Lujo y patrimonio cultural: el futuro del «placemaking» según Balich Wonder Studio


¿De qué manera interactúan los eventos de lujo con el patrimonio cultural? En esta entrevista, Valentina Saluzzi, directora de eventos de Balich Wonder Studio, nos ofrece el punto de vista de una figura destacada a nivel mundial en el sector del entretenimiento.

Valentina Saluzzi es vicepresidenta del Consejo de Administración y directora de Eventos y Experiencias de Marca de Balich Wonder Studio, un grupo internacional especializado en el diseño y la producción de grandes eventos, ceremonias y experiencias de marca. Tras cursar estudios de Relaciones Públicas, Publicidad y Comunicación y obtener un MBA Ejecutivo en la Universidad Bocconi, ha desarrollado su trayectoria profesional en el sector de los eventos, trabajando con algunas de las principales marcas internacionales del sector del lujo y la moda. En 2016 cofundó FeelRouge Worldwide Shows junto a Carolina Dotti, agencia galardonada en 2020 como «World Best Agency» y que posteriormente se integró en Balich Wonder Studio, donde hoy dirige la división Bespoke dedicada a las marcas de lujo.

En esta entrevista con Noemi Capoccia, Saluzzi ofrece una visión del trabajo que se esconde tras el diseño de experiencias en directo para algunas de las casas de moda internacionales más importantes, explicando cómo la investigación histórica, la dirección creativa y la producción contribuyen a la construcción de narrativas capaces de plasmar la identidad de una marca en una experiencia envolvente. La conversación se amplía luego a la relación entre los eventos y el patrimonio cultural, abordando temas que hoy ocupan un lugar central en el debate público: desde el uso de lugares históricos y monumentales para iniciativas privadas hasta la colaboración entre instituciones y grandes marcas, pasando por el papel que estas últimas pueden desempeñar en la puesta en valor de los territorios. Saluzzi reflexiona además sobre el concepto de «placemaking», sobre el delicado equilibrio entre la espectacularización y la protección de los lugares, y sobre la necesidad de construir modelos de colaboración basados en la competencia, la responsabilidad y los beneficios compartidos. De ello surge una reflexión sobre el futuro de la relación entre la industria del lujo, la cultura y el patrimonio, con la convicción de que los eventos solo pueden dejar un legado duradero cuando logran generar valor para las marcas, para las comunidades y para los entornos que los acogen.

Valentina Saluzzi
Valentina Saluzzi

NC. Balich Wonder Studio es conocido sobre todo por grandes ceremonias y eventos inmersivos. En concreto, ¿en qué consiste el trabajo del área Bespoke de la que es responsable y qué perfiles profesionales intervienen en la elaboración de un proyecto?

Balich Wonder Studio Bespoke es la división del Grupo dedicada a las marcas de lujo y de moda. Diseñamos y llevamos a cabo experiencias en directo que abarcan desde desfiles hasta eventos de alta joyería, desde lanzamientos de productos hasta exposiciones, pasando por formatos de experiencia de marca y placemaking. Nuestro trabajo consiste en transformar la identidad de una marca en una experiencia capaz de involucrar al público y generar un impacto que va mucho más allá del momento del evento. Lo que me parece especialmente interesante es que, aunque hoy en día trabajo principalmente con marcas de lujo, aporto una experiencia adquirida también en el mundo de las grandes ceremonias. Al fin y al cabo, las competencias son muy similares: contar una historia, construir una narrativa, coordinar la creatividad y la producción, y transformar una idea en una experiencia memorable. Las áreas de trabajo fundamentales siguen siendo las mismas: desarrollo creativo y visual, escenografía, puesta en escena, dirección artística, junto con la parte productiva y organizativa. Naturalmente, existen códigos específicos y sensibilidades diferentes entre las ceremonias y los eventos de moda y lujo, tanto en el plano creativo como en el productivo y decorativo. Estas diferencias requieren competencias altamente especializadas y han llevado a la creación de un equipo internacional dedicado exclusivamente a este sector. En mi experiencia, uno de los aspectos más estimulantes es precisamente trabajar con equipos multidisciplinares: creativos, arquitectos, escenógrafos, productores, expertos en contenidos, intérpretes y profesionales de la comunicación colaboran desde el inicio del proyecto. Es esta fusión de competencias la que permite construir experiencias verdaderamente coherentes con la identidad de la marca. Cuando me mudé a París para seguir el desarrollo de Bespoke, comprobé de primera mano lo natural que resultaba estar allí: no solo porque es uno de los principales centros creativos internacionales, sino porque alberga muchas de las sedes centrales de los grandes grupos del sector del lujo. Estar sobre el terreno significa dialogar a diario con los clientes, comprender más de cerca sus necesidades y forjar relaciones a largo plazo.

