El Palazzo Barberini acogió anoche, jueves 12 de marzo a partir de las 19.00 horas, la presentación de la colección Otoño Invierno 26/27 de la Maison Valentino, Interferenze. La colección fue desvelada por el director creativo Alessandro Michele, que acompañó el desfile con una larga nota, en la que el término interferencia aparece varias veces, para subrayar cómo la elección del nombre de la colección está ligada precisamente a la estructura del Palazzo. Además, señaló que el Palazzo Barberini no era un “simple telón de fondo” para el desfile, sino más bien un “dispositivo de reactivación crítica”, que “no se limita a alojar los cuerpos, sino que los orienta y los expone, obligándolos a medirse con una historia hecha de jerarquía y torsión, ejes y curvas”.
“El Palacio Barberini”, afirma Michele, "no es una arquitectura pacificada, sino un campo de conflicto en el que concurren varios dispositivos para cuestionar la pretensión de estabilidad de la forma. El edificio no busca una síntesis entre orden y movimiento: expone su coexistencia forzada, su fricción permanente, las interferencias generadas en su superposición. En este sentido, el edificio puede leerse, en clave nietzscheana, como el lugar de una tensión no resuelta entre un principio apolíneo marcado por la medida, la claridad y la jerarquía, y un impulso dionisíaco de embriaguez, deslizamiento y pérdida de límites. En una primera lectura, la disposición del edificio parece sólida, regular, regida por una claridad de distribución simétrica y legible. [...] Sin embargo, en el interior, esta regularidad está atravesada por fuerzas centrífugas que socavan su compacidad. En el gran vestíbulo, el fresco del Triunfo de la Divina Providencia de Pietro da Cortona rompe ese rigor geométrico. El techo se disuelve, se abre, se desmaterializa. Los cielos perturban la arquitectura; la naturaleza desquicia la ortogonalidad subyacente; la luz y el viento penetran en el espacio disciplinado. Por encima de la regularidad del trazado, se despliega un movimiento atmosférico, ascendente y arremolinado. Se genera así una fricción estructural: por un lado, la estabilidad arquitectónica, heredera de un pensamiento jerárquico; por otro, la ilusión pictórica que rompe los límites y transforma el techo en un acontecimiento".
Michele observa a continuación que “esta misma dialéctica entre fuerzas opuestas es particularmente legible en la comparación entre Gian Lorenzo Bernini y Francesco Borromini, llamados a intervenir en el mismo edificio y portadores de dos concepciones del espacio radicalmente diferentes”. Si de hecho “la escalera de Bernini afirma una geometría legible, jerárquica, orientada. El cuerpo es guiado, el camino es claro, el ascenso coincide con la adhesión a un principio geométrico que se presenta como natural”, la escalera elíptica de Borromini “no acompaña al cuerpo sino que lo expone a una pérdida de orientación. La geometría se curva, la verticalidad se convierte en una experiencia inestable. El movimiento ya no es lineal, sino torsión, deslizamiento, adaptación continua”.
El edificio se revela así como un “campo de interferencias en el que cohabitan fuerzas opuestas sin anularse mutuamente. Es un espacio habitado por tensiones, por voluntades superpuestas, por visiones que se miden en la materia. La configuración que impulsa y la que se resquebraja pueden compartir el mismo perímetro, la misma ambición representativa. Es esta copresencia la que genera densidad. La linealidad que disciplina y la curva que desorienta no se excluyen mutuamente: juntas producen un espacio que no puede reducirse a una sola gramática”.
De ahí, según Alessandro Michele, el paralelismo con la moda que, como la arquitectura, “estabiliza y desestabiliza, orienta y descentraliza, afirma y socava. Hace visible una jerarquía, pero también puede subvertirla. La forma del vestido es el resultado de una negociación permanente entre estructura y movimiento, entre gravedad y levitación, entre control y apertura. Es en esta fricción donde el vestido adquiere densidad reflexiva: no pura adhesión a un código, sino un espacio dinámico en el que el poder -estético, simbólico, social- se manifiesta y al mismo tiempo se cuestiona. La construcción de un vestido, como la de un edificio, es siempre el resultado provisional de una negociación entre código e invención, entre memoria y mutación. Todo gesto creativo se mide con una tradición que le precede, y es precisamente en esta confrontación donde encuentra la posibilidad de un giro capaz de desafiar una estructura normativa preestablecida. No es la victoria de una polaridad sobre la otra lo que genera sentido, sino su copresencia: un equilibrio inestable que hace de la forma un campo de fuerzas en continuo funcionamiento, un sistema abierto de interferencias. En este sentido”, explica Michele, “el Palazzo Barberini es el contenedor ideal para un desfile de moda, porque hace visible la fricción constitutiva entre rigor y trasgresión que atraviesa tanto la arquitectura como el vestido”. La analogía no es de naturaleza estética, ni se basa en simples referencias formales. Procede más bien del reconocimiento de una estructura polar en la que lo apolíneo y lo dionisíaco no se oponen, sino que operan como principios simultáneos que animan ambos lenguajes desde dentro".
“En esta tensión que atraviesa tanto la piedra como el tejido”, concluye, “la muestra Interferenze hace visible la fricción entre código y desviación, ligereza y gravedad, regla y exceso, transparencia y opacidad, conformidad y transgresión. Lo que surge es una colección que celebra el orden y, al mismo tiempo, revela su vulnerabilidad estructural, exponiéndolo a la posibilidad de su propia superación”.
Al acto asistieron numerosos rostros famosos del cine, la moda y el espectáculo.
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| Interferenze, la colección FW26/27 de Valentino diseñada por Alessandro Michele, debuta en el Palazzo Barberini |
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