Sofía Bersanelli (Milán, 1993), a través de su práctica artística, examina la naturaleza de la imagen y el poder del lenguaje que la sustenta. En esta entrevista con Gabriele Landi, repasa los orígenes de su sensibilidad artística, nacida de una mirada precoz hacia la belleza y el misterio del mundo. En la entrevista explica cómo la poesía, el dibujo, la fotografía y el vídeo son lenguajes complementarios con los que indagar en lo que escapa a lo visible. El cuerpo, lo sagrado cotidiano y las experiencias de desorientación se convierten en pasos fundamentales de su búsqueda creativa. En el centro de su obra se encuentra la atención a los pequeños acontecimientos y a las epifanías ocultas en la realidad cotidiana. Un diálogo que devuelve una poética de lo invisible, en la que el arte y la vida se entrelazan en la búsqueda de un sentido profundo.
La reflexión sobre la relación entre el texto escrito y el visual lleva a la artista a construir e interpolar tiempos y espacios, evocando a menudo una atmósfera surrealista y orgánica: su trayectoria es una concatenación de expresiones en las que la artista se dedica a un avance continuo de su propia investigación a través de diversos medios (desde la pintura hasta la fotografía, desde el vídeo hasta la escritura, con especial atención al tapiz sonoro que genera la imagen). Sus intereses abarcan temas como el inconsciente, la memoria colectiva, la relación que la persona teje con su cotidianidad, la materia originaria de la imagen y de la palabra poética. La necesidad de decir, mostrar y, finalmente, escuchar la génesis de la visión alimenta su investigación actual.
Bersanelli obtuvo en 2020 el Diploma de Máster en Pintura en la Academia de Bellas Artes de Brera y ha expuesto sus obras en más de 30 exposiciones colectivas y festivales internacionales, entre ellos el proyecto «Codice Italia Academy» (2015), promovido por la Bienal de Venecia. Ganó el Premio Equita (2019) y participó en el proyecto «Impronte», una residencia en el Museo Lercaro de Bolonia, comisariada por Claudio Musso, Laura Rositani, Francesca Passerini y Andrea Dall’Asta. Fue finalista de la Arteamcup (2020-2021), del Premio Novicelli (2021) y del Combat Art Prize (2023). En 2025 fue invitada a exponer sus últimas obras fotográficas en Casa Testori durante la Milano Art Week, en la exposición a dos voces DENTRO/OLTRE OLTRE/DENTRO junto a Giuseppe Frangi. En 2026 fue seleccionada para el Premio San Fedele «Il volto della violenza», en la galería San Fedele de Milán.
A menudo, los primeros indicios de cierta inclinación por el arte se manifiestan ya desde la primera infancia. ¿Te pasó lo mismo a ti? Cuéntanoslo...
Desde pequeña he estado inmersa en la belleza. El mundo que me rodeaba establecía conmigo una amistad, un vínculo profundo. Las casas, la naturaleza, los animales transmitían el ardor y el misterio de algo que solo en parte era aprehensible, comprensible. Para mí era la época de una sensibilidad recién nacida que no me libraba de una sensación de tragicidad: el choque-encuentro con el exterior era para mí un juego que entrañaba un peligro, una advertencia… lo bello tiene su propia violencia, casi traumática. Y así, el asombro iba de la mano del miedo… mi percepción de los pequeños objetos cotidianos (mis juguetes, por ejemplo) me cautivaba con su despreocupación y, al mismo tiempo, tenía el poder de hacerme asomarme al abismo del silencio. Yo no lo entendía. Contemplaba ese espectáculo angustioso: me lo tragaba, me lo guardaba en el bolsillo. Al mismo tiempo, de vez en cuando me encontraba en casa de mis abuelos paternos. Entre otras muchas cosas, mi abuelo tenía una amplia colección de sellos y la serie del Corriere della Sera «Los maestros del color». Así que, cuando volvía a casa del colegio y estaba a su cargo, me divertía copiando a lápiz o con lápices de colores las obras maestras de la historia del arte. Me producía cierta alegría dibujar e intentar hacerlo bien… Con el tiempo, esas dos líneas de experiencias, que al principio viví por separado, han formado ese mundo interior que respiro y nutro día a día. Solo entonces comprendí que el trazo (ya fuera poesía o dibujo) era mi arma para llevar sobre mis hombros el peso de una vida de la que no salía indemne, para conducir el acicate de lo dramático —entre lo que se muestra y lo que permanece desconocido— hacia una relación más evidente. De este modo, también para mí la herida tiene su papel: a mí me afecta su silencio, su susurro agobiante...
¿Qué importancia tiene en todo esto la idea de misterio?
El misterio es lo que mastico cada día: es una voz que yace en el fondo y que, milagrosamente, a ratos, sale a la superficie. Es un poco como detenerse en el espectro sonoro de una palabra, prestando atención a la inclinación del tono, a cierta caída en picado que lleva consigo una semilla muda: lo inaudible. Un ramo de flores al atardecer, el rastro de un caracol, el ruido de los coches en la calle. Son los pequeños acontecimientos los que me devuelven (no sin cierto vigor) a un triunfo, a una epifanía. Esta, aunque tiene la envergadura del universo, está tan cerca, es tan doméstica, que puede acurrucarse bien apretada entre mis dedos.
