Las visiones quiméricas de Gustave Doré: un libro dedicado íntegramente a su obra


Un análisis en profundidad de *Fantastico*, el gran libro sobre Gustave Doré (Estrasburgo, 1832 – París, 1883), publicado por L’Ippocampo: el volumen analiza el universo visionario de uno de los maestros del grabado con la colaboración de las expertas Alix Paré y Valérie Sueur-Hermel. Así es la obra de 2022.

Gustave Doré: un nombre que evoca imágenes grandiosas, surrealistas y quiméricas. Doré no se limita a ilustrar ni a pintar: tiene visiones, y estas visiones las plasma en la materia mediante el uso magistral de su arte. En 2022, Alix Paré, historiadora del arte titulada por la École du Louvre y divulgadora especializada en pintura occidental desde el siglo XVII hasta el siglo XX, y Valérie Sueur-Hermel, conservadora de la Bibliothèque nationale de France, decidieron comisariar y recopilar en un volumen de nada menos que 480 páginas una retrospectiva inédita de las principales obras del propio Doré. Así nace la edición ilustrada «Fantastico», publicada por L’Ippocampo (2022, ISBN 9788867227068), que se propone analizar las principales obras del artista, seleccionadas de entre un corpus de más de 10 000 grabados y pinturas. Puedo afirmar con toda sinceridad que la retrospectiva de las dos comisarias no es el típico volumen repleto de pinturas con leyendas y poco más. «Fantastico» es una obra de considerable valor histórico-artístico, tanto para los apasionados del arte como para los estudiosos de la historia de la literatura y la ilustración.

¿Qué sabemos de Doré? Se le ha reconocido, por ejemplo, como uno de los más grandes artistas del siglo XIX, destacado sobre todo por su increíble capacidad para ilustrar textos literarios. También sabemos que supo transformar el grabado en una forma de arte que ha influido en innumerables ámbitos: el cine, la animación e incluso el cómic. Pondré algunos ejemplos: las representaciones de bosques salvajes, como las que aparecen en *Atala*, han tenido un impacto en las numerosas versiones de *King Kong*, desde la película original de 1933 hasta la de Peter Jackson de 2005 (quien, unos años antes, se había inspirado en esas mismas ilustraciones para la creación de *El Señor de los Anillos*, 2001-2003). Su legado se extiende también a la saga de Harry Potter, mientras que en el mundo de la animación su influencia abarca tanto a Walt Disney como a los creadores del personaje del Gato con botas de *Shrek*, estrenada en 2004. Menciono también las ilustraciones realizadas para los Cuentos de Charles Perrault, que influyeron en la obra de Jean Cocteau para La Bella y la Bestia, de 1945, y en el personaje de Chewbacca en La Guerra de las Galaxias, ideado en 1977 por George Lucas.

Portada del libro
Portada del volumen *Fantástico*, publicado por L’Ippocampo

El volumen de la obra de Gustave Doré es impresionante. A los treinta y tres años declaraba irónicamente que «solo había realizado cien mil dibujos» y a los cincuenta y uno, cuando falleció, el catálogo de sus obras había alcanzado dimensiones colosales, con unas once mil obras registradas. Como se ha mencionado, *Fantastico* es diferente de cualquier otra edición ilustrada dedicada al autor. Olvidémonos de volúmenes como *The Doré Illustrations for Dante’s Divine Comedy*, de 2012, publicado por Dover Publications (135 páginas), o *Doré’s Illustrations for “Paradise Lost”* (50 páginas), de 1993, también publicado por Dover. Las decisiones tomadas por las autoras se basan en una selección minuciosa que tiene en cuenta el impacto visual, el valor estético y la importancia temática de las ilustraciones del artista. «Fantastico» es una obra que pone de relieve la abundancia y la naturaleza polifacética de su producción: no se trata de un simple volumen de obras catalogadas por orden cronológico.