Cuando se crea una experiencia para el sector del lujo, ¿cómo se traduce la identidad de una marca en una narrativa? ¿Cuáles son las herramientas y los procesos que guían este proceso?

Cada proyecto comienza mucho antes de la fase creativa. Empieza con la escucha y la investigación. Antes de imaginar un evento, intentamos comprender de verdad quién es esa marca, qué valores representa, qué historia quiere contar y, sobre todo, a quién se dirige en ese preciso momento. La primera fase es siempre el estudio de la marca, tanto desde el punto de vista histórico como en lo que respecta a su evolución reciente. La historia puede entenderse en un sentido amplio: desde la tradición más consolidada hasta las estrategias y las experiencias en directo de los últimos años. En mi experiencia, la parte más interesante es precisamente esta: cada casa de moda tiene un patrimonio cultural diferente y no existe un método idéntico para todas. Hay marcas para las que es fundamental trabajar con los archivos y la memoria histórica, mientras que otras requieren interpretar el presente o entablar un diálogo con las nuevas generaciones de clientes. Por poner un ejemplo concreto, Buccellati, una importante casa de alta joyería del grupo Richemont, ha sido protagonista de varios proyectos expositivos. En concreto, una exposición realizada en Venecia con motivo de un aniversario requirió una fase de investigación muy larga y estructurada. El proyecto supuso más de seis meses de estudio en profundidad de la marca, con acceso directo a los archivos y análisis de las piezas históricas. Solo tras esta fase fue posible desarrollar, junto con la dirección creativa, una propuesta visual y de contenidos coherente, hasta llegar al diseño y la producciónde la exposición. Diferente es el caso de las experiencias dedicadas a comunidades específicas, como VIC o los creadores. En estos proyectos, el punto de partida es comprender cómo la marca dialoga hoy en día con su público y qué lenguajes pueden hacerla relevante sin traicionar su identidad. En estos casos, el trabajo se centra principalmente en el análisis reciente de las actividades de la marca y de sus formas de comunicación, con el objetivo de desarrollar propuestas coherentes con los valores de la casa, pero a la vez innovadoras. El objetivo es siempre el mismo: crear una experiencia que sea auténtica. Si un evento es espectacular pero no parece pertenecer a esa marca, el público lo percibe de inmediato. Para nosotros, la creatividad no consiste en inventar algo sorprendente a toda costa, sino en encontrar la forma más adecuada de contar esa identidad.

Buccellati Venecia - El príncipe de los orfebres (2024)
Buccellati Venecia - El príncipe de los orfebres (2024)
Buccellati Venecia - El príncipe de los orfebres (2024)
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Bvlgari - Polychrome (2025)
Bvlgari - Polychrome (2025)
Dolce & Gabbana - Alta Costura (2025)
Dolce & Gabbana - Alta Costura (2025)
Dolce & Gabbana - Alta Costura (2025)
Dolce & Gabbana - Alta Costura (2025)

Muchos delos proyectos en los que trabaja Balich Wonder Studio se desarrollan en contextos caracterizados por una fuerte identidad histórica y cultural, como es el caso del Festino de Santa Rosalía en Palermo con motivo de su 400.º aniversario, o de producciones realizadas en ciudades como Venecia, en Apulia, en el lago Maggiore o en Taormina, a menudo vinculadas al mundo de la moda y el lujo. ¿Cómo se define el equilibrio entre la creación de una experiencia espectacular, el respeto por el contexto y la puesta en valor del significado original de los lugares implicados?