¿Y el cuerpo?
Eh… el cuerpo es otro asunto intrigante… Desde que era pequeña, me fascinan las superficies: me divertía rascando el yeso de la puerta de mi habitación (para alegría de mi madre). Detrás había un cristal rugoso, de los años ochenta, por así decirlo. Por la noche me divertía observando las siluetas de mi pequeña obra retroiluminadas por la luz del pasillo. O me divertía, como todos los niños, garabateando con los dedos en las páginas de viejos folios, a menudo de gran formato. Seguramente aún las tengo por algún lado, o quizá las haya perdido para siempre... Pero debo decir que las texturas, en particular, tenían un efecto tranquilizador en mí: me perdía, para luego volver a encontrarme en sus minuciosos dibujos, yo dormida con las mejillas esculpidas por sus fantasiosos relieves. Más adelante en la vida viví un desorientación, una ausencia de cuerpo, de puntos de referencia, un ayuno personal frente a la llamada de la realidad. Me explico mejor: tras la secundaria desarrollé cierta incertidumbre, una desorientación de los horizontes carnales que me llevó a grandes y repetidas crisis personales. Todo ese mundo interior que te he descrito al principio se me echó encima sin previo aviso. Era como si estuviera ciega ante mis propios pasos: movía las manos a tientas, como un feto en el útero que aún no abre los ojos, a pesar de saber que siempre ha estado contenido en el seno de la madre. «No se puede caer del mundo», me dijo un día una persona querida para mí. Pero esas frases, como fuegos, no bastaban para iluminar mi noche. Esos momentos cerrados, angustiosos, se abrieron de nuevo gracias a la incisividad de un trazo: la carnalidad de una sanguina que la luz de la bombilla hacía ir de un color a otro, el ruido de la línea sobre el papel, y luego… El bodegón, las mandarinas en un cuenco, el naranja de sus magulladuras… y además, mi padre, su explicación científica sobre el color de las cosas… todo esto fue el cuerpo de un nuevo comienzo, de mi toma de conciencia… yo, con la antorcha en alto en mi habitación a oscuras, recuperé el ardor de la respiración, antes agitada por el pánico, ahora marcada por el ritmo de un corazón alegre. Son estas experiencias las que han puesto de relieve el vínculo, la relación entre lo inefable y su envoltura, las que me han hecho capaz de contemplar lo que a veces se opone, una vez más (nunca para siempre), unido.
¿Cómo abordas los conceptos de tiempo y espacio?
A menudo trabajo con la poesía. En un primer momento, construyo imágenes en un espacio (que es, en realidad, el del verso) que se desarrolla en la métrica de la composición. En un segundo momento, rompo esa cadena de imágenes con palabras-proyectil, valiéndome también de la puntuación y los saltos de línea. Busco incansablemente el ritmo secreto de las cosas. Este ritmo descendente suele estar compuesto por el espacio y el tiempo de las palabras que, al resonar, crean silencios y pausas, respiros sobre los que se posa la voz. Se trata de una compenetración, de una fecundación de palabras-instante e imágenes-matriz capaces de contenerse y contenerse mutuamente. Creo que lo que más me interesa de estos dos aspectos que mencionas es su unión, su cercanía original. Durante mis estudios en la academia me acerqué a la música espectral. Se trata de una corriente de música culta que se desarrolló a caballo entre los años setenta y ochenta. Los espectralistas basaban su lenguaje en el análisis de los fenómenos corporales del sonido, en su espectro, por así decirlo. Las estructuras de las piezas se presentaban de forma dilatada, ralentizada o extremadamente comprimida, como el tiempo del aleteo de un insecto. Así empecé a componer y a concebir el audio de mis vídeos, examinando un único timbre (ese breve lapso de tiempo capturado por mi grabadora) para luego esculpir, en el vertiginoso espacio vertical de su espectro, un atisbo de melodía. Estoy convencida de que en un sonido ya está todo: en esa semilla singular se encierra el destino del canto en el que se convertirá. Creo que el espacio y el tiempo son inseparables si se toman desde su origen. Un poco como en el universo primigenio captado en las fracciones de segundo tras la increíble explosión. Magma, densidad, concentración, singularidad. Fueron solo las contracciones, los dolores de parto de ese vientre (contenido, contenedor) los que hicieron que los elementos se expandieran dividiéndose, tomando su propio rumbo. El espacio y el tiempo son «ideas» nacidas del mismo sustrato, y mis ojos los perciben juntos, en el punto visceral de su origen. Solo después se las vuelve a encontrar separadas en hilos de distintos colores. Mi intención es volver a observarlas/reproducirlas (con duraciones y pausas) con el fin de catapultarlas hacia su vínculo ancestral de criaturas hermanas.
¿Te interesa la dimensión de lo sagrado?