Gustave Doré nunca tuvo miedo de explorar nuevas direcciones artísticas. Su carrera abarcó diversos registros: desde caricaturas, temas bélicos, cuentos de hadas y poemas, hasta llegar a la épica de los paisajes, los castillos y las criaturas fantásticas. De hecho, Doré siempre ha tenido la capacidad de combinar la realidad y la fantasía, la misma capacidad que le ha permitido crear obras que quedan grabadas en la memoria del espectador. El volumen se divide en cuatro capítulos principales, cada uno de ellos dedicado a un aspecto diferente de su producción. El primer capítulo, «Gustave Doré y la impresión», examina las tres técnicas de grabado por las que es más conocido: la litografía,el aguafuerte y la xilografía. En el segundo capítulo, «Gustave Doré: el ilustrador», se profundiza en su carrera como ilustrador, centrándose en veintiséis obras literarias, entre las que se incluyen novelas, poemas, cuentos y fábulas, así como relatos y reportajes de guerra y de viajes. El tercer capítulo, «Gustave Doré: el caricaturista», presenta sus tres álbumes de caricaturas, con las ilustraciones publicadas en la revista francesa *Le journal pour rire*. El último capítulo, «Gustave Doré: el pintor», está dedicado a las obras pictóricas del autor. En él se analizan en profundidad 22 pinturas y acuarelas, entre las que se incluyen paisajes montañosos y boscosos, escenarios históricos y ambientes de cuento de hadas.

Cuando en 1931 Henri Leblanc completó su *Catalogue de l’Oeuvre complet de Gustave Doré*, se permitió una digresión matemática para «satisfacer la curiosidad de los entendidos». De hecho, contabilizó 11 013 obras realizadas: estamos hablando de unas 290 creaciones al año, es decir, una al día, excluyendo festivos y domingos, tal y como sostiene Leblanc. De ellas, nada menos que 10 026 son grabados, más del 90 % del total, realizados entre 1845 y 1879 con las tres técnicas principales: grabado en relieve (xilografía de cabeza), en hueco (aguafuerte) y en plano (litografía). Aunque tuvo cierto éxito, Doré destacaba en realidad más como ilustrador que como grabador o litógrafo. Desde 1854, con Las obras del humanista François Rabelais, hastael Orlando Furioso de 1879, Doré creó al menos 9.850 dibujos para libros y revistas, que luego fueron confiados a más de 160 grabadores. Al trabajar en estrecha colaboración con los burilistas (artistas que utilizan el buril para grabar y decorar metales y madera) con el fin de dar nueva vida a la técnica, su aportación a la xilografía fue revolucionaria: reconocido como diseñador de los proyectos (y no como ejecutor), Doré fue considerado un pionero de la imprenta.

El arte de Doré, sin embargo, nunca se limitó a acompañar la narración: amplía el texto y lo hace aún más incisivo. En su etapa como dibujante, ilustró la Divina Comedia de Dante, los Idilios del rey de Alfred Tennyson, Don Quijote de Cervantes, El cuervo de Edgar Allan Poe, El paraíso perdido de John Milton y la Sagrada Biblia. ¿El resultado de estas obras? Un nivel de profundidad e intensidad que acompaña los textos de los escritores a través de un trazo repleto de detalles y una sensibilidad dramática sin igual. Las ilustraciones evocan, por tanto, atmósferas que fusionan lo sublime y lo macabro, pero también la esperanza y la desesperación.

A esta producción se suman también los relatos bélicos: tanto en las guerras de su época como en las Cruzadas del pasado, Doré vincula el heroísmo con la tragedia y da una nueva forma a un imaginario bélico impregnado de una visión extremadamente romántica. Entre los títulos más destacados se encuentran Épisodes de la guerre d’Orient, La Guerre d’Italie e Histoire des Croisades, de Jean-François Michaud.