Creo que el punto de partida es reconocer que Italia posee un patrimonio cultural único en el mundo. Es precisamente esta extraordinaria riqueza la que la convierte hoy en día en uno de los destinos más atractivos para los eventos internacionales del lujo y la moda. Cuando una marca elige una ciudad como Venecia, Taormina o Agrigento, no se limita a elegir una ubicación: está estableciendo una relación con una historia, con una identidad y con una comunidad. Por eso, cada proyecto debe partir del respeto al lugar, no de la voluntad de transformarlo. La idea es poner en valor los espacios, nunca dominarlos. Cada intervención debe estar guiada por la competencia, la responsabilidad y el respeto absoluto por el contexto. Según mi experiencia, cuando se alcanza este equilibrio, el resultado es positivo para todos: la marca construye una historia auténtica, el territorio obtiene visibilidad internacional y el patrimonio cultural puede beneficiarse de nuevos recursos y nuevas oportunidades de puesta en valor. Al vivir actualmente entre Italia y Francia, a menudo observo enfoques diferentes. En Francia existe una tradición muy consolidada de colaboración entre instituciones culturales y entidades privadas. Creo que también en Italia hay aún un gran potencial por desarrollar en esta dirección. Los recursos públicos, por sí solos, difícilmente pueden sostener un patrimonio tan vasto. Por eso creo que las marcas pueden ser interlocutores importantes, siempre que la relación se base en normas claras, competencia y respeto mutuo. El ejemplo de Dolce&Gabbana en el Valle de los Templos de Agrigento demuestra cómo este tipo de eventos pueden convertirse en oportunidades para la puesta en valor del territorio. Por este motivo, creo que las administraciones también tienen un papel fundamental: no solo autorizar los eventos, sino acompañarlos con conocimientos específicos, estableciendo un diálogo continuo con las marcas y con quienes diseñan estas experiencias. La verdadera pregunta, sin embargo, es siempre la misma: ¿qué queda cuando el evento termina? Si solo deja imágenes espectaculares, probablemente hayamos perdido una oportunidad. Si, por el contrario, contribuye a reforzar el valor cultural y el conocimiento de un lugar, entonces esa intervención sigue generando efectos mucho más allá de su duración.

En los últimos años se habla a menudo de «placemaking» (un enfoque compartido para el diseño de los espacios públicos) y de experiencias capaces de dar forma a los espacios. Desde vuestro punto de vista, ¿cuándo una intervención temporal consigue realmente generar un valor duradero para una comunidad y cuándo, por el contrario, corre el riesgo de quedarse en la mera dimensión del evento?

Creo que un evento no tiene por qué dejar necesariamente una huella física para tener un impacto duradero. Puede ser efímero en su forma, pero generar valor con el tiempo si crea relaciones, produce conocimiento o contribuye de manera concreta a la puesta en valor de un lugar. Por supuesto, también existe un beneficio económico inmediato: los recursos generados por un evento pueden contribuir al mantenimiento y la protección del patrimonio. Pero creo que hoy en día esto, por sí solo, ya no es suficiente. A largo plazo, existen formas más estructuradas de colaboración entre marcas y territorios. La verdadera evolución se produce cuando una marca decide construir una relación continuada con un lugar, convirtiéndose en parte activa del mismo y asumiendo un papel casi mecenático. Un ejemplo relevante es el de Bulgari en Roma, que representa una relación estable con la ciudad y su tejido cultural. También pienso en iniciativas como «Bottega for Bottegas» de Bottega Veneta o en la «Oasi Zegna»: proyectos muy diferentes entre sí, pero que comparten la voluntad de invertir a largo plazo en un territorio, en sus competencias y en su patrimonio cultural. Creo que también las administraciones pueden asumir un papel más proactivo, desarrollando competencias dedicadas al diálogo con las marcas e imaginando colaboraciones que no se agoten en la organización de un único evento. Al vivir en París, veo a menudo este enfoque: muchas casas de moda apoyan a instituciones culturales, artistas y programas a largo plazo sin convertir necesariamente cada intervención en una operación de comunicación. Es un modelo interesante, porque pone en primer plano el valor de la relación más que el de la visibilidad inmediata. En los últimos años también ha cambiado la forma en que la gente ve a las marcas. Ya no buscan solo productos o experiencias espectaculares: quieren entender qué aportación hace una marca a la sociedad, a la cultura y a los territorios con los que decide dialogar. Por eso creo que las marcas tienen hoy una nueva responsabilidad. No solo comunicar a través de la cultura, sino contribuir de forma concreta a su crecimiento. Cuando esto ocurre, el valor generado perdura incluso mucho tiempo después de que el evento haya terminado.

