El domingo 8 de marzo, la Collezione Maramotti de Reggio Emilia inaugura Carne de cañón, una exposición individual de Giuditta Branconi, abierta hasta el 26 de julio. Para la artista, se trata de su primera exposición en un espacio institucional, una oportunidad para presentar un nuevo corpus de obras pictóricas flanqueadas por una gran instalación compuesta por lienzos pintados que el público podrá recorrer físicamente, adentrándose en el espacio de la propia obra.
El título, que puede traducirse como “carne de cañón”, hace referencia a los cuerpos prescindibles, a un material destinado a ser consumido por un sistema mayor. La expresión, tomada del léxico militar, se traslada a la esfera visual y simbólica. En este cambio semántico, las imágenes de Branconi asumen el papel de munición dirigida contra un presente descrito como violento y opresivo. Las superficies pictóricas se configuran como campos comprimidos y saturados, listos para detonar en una deflagración no sólo formal, sino también emocional y política. El exceso se convierte en una elección lingüística que rechaza la compostura y cuestiona la idea de equilibrio como valor normativo.
La pintura de la artista se caracteriza por una acentuada densidad visual. Las obras se desarrollan tanto en el anverso como en el reverso de las finas telas utilizadas como soporte, una solución que multiplica las posibilidades expresivas y amplía los niveles de interpretación. La imagen se extiende en un espacio ulterior, accesible a través del movimiento del cuerpo y de la mirada. La bidimensionalidad tradicional del lienzo se pone así en tensión, hasta rozar una dimensión ambiental. En los cuadros coexisten referencias iconográficas heterogéneas. Branconi combina elementos de la alta cultura y de la cultura popular, yuxtaponiendo extractos de literatura, cómics, periódicos, canciones y mensajería instantánea. El cuadro se transforma en un lugar abarrotado y oximorónico, un laberinto semiótico en el que coexisten imágenes, palabras y símbolos aparentemente incongruentes según una lógica asociativa cercana a la corriente de la conciencia. La coexistencia de diferentes registros produce un campo en el que los signos se superponen y se contaminan mutuamente.
La exuberancia compositiva corresponde a una investigación estilística realizada con precisión técnica. Cada grafema deriva de la apropiación y posterior recontextualización de códigos tomados de fuentes dispares. La artista se inspira en el arte asiático, los grabados victorianos, los libros infantiles, los arabescos, los cómics, los tatuajes y los manuales ilustrados. La heterogeneidad de las matrices visuales se reelabora en un sistema coherente, en el que la cita no se presenta como un mero préstamo, sino como una reorganización del significado. La libre acumulación iconográfica satura la mirada y anula cualquier distinción entre géneros, estilos y temas. Corazones, cadenas, escenas de caza, nubes, rostros, estrellas, números, letras, flores, pájaros, esqueletos, mariposas coexisten en una imaginería estratificada e híbrida. Las composiciones adquieren rasgos de grotescos contemporáneos, donde se funden los elementos ornamentales y narrativos. El conjunto evoca una Edad Media fantástica que dialoga con las reflexiones del historiador del arte Jurgis Baltrušaitis sobre la vitalidad del arte gótico medieval, entendido como un campo de fuerza capaz de regenerar formas y símbolos a través de continuas metamorfosis.
En Cannon Fodder, la artista acentúa la centralidad del texto. La palabra se convierte en una presencia omnipresente, declinada en una multiplicidad de lenguas, alfabetos y tipos de letra. Los escritos se entrelazan con las imágenes para formar un diario interior fragmentado, abierto a recorridos de lectura no lineales. El visitante puede perderse en la red de signos o intentar establecer conexiones entre fragmentos dispersos, en un proceso interpretativo que no prevé un único punto de llegada. La pieza central de la exposición es la instalación central, configurada como un atípico tríptico tridimensional. Ambas caras de los lienzos están expuestas a la vista, haciendo visible lo que normalmente permanece oculto. La obra se presenta como un dispositivo transitable, un punto de acceso a una visión que no contempla ni secretos ni espaldas. El lienzo absorbe tensiones y las devuelve en forma de impetuosidad visual, convirtiéndolas en energía pictórica. La experiencia corporal del público, llamado a entrar físicamente en la instalación, se convierte en parte integrante de la fruición.
Las nuevas obras adoptan la forma de un campo de batalla en el que signos y figuras son empujados hacia un límite de saturación y colapso. La deflagración evocada por el título no conduce a una ruina definitiva, sino que abre la posibilidad de una reorganización del sentido. De la fragmentación surge un nuevo orden, generado por la colisión de elementos contrastados. En esta perspectiva, la pintura se convierte en un espacio de conflicto y, al mismo tiempo, en un lugar de redefinición simbólica. Con motivo de la exposición, se publicará un libro con un texto de Flavia Frigeri, historiadora del arte y conservadora en la National Portrait Gallery de Londres, que acompañará y explorará el proyecto expositivo.
Giuditta Branconi (Sant’Omero, Teramo, 1998) vive y trabaja entre Milán y Teramo. Presentó exposiciones individuales en Victoria Miro Project de Londres en 2025 y en L.U.P.O. de Milán en 2025 y 2022. Su obra también se ha incluido en exposiciones colectivas y ferias en Italia y en el extranjero, como Untitled Art Houston, Houston (2025); Made in Cloister, Nápoles; Tang Contemporary Art, Hong Kong (2024); Laboratorio Arti Contemporanee, Teramo; Galleria Giampaolo Abbondio, Todi; MIART, Milán (2023); Galleria Giovanni Bonelli, Milán; MAC, Lissone (2021).
Entrada gratuita a la exposición en los siguientes horarios Jueves y viernes de 14.30 h a 18.30 h; sábado y domingo de 10.30 h a 18.30 h
Cerrado: 25 de abril, 1 de mayo
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| Exposición individual de Giuditta Branconi "Carne de cañón" en la Collezione Maramotti de Reggio Emilia |
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