Analizo la Divina Comedia, una de las obras más ambiciosas de su carrera. Muy joven y profundamente atraído por el relato escrito por Dante entre 1303 y 1321, Doré decide aventurarse en las ilustracionesdel Infierno. En realidad, en aquella época ningún editor estaba dispuesto a respaldar un proyecto que se consideraba demasiado arriesgado, lo que le obligó a financiar él mismo la publicación. La obra salió a la luz en 1861 de la mano de la editorial Hachette y obtuvo un éxito inesperado que consagró definitivamente su talento. No fue hasta 1868 cuando completó la obra con los grabados dedicados al Purgatorio y al Paraíso. Doré quería hacer visible el horror del castigo eterno y lo consiguió. Las escenas infernales transmiten el tormento de los condenados, representados en posturas desesperadas y sufridoras, inmersos en paisajes sombríos. Los círculos infernales, los demonios y las almas penitentes están representados con una precisión dramática y teatral. ¿Cómo podríamos definir, pues, su trabajo para la narración dantesca? Un triunfo artístico, una reinterpretación visual que ha influido profundamente en el imaginario colectivo vinculado a la Divina Comedia, convirtiéndose en un punto de referencia para generaciones de artistas que le sucedieron. Algunos nombres: William-Adolphe Bouguereau, Auguste Rodin, Gustave Courtois, Donn Philip Crane.

Gustave Doré, La Divina Comedia, Infierno, Canto III: Las almas condenadas se embarcan para cruzar el Aqueronte
Gustave Doré, Divina Comedia, Infierno, Canto III, Las almas condenadas se embarcan para cruzar el Aqueronte (1861; grabado)
Gustave Doré, La Divina Comedia, Infierno, Canto XXIV, Los ladrones torturados por las serpientes
Gustave Doré, Divina Comedia, Infierno, Canto XXIV, Los ladrones torturados por las serpientes ( 1861; grabado)
Gustave Doré, Divina Comedia, Infierno, Canto IX, Megaera, Tisífone y Alecto
Gustave Doré, Divina Comedia, Infierno, Canto IX, Megaera, Tisífone y Alecto (1861; grabado)
Gustave Doré, La Divina Comedia, Infierno, Canto XXXIV, Lucifer, rey del Infierno
Gustave Doré, Divina Comedia, Infierno, Canto XXXIV, Lucifer, rey del Infierno ( 1861; grabado)

En realidad, el proyecto más imponente del artista fue, probablemente, la ilustración de la Sagrada Biblia, una obra monumental que le mantuvo ocupado durante años y que representa una síntesis perfecta de su visión del arte como instrumento para descubrir lo sagrado. Desde su juventud, Doré albergaba, de hecho, la ambición de ilustrar la Biblia: un proyecto monumental que surgía tanto de su fe como de su vocación artística. Se declaraba cristiano militante y, ya desde la década de 1850, abordaba los temas sagrados a través de dibujos destinados a publicaciones periódicas.

En 1862, tras el éxito de las láminas dedicadasal Infierno, presenta al editor Alfred Mame, figura destacada del mundo editorial religioso, una imponente propuesta de temática bíblica. Es el comienzo de un proyecto que durará tres años, durante los cuales Doré realiza también cientos de dibujos y varias pinturas, entre ellas las ilustraciones para el* * y el *Paraíso perdido* de Milton. Figuras como Satanás, los ángeles y la pareja primigenia, Adán y Eva, pasan así a formar parte de manera concreta de su imaginario. La primera edición de la «Sacra Bibbia secondo la Vulgata» , ilustrada por Doré, con 228 láminas, sale a la venta simultáneamente en las principales capitales europeas el 1 de diciembre de 1865, de cara a las fiestas navideñas, y toda la tirada se agota en muy poco tiempo. Al año siguiente, en la segunda edición, el número de grabados ascendió a 230 tras algunas modificaciones. La obra se inscribe en una larga tradición editorial del siglo XIX, en la que artistas de renombre se adentran en el mundo de la Biblia: entre ellos se encuentran Achille Devéria, Célestin-François Nanteuil y James Tissot. Sin embargo, la Biblia de Doré destaca claramente tanto en el plano artístico como en el comercial.

