado a los artistas aún más desorientados.
Los coleccionistas son los mejores clientes del mundo, porque casi nunca protestan: no quieren perder su estatus ni contribuir a devaluar las adquisiciones ya realizadas. Esta actitud acaba cristalizando el problema y consolidando la mentira. Los artistas, por su parte, se han quedado estancados en posturas rígidas y nostálgicas, encerrados en sus estudios a la espera de la llamada del dios comisario o del dios galerista. Pero las pocas oportunidades que quedan son ya demasiado escasas para todos y absolutamente insuficientes.
Ahora también resulta evidente otra cosa: la Academia de Bellas Artes ya no basta. Se necesita una formación integral, capaz de abordar las cuestiones más importantes de nuestra contemporaneidad. Una formación de este tipo, hoy en día, simplemente no existe en ninguna escuela o academia de arte del mundo. Las carísimas escuelas de Bellas Artes y los Másteres en Bellas Artes (MFA), a los que Sarah Thornton, en su libro La vuelta al mundo del arte en 7 días, define provocativamente como «Mother Fucking Artist», se ven obligadas a forjar alianzas con galerías y comisarios para dar al menos la impresión de una posible carrera a los estudiantes que han invertido cientos de miles de dólares en su formación. Aunque hoy mismo enviaras tu book a un galerista demostrando que sabes caminar sobre el agua, difícilmente te tendrían en cuenta. No porque te falte talento, sino porque el sistema está regido por alianzas, pertenencias y clanes indispensables para poder aspirar a vender algo en el mercado del arte contemporáneo.
Por eso el mercado del arte moderno funciona mucho mejor y es decididamente más meritocrático: ha contado con décadas de debate crítico que le han permitido consolidar la calidad, los valores y las jerarquías. Sin embargo, el arte contemporáneo es hoy más central que nunca. Desde los años noventa ha salido de los museos: ahora todo es arte contemporáneo. Precisamente por eso, si no somos nosotros quienes nos ocupemos del arte contemporáneo, será el peor arte contemporáneo el que se ocupe de nuestras vidas. Y esto, en realidad, ya está ocurriendo.
Por eso sería fundamental una profunda reforma de las escuelas y de todo el sistema del arte contemporáneo. Deberían convertirse en un campo de entrenamiento y un laboratorio en los que ejercitar nuestra capacidad de ver. Pero no penséis en las obras como simples objetos destinados a decorar una repisa de chimenea. El valor de una obra de arte no reside en el objeto en sí mismo, sino en una nube formada por formas, actitudes, visiones y aptitudes de la que las obras surgen como testigos. Son formas que podemos aplicar de manera concreta en nuestra vida cotidiana. Este es el enorme valor que el arte contemporáneo debería tener para cada uno de nosotros.
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