En vuestro trabajo, ¿qué importancia tiene la investigación histórica y, por el contrario, qué importancia tiene la construcción de una narrativa emocional dirigida al público contemporáneo?

Para mí, la investigación y la narración no son dos momentos separados: una buena narración siempre surge de una investigación rigurosa. Esto es válido para las marcas exactamente igual que lo es para las grandes ceremonias. A menudo me gusta hacer una comparación con las naciones. En las grandes ceremonias tenemos la tarea de contar, en pocos minutos, la identidad de un país: su historia, sus símbolos, sus valores, lo que lo hace reconocible a los ojos del mundo. Con las marcas ocurre algo muy similar. De hecho, cuando se organiza una ceremonia olímpica, se tiene la tarea de condensar en pocos minutos la identidad, los valores y los elementos distintivos de una nación, mostrándolos a un público global. He aprendido que este trabajo se vuelve aún más interesante cuando uno se enfrenta a culturas diferentes a la propia. En esos casos hay que dejar de lado cualquier prejuicio y escuchar mucho. La experiencia de Brasil es un ejemplo revelador: Marco Balich vivió en el país junto con el equipo creativo para comprender a fondo su cultura, su historia y sus símbolos, logrando luego sintetizarlos en un espectáculo de duración limitada. Es un enfoque que encuentro cada día también en mi trabajo con las casas de lujo. Hoy en día, las grandes marcas son casi como naciones: tienen un lenguaje reconocible, una historia, unos valores, una comunidad e incluso una geografía cultural. Para contarlas, primero hay que comprenderlas en profundidad. Por eso, la investigación es fundamental. Hay que adentrarse en su universo, comprender sus códigos y sus significados más profundos. La investigación, sin embargo, no sirve para construir una historia nostálgica. Sirve para entender qué elementos de la identidad de la marca siguen vivos y cómo pueden traducirse a un lenguaje contemporáneo. La creatividad sirve precisamente para eso: desarrollar ideas y experiencias en vivo capaces de conectar con los distintos públicos objetivo. En los últimos diez años, la experiencia de marca se ha convertido en una palanca estratégica. Hoy en día, un evento ya no se concibe solo para quienes están presentes, sino también para todos aquellos que lo vivirán a través de imágenes, vídeos y contenidos digitales. Esto cambia profundamente nuestra forma de diseñar. En consecuencia, nuestro papel ya no es solo creativo o productivo. Se ha vuelto cada vez más estratégico, porque cada propuesta tiene implicaciones directas en todo el ecosistema comunicativo que se desarrollará en torno al evento. También por eso, cuando formamos el equipo de París, decidimos combinar a profesionales con mucha experiencia con creativos muy jóvenes. Creo firmemente en el diálogo entre generaciones: es una de las mejores formas de evitar la autorreferencialidad y seguir interpretando el presente. Cuando una marca global como Cartier se comunica, debe saber con precisión a quién se dirige. Este es, en el fondo, el reto de nuestro trabajo: respetar la historia de una marca sin convertirla en un ejercicio de nostalgia, sino hacerla relevante para el público de hoy y de mañana.