El estilo dramático y visionario del autor, alejado de los tonos convencionales reservados hasta entonces a este tema, propone escenas realzadas por fuertes contrastes de luz y sombra, perspectivas audaces y referencias pictóricas a Rembrandt y Delacroix. Críticos y escritores, con Émile Zola a la cabeza, no permanecen indiferentes. De las ediciones europeas —Stuttgart, Milán, San Petersburgo, Barcelona— se pasó muy pronto a las americanas, con tiradas en Nueva York y Chicago. Los grabados se utilizaron en volúmenes de gran valor, incluidos misales y libritos religiosos para niños, pero también en las láminas para linternas mágicas —precursoras del proyector—, hasta el punto de dejar una huella duradera incluso en el imaginario del cine épico de Hollywood. Para Doré, la atracción por la Biblia surge de dos factores principales: le impulsa una fuerte motivación espiritual, pero también la riqueza formal del texto, que le fascina profundamente. El inmenso patrimonio de personajes le ofrece un repertorio visual inagotable, en el que conviven deformidades monstruosas y bellezas celestiales, vestimentas exóticas, posturas solemnes y expresiones intensas. El Antiguo Testamento, en particular, le inspira 152 grabados cargados de impresiones orientales, reflejo directo de las colecciones egipcias y mesopotámicas que admiraba en el Louvre. Al Nuevo Testamento le dedica, por su parte, 68 láminas.

Gustave Doré, La Sagrada Biblia, La Torre de Babel (1866; grabado)
Gustave Doré, La Santa Biblia, La Torre de Babel (1866; grabado)
Gustave Doré, La Sagrada Biblia, Los egipcios se ahogan en el Mar Rojo (1866; grabado)
Gustave Doré, La Santa Biblia, Los egipcios se ahogan en el Mar Rojo (1866; grabado)
Gustave Doré, La Sagrada Biblia, El Diluvio (1866; grabado)
Gustave Doré, La Sagrada Biblia, El Diluvio (1866; grabado)
Gustave Doré, La Sagrada Biblia, Levantando la cruz (1866; grabado)
Gustave Doré, La Sagrada Biblia, Levantando la cruz (1866; grabado)

En 1855, Doré elaboró una lista de las grandes obras maestras literarias que pretendía ilustrar: entre ellas no dejó de incluir El paraíso perdido, poema escrito en 1667 por John Milton (Londres, 1608 - 1674). El texto, ya ampliamente conocido en Francia gracias a la traducción de François-René de Chateaubriand, reimpresa en varias ocasiones, fue ilustrado por el artista para la editorial londinense Cassel Petter & Galpin. Publicado en 1866, el volumen consolida así su reputación también en el Reino Unido.

A través de las láminas, Doré consigue hacer tangible el conflicto entre las fuerzas angelicales y las demoníacas. La figura de Lucifer, por ejemplo, retratada con fiereza y tragedia, se exalta en sus ilustraciones como el protagonista rebelde. En realidad, *El paraíso perdido* de Doré no fue la primera ilustración en definir el imaginario vinculado al poema: antes que él, tanto William Blake, entre 1790 y 1792, como John Martin, en la primera década de 1800, trabajaron en la elaboración de las láminas de la obra de Milton, y no solo eso. Cito además* Le Pandemonium*, un grandioso cuadro realizado por Martin en 1841 y que actualmente se conserva en el Musée du Louvre. Entre 1735 y 1740, antes que los artistas del Romanticismo, William Hogarth, pintor y grabador inglés, creó la obra *Satan, Sin and Death (Una escena de «El paraíso perdido» de Milton), a la que siguió a su vez Thomas Rowlandson, quien en 1792 reeditó el mismo óleo de Hogarth creando una nueva versión en aguafuerte, impresa con tinta marrón y titulada Satan, Sin and Death (Paradise Lost, Book the 2nd).

Thomas Rowlandson, «Satanás, el pecado y la muerte» (El paraíso perdido, libro II) (1792; aguafuerte, impreso con tinta marrón; Nueva York, Museo Metropolitano de Arte)
Thomas Rowlandson, *Satan, Sin and Death* (*Paradise Lost, Book the 2nd*) (1792; aguafuerte, impreso con tinta marrón; Nueva York, The Metropolitan Museum of Art)
John Martin, «El Pandemónium» (1841; óleo sobre lienzo, 123 x 185 cm; París, Museo del Louvre)
John Martin, «Le Pandemonium» (1841; óleo sobre lienzo, 123 x 185 cm; París, Musée du Louvre)

Volvamos a Doré: las ilustraciones del poema de Milton exploran las posibilidades de la oscuridad y prestan una atención minuciosa a cada uno de los detalles de los personajes. ¿En qué radica su grandeza en este caso? En saber captarel actode metamorfosis de las figuras, haciendo que la transformación resulte visualmente real. Observemos, por ejemplo, las alas de los ángeles y las de los demonios: se asemejan a cisnes cuando permanecen unidas al cielo, pero se transforman en alas de murciélago una vez que caen a la tierra. En cualquier caso, los paisajes de *El paraíso perdido* son majestuosos, con abismos en llamas y visiones sobrenaturales que transmiten la solemnidad del texto de Milton. Se trata de ilustraciones teatrales y dramáticas que tienen la capacidad de ampliar el espacio del poema.