Sí, si alcanza cierta cercanía. Para mí es sagrada una mandarina, una taza astillada, el ruido de las golondrinas por la mañana. Es su dimensión doméstica lo que me interesa: la gracia de una mano, la pose de una estatua... es el encuentro con una noche lejana que nace de la humedad corporal de mi ojo mal cerrado o el residuo de la vista que resiste bajo la fría moneda del difunto. Son estos pequeños incidentes los que evocan en mí los pensamientos más elevados.
¿Te interesa la dimensión narrativa, entendida no como un relato, sino más bien como una forma de arrojar luz sobre situaciones concretas con las que te encuentras en tu deambular?
Me interesa todo lo que queda oculto. Los acontecimientos insignificantes, como el ligero movimiento de las hojas al viento, el silencioso recorrido del sol por el cielo, las ondas de una piedra que cae al agua… son la voz de presencias que, en nuestro día a día (cada vez más tecnológico y organizado), tendemos a no escuchar, a no mirar. Solo los ojos oblicuos del artista, del poeta, quedan deslumbrados por el esfuerzo y la nostalgia de este presente invisible. Estos incidentes de poca importancia me convocan a la fiesta de otro mundo, de otra imagen que me rodea y me acuna en esta espléndida visión. La tarea de la sensibilidad es decir, mostrar (y hacerlo bien…) ese eco lento y chorreante de la creación que cada vez olvidamos más, escondiéndolo en un cajón. Hay algo crepuscular, de trágico, en percibir una belleza que es a la vez cercana y lejana. Es difícil describir una epifanía sin una pizca de melancolía. Es una ladera, una cresta vertiginosa, marcada por un camino de indicios luminosos, como luciérnagas, como migajas de voz dejadas por un pasado, por una historia irrepetibles. Llegados a este punto, se me plantea una cuestión de forma. ¿Qué y, sobre todo, cómo puede comportarse mi mirada doble, desparejada, oblicua? ¿Cómo describiré este andar entrecortado sobre el lomo del mundo? Creo que debo confiar más en lo fundamental de mi visión: si un día veo el paso de una escama iluminada en el agua, tendré que saber que estoy contenida en un inmenso depósito (el mar) que esa misteriosa presencia animal me revela. Hay correlaciones entre las cosas que se invocan mutuamente y que deseo interpretar como pertenecientes al mundo dentro del mundo. En resumen, me sorprenden los aspectos liminales de una realidad que me lleva dentro de su piel, la cual no es más que un inmenso útero en el que todo (yo, las cosas) está contenido. Porque «no se puede caer del mundo». Creo que aquí es donde entra en juego la grandeza de toda sensibilidad. «Tropezar con la línea más allá del mar / Y conocer, desde allí, / el sol» (de Fuochi dall’inconscio, colección de poemas 2024-2025).
¿Qué afinidades y qué divergencias hay entre la poesía, el dibujo y la Polaroid?
Bajo la piel, sobre la cresta de la superficie de un fondo marino, se mueve mi poética. El dibujo, la fotografía, el vídeo y la palabra no son más que los versos recién nacidos de una criatura más abismal, de algo que sustenta los rasgos de lo que permanece oculto. Como decía antes, estamos contenidos en un útero en el que la vida toma forma. Las materias de la imagen y de la voz se articulan como si fuera la primera vez, en la búsqueda de lo que es inasible, inalcanzable. «¡Nunca me tendréis! / Dice la poesía a sus versos» (Notas, 2019). El gesto de apertura, el desgarro en las polaroids, es un intento de adentrarme en lo visible para rastrear lo invisible. Con la materia de la pintura intervengo directamente con las manos, tanteando el papel (como una ciega) para esbozar la forma que ya había trazado. Con la poesía… Entro en un mundo misterioso de sentimientos a la vez duros y blandos: lo sigo, lo describo, adormeciéndome en las palabras. Es un poco como abandonarse al poder de las cosas, sentirse abrumado por su presencia, por su luz original, propia, que se abalanza sobre los párpados cerrados, imprimiéndoles asombro. Lo que une estos lenguajes, estas expresiones diferentes, es la línea amplia de una mirada que, como desde un suelo arenoso y submarino, observa el mundo del que forma parte. He aquí que mis ojos se han precipitado, como piedras mudas, desprendidas sobre las ruinas de un mundo nuevo: desde allí lo cantan, lo recitan, recuperando sus rasgos inéditos.
El autor de este artículo: Gabriele Landi
Gabriele Landi (Schaerbeek, Belgio, 1971), è un artista che lavora da tempo su una raffinata ricerca che indaga le forme dell'astrazione geometrica, sempre però con richiami alla realtà che lo circonda. Si occupa inoltre di didattica dell'arte moderna e contemporanea. Ha creato un format, Parola d'Artista, attraverso il quale approfondisce, con interviste e focus, il lavoro di suoi colleghi artisti e di critici. Diplomato all'Accademia di Belle Arti di Milano, vive e lavora in provincia di La Spezia.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.