Copa Mundial de Fútbol de la FIFA 2026 - Toronto (2026)
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Copa Mundial de Fútbol de la FIFA 2026 - Ciudad de México (2026)
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En el debate público también surge una cuestión delicada: el uso de espacios y bienes que pertenecen a la colectividad para eventos privados o destinados a un público selecto. Desde el punto de vista de quien diseña estas experiencias, ¿qué límites considera conveniente imponerse?

Es una pregunta legítima y creo que es importante abordarla sin oponer el interés público al privado. La verdadera cuestión no es si un evento es privado, sino cómo se diseña, qué beneficios genera y qué relación establece con el lugar que lo acoge. En primer lugar, cada proyecto debe ser analizado y aprobado por los organismos competentes. Las superintendencias y las comisiones evalúan los montajes, verifican la compatibilidad de las intervenciones y controlan al detalle lo que se va a llevar a cabo. Este sistema de autorizaciones es fundamental porque garantiza que se proteja el patrimonio y que cada intervención respete las restricciones del contexto. Por supuesto, también está la cuestión del impacto en el disfrute de los lugares por parte de los ciudadanos y los turistas. En este sentido, creo que es necesario encontrar un equilibrio. Los eventos no deben comprometer la vida de la ciudad ni limitar de manera significativa la accesibilidad a los espacios públicos. Al mismo tiempo, sin embargo, debemos ser conscientes de que conservar un patrimonio cultural tan vasto requiere recursos económicos muy importantes. Si se regulan adecuadamente, los eventos pueden contribuir de forma concreta a sostener esta actividad. Al estar muy vinculada a Venecia, es un tema que me toca especialmente. Es una ciudad extraordinaria, pero extremadamente frágil, que requiere inversiones continuas para su conservación.

¿Existe el riesgo de que el poder comunicativo de una marca acabe prevaleciendo sobre el lugar que la acoge, convirtiendo el patrimonio histórico y artístico en un mero decorado? ¿Cómo se evita que esto suceda?

El riesgo existe y es justo reconocerlo. Por eso creo que una marca nunca debe utilizar un lugar como un mero telón de fondo escenográfico. Cuando un proyecto se construye con sensibilidad, el patrimonio cultural no sirve de telón de fondo al evento: se convierte en parte integrante del mismo, contribuyendo a definir su significado. Por supuesto, existen instrumentos de control fundamentales, como la labor de las autoridades de conservación y las administraciones, que garantizan el respeto por los lugares. Pero, más allá de los aspectos relacionados con las autorizaciones, creo que lo que realmente marca la diferencia es el enfoque cultural con el que se concibe un proyecto. Si echamos la vista atrás a la historia del arte, el diálogo entre la creatividad y el mecenas siempre ha existido. Hoy en día, las marcas pueden recoger este legado, pero con una nueva responsabilidad: no limitarse a financiar la cultura, sino contribuir al crecimiento de un ecosistema cultural. De esta reflexión surgió también «Bespoke Encounters», un proyecto que hemos puesto en marcha en París. Cuando me mudé allí, me di cuenta de que, a pesar de trabajar a diario con creativos y artistas, aún conocíamos muy poco la escena artística local. Junto con nuestro equipo y una joven comisaria parisina, decidimos crear un espacio de encuentro e intercambio entre artistas, diseñadores, comisarios, clientes y profesionales de nuestro sector. El objetivo era generar conversaciones auténticas. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que existía una necesidad real por ambas partes: las marcas buscan cada vez más nuevos lenguajes e interlocutores capaces de ofrecer perspectivas diferentes, mientras que muchos artistas buscan oportunidades concretas de diálogo con entidades que puedan apoyar su investigación sin desnaturalizarla. Ha sido sorprendente observar el gran interés que suscitaba este tipo de intercambio. Por un lado, las marcas desean salir de los circuitos más previsibles y conocer nuevos talentos; por otro, los artistas ven la posibilidad de forjar colaboraciones basadas en el respeto mutuo y en una visión compartida. Cuando esto ocurre, el resultado es mucho más enriquecedor. Pienso, por ejemplo, en la colaboración con Wayne McGregor para un proyecto de Bulgari en el Teatro Antiguo de Taormina. No se trataba simplemente de contar con un nombre prestigioso, sino de confiar la dirección coreográfica a un artista con una visión capaz de dialogar con el lugar, con la marca y con la narrativa del evento. Es este tipo de encuentro el que hace que un proyecto sea realmente importante. Creo que el futuro pasa cada vez más por relaciones de este tipo. Las marcas tienen la oportunidad de apoyar a artistas, instituciones y proyectos culturales de forma continuada, mientras que el mundo de la cultura puede ofrecer a las marcas nuevos lenguajes, nuevas sensibilidades y nuevos puntos de vista. Al fin y al cabo, la pregunta no es si las marcas deben dialogar con la cultura, sino cómo pueden hacerlo. En mi opinión, las colaboraciones más interesantes serán aquellas capaces de generar valor para ambas partes y de dejar algo que perdure incluso tras la conclusión del evento.