Gustave Doré, El paraíso perdido, La guerra en el paraíso (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, Guerra en el paraíso (1866; grabado)
Gustave Doré, «El paraíso perdido»: el arcángel Miguel expulsa a los ángeles rebeldes (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, El arcángel Miguel expulsa a los ángeles renegados (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, La caída espiritual de Lucifer en Satanás (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, El descenso espiritual de Lucifer a Satanás (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, Satanás se dirige al consejo infernal (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, Satanás se dirige al consejo infernal (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, Satanás ocupa su trono en el infierno (1866; grabado)
Gustave Doré, El paraíso perdido, Satanás toma su trono en el infierno (1866; grabado)

En los Idilios del rey, escritos en 1859 por Sir Alfred Tennyson (Somersby, 1809 - Aldworth, 1892), una de las figuras más destacadas de la época victoriana, Doré se adentra, por su parte, en el mundo de los poemas inspirados en el ciclo artúrico. En ellos aparece la figura de la dama de Shalott, identificada con Elaine, acompañada por Viviana, Ginebra y Enid. Mientras estudiaba en Cambridge, Tennyson publicó en 1830 su primera recopilación, *Poems, Chiefly Lyrical* (Poemas, principalmente líricos).

La obra tiene un tono sentimental y fue inmediatamente apreciada por el público. Tres años después salió a la luz su segunda obra, que incluye el poema «La dama de Shalott». Inspirado libremente en el mundo medieval, el texto narra la historia de una princesa del reino del rey Arturo condenada a observar la realidad únicamente a través de un espejo. Los poemas de Tennyson influyeron profundamente en los pintores del movimiento Arts and Crafts y de la cofradía de los prerrafaelitas, entre los que destaca John William Waterhouse. Las ilustraciones de Doré para los cuatro poemas se publicaron inicialmente por separado en 1867, para luego reunirse en el volumen* Idiļas del Rey*, impreso en Londres por Edward Moxon. Ese mismo año, en Francia, el editor Louis Hachette publicó cuatro volúmenes separados: *Énide*, *Élaine*, *Viviane* y *Genièvre*, cada uno acompañado de nueve grabados en acero. Las ilustraciones, cargadas de lirismo, dan forma a figuras envueltas en un aura de romanticismo, inmersas en escenarios de ruinas góticas, bosques y castillos imponentes.

Gustave Doré, «Los idilios del rey», «Geraint y Enid se marchan» (1868; grabado)
Gustave Doré, Idilios del Rey, Geraint y Enid se marchan (1868; grabado)
Gustave Doré, «Los idilios del rey»: Yniol le muestra a Geraint su castillo en ruinas (1868; grabado)
Gustave Doré, Idilios del Rey, Yniol muestra a Geraint su castillo en ruinas (1868; grabado)

El tercer capítulo de «Fantástico», por su parte, está dedicado íntegramente a una faceta diferente de Doré. El artista, que nunca se limitó únicamente a las ilustraciones literarias, ya en su juventud (con apenas dieciséis años) también destacó como caricaturista y dibujante satírico, colaborando con el periódico satírico *Le Journal pour rire*, fundado en 1848 por el editor Charles Philipon (creador del primer periódico satírico ilustrado del mundo, Le Charivari). La tercera parte de« Fantastico» profundiza precisamente en su labor como caricaturista y en el contexto cultural en el que surgieron sus obras.

A los veintidós años, Doré ya domina con soltura la litografía, pero su estilo aún conserva trazas evidentes de la influencia de los maestros que le precedieron. Así pues, Philipon reconoce su talento y recopila sus obras en varios álbumes, encargándole nuevas series dedicadas a la vida parisina. Entre sus referentes destacan Cham y, sobre todo, Daumier, artista al que Doré admira y del que, en ocasiones, retoma motivos para incorporarlos a sus propias composiciones.

Gustave Doré, Le journal pour rire, «Une ascension du Mont-Blanc, comme quoi l’on peut trouir la felicidad bajo la nieve» (Una ascensión al Mont Blanc, o cómo encontrar la felicidad en la nieve) (publicado el 12 de junio de 1852)
Gustave Doré, Le journal pour rire, Une ascension du Mont-Blanc, comme quoi l’on peut trouver le bonheur sous la neige (Una ascensión al Mont Blanc, o cómo encontrar la felicidad bajo la nieve) (publicado el 12 de junio de 1852)

Además de su producción como ilustrador y grabador, Doré también se dedicó a la pintura y, en particular, al género del paisaje. El último capítulo de *Fantastico* está dedicado precisamente a su trayectoria como ilustrador y paisajista. Aunque el nombre de Doré se asocia más a la ilustración, sus obras pictóricas son igualmente seductoras. El uso de la luz y la sombra en sus pinturas contribuye a crear una atmósfera onírica y, al mismo tiempo, conmovedora, rasgo distintivo que caracteriza su trabajo como ilustrador. Entre sus obras más destacadas se encuentran Andrómeda, de 1869; Dante y Virgilio en el noveno círculo del Infierno, de 1861; El enigma, de 1871; Oceanine, de 1878, y El valle de lágrimas, realizada en 1883.Las analizo a continuación.

En «Andrómeda», Doré opta por inmortalizar el instante que precede a un rescate: Andrómeda, hija de Cefeo y Casiopea, soberanos de Etiopía, ya está encadenada a la roca, mientras que, tal y como se narra en el relato mitológico, el monstruo marino enviado por Poseidón se abalanza sobre ella. Aterrorizada, busca refugio echándose hacia atrás de puntillas. En este caso, el artista aborda el tema con un enfoque académico, recurriendo al repertorio clásico del desnudo ideal, en el que conviven influencias griegas y estímulos orientales. Doré se inspira en maestros cercanos a él, como Delacroix o Ingres, pero opta por un enfoque personal. La acción se congela en el instante previo a la liberación, cuando todo sigue en suspenso y el escenario no es casual: el paisaje agreste, el acantilado y el mar agitado son elementos recurrentes en su producción artística. Cuerpos en equilibrio precario y entornos hostiles pueblan sus ilustraciones tanto para Dante como para Milton. Es un lenguaje que vuelve a aparecer incluso años más tarde, en 1878, cuando pintará las Oceaninas. El mismo escenario, pero multiplicado con figuras femeninas en diferentes poses.

Gustave Doré, Andrómeda (1869; óleo sobre lienzo, 256,5 x 172,7 cm; colección privada)
Gustave Doré, Andrómeda (1869; óleo sobre lienzo, 256,5 x 172,7 cm; colección privada)

En una de las ilustraciones más emblemáticas de su serie para la Divina Comedia, Doré representa a Dante y Virgilio en el Noveno Círculo del Infierno, reino de Lucifer y lugar de los traidores, donde los pecadores están sumergidos en el hielo hasta la cabeza. Aquí, Dante y Virgilio avanzan por la extensión helada del Cocito, el lago helado descrito en el canto XXXII. Virgilio baja la mirada y Dante frunce el ceño al fijarse en dos almas enredadas, una de las cuales muerde con furia el cráneo de la otra. A su alrededor, las almas de los condenados apenas asoman por la superficie: algunas solo muestran la cabeza, otras un rostro deformado por el frío y la desesperación, aprisionadas en una eternidad de hielo.

Las figuras que abarrotan la escena, desnudas, contorsionadas, musculosas, son el resultado del virtuosismo anatómico de Doré y evocan la potencia trágica de las criaturas de Miguel Ángel, como en el Juicio Final. El cuadro surge en paralelo a la gran empresa de los dibujos para el «Infierno», primera etapa del monumental proyecto de ilustrar toda la «Divina Comedia». En la obra, Doré reinterpreta y fusiona en un único e imponente lienzo tres composiciones diferentes concebidas para otros tantos grabados dedicados al canto XXXII. El paso del dibujo a la pintura le permite ampliar la escena y experimentar con el color: una luz lívida, azulada e irreal impregna la superficie y acentúa la atmósfera sobrenatural y alucinada del paisaje helado e infernal.