La relación entre el patrimonio cultural y la inversión privada suele estar en el centro del debate público. Hay quien teme que la creciente presencia de las marcas en los espacios culturales pueda alterar el carácter público y compartido de dichos espacios. ¿Comprendes esta preocupación? ¿Y cómo responderías a quienes temen que el beneficio de imagen para las marcas acabe siendo desproporcionado en comparación con el beneficio público?

Comprendo esta preocupación y creo que es legítima. Cuando se habla de patrimonio cultural, es normal cuestionarse el equilibrio entre el interés público y la inversión privada. Sin embargo, más que contraponer estos dos mundos, creo que es importante crear herramientas que les permitan dialogar de forma transparente y competente. En mi opinión, las administraciones públicas deberían invertir cada vez más en competencias específicas. Hoy en día, gestionar la relación con las grandes marcas requiere profesionales que conozcan el patrimonio cultural, pero también las dinámicas de la comunicación, los negocios y la programación cultural. La calidad de estas colaboraciones depende en gran medida de la preparación de quienes las gestionan. A menudo se tiende a imaginar que el mundo del arte es, por definición, más virtuoso que el de las marcas. Según mi experiencia, no siempre es así. Recuerdo una conversación con una joven artista de gran talento que realiza instalaciones de gran tamaño utilizando materiales costosos. Le pregunté cómo conseguía financiar su trabajo y cubrir todos los gastos necesarios. Su respuesta me llamó la atención porque me hizo comprender lo difícil que sigue siendo, hoy en día, construir una carrera artística sostenible. Los elevados costes de producción, el acceso limitado a las galerías y la dificultad para encontrar interlocutores dispuestos a invertir en investigación son cuestiones muy concretas. Por eso creo que las marcas pueden constituir un recurso importante, siempre que la relación se construya sobre la base de normas claras y objetivos compartidos. Es precisamente aquí donde las instituciones pueden marcar la diferencia: creando estructuras y competencias dedicadas a facilitar este diálogo y a garantizar que el beneficio generado se comparta realmente. Un caso interesante es el del Fuorisalone de Milán. Recuerdo los primeros años como una época de gran experimentación, en la que los jóvenes diseñadores podían presentar su trabajo y relacionarse directamente con las empresas y el público. Hoy en día se ha convertido en una cita internacional extraordinaria. Precisamente por eso creo que es importante preservar su espíritu original, evitando que el poder económico de las grandes marcas acabe reduciendo el espacio dedicado a la experimentación y a los talentos emergentes. Se trata de un equilibrio delicado, que requiere una atención constante. He reflexionado a menudo sobre estos temas, incluso intercambiando opiniones con Vincenzo De Bellis, comisario de Art Basel. La pregunta, en el fondo, es siempre la misma: ¿cómo pueden los grandes eventos culturales crecer, atraer inversiones y volverse cada vez más internacionales sin perder su identidad? Creo que este es uno de los grandes retos de los próximos años. No se trata de elegir entre cultura y empresa, sino de construir modelos en los que ambas contribuyan a generar valor. Cuando el proyecto cultural sigue siendo el centro, incluso las inversiones privadas pueden convertirse en una herramienta de crecimiento. Es ese equilibrio, más que la oposición, lo que debemos seguir buscando.