Gustave Doré, Dante y Virgilio en el noveno círculo del Infierno (1861; óleo sobre lienzo, 315 x 450 cm; Bourg-en-Bresse, Musée du Monastère royal de Brou)
Gustave Doré, Dante y Virgilio en el noveno círculo del Infierno (1861; óleo sobre lienzo, 315 x 450 cm; Bourg-en-Bresse, Musée du Monastère royal de Brou)

Entre las pinturas más inquietantes de Doré se encuentra *L’Enigma*,* *, que surge como respuesta al trauma colectivo que dejó la guerra franco-prusiana de 1870. La escena se desarrolla en una colina desolada, donde yacen los cuerpos sin vida de soldados y civiles. Junto a los restos de un acorazado, dos padres abrazan a sus hijos muertos. En el centro del cuadro destaca, en cambio, una esfinge con cuerpo de león y rostro humano, cubierta porel tradicionalnemes e , y una mujer alada coronada de laurel (alegoría de la Francia derrotada), que extiende el brazo hacia la criatura.

En el cuadro, la esfinge permanece en silencio; no es la de los mitos griegos. Se la podría definir como una entidad más antigua, enigmática. Doré, nacido en Estrasburgo, quedó profundamente marcado por la pérdida de Alsacia y, en 1871, realizó un tríptico en grisalla (una técnica pictórica monocromática, en este caso con solo matices de gris) compuesto por El enigma, El águila negra de Prusia y La defensa de París. En cada una de ellas, la misma figura femenina vuelve a representar a la nación herida. El artista fusiona así el pathos romántico y el simbolismo alegórico, inspirándose en Delacroix y Gros, pero se distancia de ellos mediante el uso monocromático y una visión desilusionada de la guerra.

Gustave Doré, «El enigma» (1871; óleo sobre lienzo, 130,4 x 196 cm; París, Museo de Orsay) ©Museo de Orsay, Distr. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Gustave Doré, El enigma (1871; óleo sobre lienzo, 130,4 x 196 cm; París, Musée d’Orsay) ©Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

En *Las Oceaninas*, Doré aborda el mito de las Oceaninas, ninfas de las aguas que, en el relato mitológico, participan en el tormento de Prometeo. Hijas del titán Océano y de la ninfa Tetis, las Oceaninas aparecen recostadas sobre la roca; algunas se entregan a las olas, mientras que otras se aferran a su madre, reconocible por la corona de flores rojas. Sus cuerpos, esculpidos con un gusto académico y una sensualidad contenida, recuerdan a los modelos de Ingres, en particular a las figuras de la obra «Ruggero libera Angelica» de 1819. En lo alto del acantilado, un cuerpo desnudo se retuerce bajo el ataque de un águila de alas extendidas: es Prometeo, el titán que se atrevió a entregar a los hombres el fuego de los dioses. Para castigarlo, Zeus lo condenó a un suplicio eterno: encadenado a una montaña, un ave de rapiña le devora el hígado cada día.

Si Rubens, en su «Prometeo encadenado» , realizado entre 1612 y 1618, sitúa el mito en un marco barroco y lo vincula a la «Teogonía» de Hesíodo, Doré va más allá. Su inspiración proviene de Esquilo, y en particular de *Prometeo encadenado*, donde el titán entra en contacto con el coro de las Oceanidas, que observan su sufrimiento. El artista retrata, por tanto, una figura muy querida por los artistas románticos del siglo XIX, que ven en el mito una alegoría de la disidencia y la independencia de pensamiento. Doré fusiona en una sola obra el eros y el thanatos (la personificación de la muerte): a la brutalidad del castigo infligido a Prometeo, el artista contrapone el abandono sensual de las ninfas. Se trata de un juego de contrastes que recorre gran parte de su obra. La belleza, representada en este caso por la seducción de las figuras femeninas, se tiñe a menudo de luto, y la muerte toma forma en los gestos de la pasión. Un enfoque que une a Doré con otros artistas de su época, como Henri Lehmann, quien ya en 1850 había abordado el mismo tema. Doré se sitúa idealmente entre el pathos romántico y la sensualidad decadente del simbolismo, y se adelanta al pensamiento de Gustave Moreau, Arnold Böcklin y Auguste Rodin, quienes también se sentían fascinados por la figura de las Oceaninas y el mito de Prometeo.

Gustave Doré, Oceanine (h. 1878; óleo sobre lienzo, 127 x 185,5 cm; Colección Lawrence B. Benenson)
Gustave Doré, Oceanina (h. 1878; óleo sobre lienzo, 127 x 185,5 cm; Colección Lawrence B. Benenson)

El Valle de las Lágrimas es la última gran composición de Doré, quizá la más íntima. En esta obra, realizada en los últimos años de su vida, el pintor vierte los tormentos físicos y morales que le afligen y parece confiar a la fe la función salvadora de una luz que ilumina las tinieblas de la existencia. Todo gira en torno al claroscuro. No hay luz natural en la escena: el paisaje, vasto y desolado, está sumido en una sombra profunda, iluminada únicamente por la figura de Cristo, eje visual y espiritual de la composición. En lo alto de un sendero rocoso, Jesús avanza con la cruz sobre el hombro derecho. Su rostro, en verdad, no muestra signos de sufrimiento. Se muestra firme, luminoso, y con el dedo índice de la mano derecha señala al cielo. A sus pies, una multitud se agolpa a lo largo del sendero: hombres, mujeres, niños, soldados y soberanos, todos ellos unidos por los signos de la miseria, el dolor y el abandono.

Para esta obra , Doré se inspiró en un pasaje del Evangelio de Mateo : «Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso» ( Mt 11, 28). La composición sigue una diagonal ascendente, que conduce la mirada y el espíritu desde el desánimo hacia la esperanza, desde la sombra hacia la luz. En una carta de 1881, dirigida a los propietarios de la Galería Doré, escribe lo siguiente sobre la obra: «Es quizás el tema más sinceramente religioso y cristiano que jamás haya realizado: es, creo, mi creación más personal». Una obra que es a la vez testamento artístico y acto de fe. El Cristo sereno, envuelto en una calma gloriosa, contrasta con los rostros atormentados de la multitud. El Valle de lágrimas es, en realidad, también una especie de autorretrato interior. Tras la muerte de su madre, en 1880, Doré vive, de hecho, un periodo marcado por una profunda melancolía, agravada aún más por las crisis de asma que lo mantienen retenido en París.

Gustave Doré, El valle de las lágrimas (1883, óleo sobre lienzo, 423,5 x 627 cm; París, Petit Palais, Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris) ©Petit Palais / Roger-Viollet
Gustave Doré, El valle de lágrimas (1883, óleo sobre lienzo, 423,5 x 627 cm; París, Petit Palais, Musée des Beaux-Arts de la Ville de Paris) ©Petit Palais / Roger-Viollet

¿Qué nos aporta el libro y qué podemos deducir, por tanto, de *Fantastico*? Del volumen editado por Alix Paré y Valérie Sueur-Hermel se desprende con claridad que Gustave Doré fue una figura fundamental de la cultura visual del siglo XIX y que ha influido profundamente en el imaginario colectivo hasta nuestros días. La obra nos presenta a un Doré inédito, polifacético y sorprendentemente actual. A lo largo de las 480 páginas del volumen, se comprende cómo su producción constituye una forma autónoma de narración visual capaz de reinterpretar los clásicos y darles nueva vida. «Fantástico» nos enseña a leer la obra del artista como un lenguaje que sigue vivo y que continúa generando impresiones en la fotografía, el cine y la ilustración contemporánea. La de Doré es, por tanto, un legado vivo, que confirma al artista alsaciano como uno de los grandes visionarios del siglo XIX.



Noemi Capoccia

El autor de este artículo: Noemi Capoccia

Originaria di Lecce, classe 1995, ha conseguito la laurea presso l'Accademia di Belle Arti di Carrara nel 2021. Le sue passioni sono l'arte antica e l'archeologia. Dal 2024 lavora in Finestre sull'Arte.


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