Fiesta de Santa Rosalía, Palermo (2024)
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Desde su punto de vista, ¿cómo imagina la relación futura entre la industria del lujo, el mundo del espectáculo y el patrimonio cultural? ¿Cree que será necesario definir nuevas normas y criterios para conciliar la valorización económica, la accesibilidad y el interés común?

Creo que la relación entre la industria del lujo, el mundo del espectáculo y el patrimonio cultural está destinada a estrecharse aún más. No porque sea algo nuevo, sino porque hoy en día la cultura y la creatividad se han convertido en parte integrante de la identidad de las grandes marcas. La moda siempre ha sido una forma de creatividad y, en ciertos aspectos, una forma de arte aplicada a lo contemporáneo. Por supuesto, existe una dimensión comercial muy marcada, ya que el producto final se vende y muchas grandes marcas son hoy en día empresas que cotizan en bolsa, sujetas a las mismas lógicas de crecimiento y a las mismas presiones financieras que caracterizan a las grandes empresas internacionales. Por eso me parece natural que sigan colaborando con artistas, intérpretes, directores, músicos e instituciones culturales. Es un diálogo que forma parte de su historia y que, en mi opinión, seguirá fortaleciéndose. Sin embargo, cuando se habla de nuevas normas, hay que distinguir entre distintos niveles. No creo que el principal reto sea introducir nuevas normas formales, sino desarrollar una mayor concienciación por parte de todos los actores implicados. En este caso, el control proviene de la opinión pública. En comparación con el pasado, las redes sociales han modificado profundamente la relación entre las marcas y su público. Las colaboraciones percibidas como oportunistas, las acciones consideradas poco respetuosas con los artistas o las decisiones que se consideran incoherentes con los valores declarados de la marca pueden generar reacciones inmediatas y de gran alcance. Esto hace que las marcas sean mucho más responsables que en el pasado: la autenticidad, la coherencia y el respeto por el contexto son condiciones esenciales para construir relaciones creíbles con el público. Desde este punto de vista, algunos mercados asiáticos constituyen un campo de pruebas para las marcas de lujo. Son mercados extremadamente atentos, sofisticados y sensibles a cuestiones relacionadas con la autenticidad, la calidad de las colaboraciones culturales y la coherencia entre los valores declarados y los comportamientos reales. Trabajar en estos contextos significa anticiparse a sensibilidades que, con toda probabilidad, cobrarán cada vez más importancia también en Europa. Cuando, por el contrario, el diálogo gira en torno al patrimonio público y las instituciones culturales, el tema vuelve a ser el que hemos abordado anteriormente: se necesitan normas claras, competencias adecuadas y una capacidad de mediación que permita construir colaboraciones virtuosas sin perder de vista el interés común y la protección del patrimonio cultural. Si tuviera que imaginar el futuro, me gustaría ver cada vez más proyectos capaces de dejar un legado concreto: no eventos de gran repercusión, sino colaboraciones que contribuyan al crecimiento de los territorios, de las instituciones culturales y de las comunidades creativas. Esta es, en mi opinión, la dirección más interesante hacia la que puede evolucionar nuestro sector.



Noemi Capoccia

El autor de este artículo: Noemi Capoccia

Originaria di Lecce, classe 1995, ha conseguito la laurea presso l'Accademia di Belle Arti di Carrara nel 2021. Le sue passioni sono l'arte antica e l'archeologia. Dal 2024 lavora in Finestre sull'Arte.


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