Panamá en la Bienal de Arte 2026: Memoria, diáspora y resistencia en la hiperstición tropical


Con Hiperstición tropical, el Pabellón de Panamá de la 61ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia presenta una instalación monumental y una performance de Antonio José Guzmán e Iva Jankovic que relee la historia del Canal de Panamá a través de la memoria, la migración y las prácticas culturales de supervivencia.

Panamá regresa a la Bienal de Arte de Venecia con una reflexión sobre los legados del colonialismo, la migración forzada y la capacidad de las comunidades para preservar la memoria y la identidad a través de prácticas culturales compartidas. Con motivo de la 61ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, el país centroamericano presenta su segundo Pabellón Nacional con Hiperstición Tropical, una instalación ambiental y performativa a gran escala firmada por Antonio José Guzmán e Iva Jankovic, el dúo artístico conocido internacionalmente como Mensajeros del Sol, y comisariada por Ana Elizabeth González y Mónica E. Kupfer. El proyecto se sitúa en la encrucijada del arte contemporáneo, la investigación histórica y la memoria política, y toma como punto de partida uno de los acontecimientos más significativos y a la vez menos contados de la historia panameña del siglo XX: la construcción del Canal de Panamá y la posterior creación de la Zona del Canal, un enclave territorial de unos quince kilómetros de ancho y administrado por Estados Unidos durante la mayor parte del siglo pasado.

A través de Hiperstición Tropical, los artistas sacan a la luz narrativas que han permanecido durante mucho tiempo al margen de la memoria colectiva, reactivando las historias de las comunidades que se vieron obligadas a abandonar sus tierras y pueblos debido a las transformaciones territoriales impuestas por el gran proyecto de infraestructuras. La obra propone una relectura crítica del papel de Panamá en la historia global, no sólo como punto estratégico de paso entre océanos y continentes, sino como territorio profundamente marcado por las ambiciones imperiales, las lógicas de poder logístico y las dinámicas de ingeniería social que acompañaron a la modernidad colonial.

Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro

El elemento central de la instalación es una gigantesca hamaca suspendida de veinte metros de largo, hecha a mano con telas teñidas de añil. La obra abarca múltiples genealogías culturales y simbólicas. Sus orígenes se encuentran en las prácticas ancestrales extendidas en distintas zonas de América, donde levantarse del suelo se asocia tradicionalmente con la protección, la vida y los ciclos de la existencia. Al mismo tiempo, la hamaca rememora la cultura material cotidiana de los trabajadores de las Antillas que emigraron a Panamá para participar en la construcción del Canal. Dentro del Pabellón de Panamá, este objeto se transforma en una especie de arquitectura monumental de refugio. La hamaca se convierte en un espacio simbólico en el que convergen la tranquilidad, la memoria y la supervivencia, recogiendo en su interior las historias entrelazadas de las tradiciones indígenas, la migración afrocaribeña y el proceso de construcción de la nación panameña. La estructura pretende encarnar simultáneamente la idea de protección y la de desarraigo, de pertenencia y de pérdida.

Todo el entorno está bañado en azul índigo, un color que envuelve el espacio expositivo y relaciona dimensiones aparentemente opuestas: intimidad y paisaje, descanso y extracción de recursos, refugio y violencia histórica. El añil ocupa desde hace tiempo un lugar central en la práctica artística de Guzmán y Jankovic, y se evoca como un material profundamente relacionado con las economías coloniales, los trabajos forzados y las jerarquías raciales que caracterizaron largos periodos de la historia global.

También forman parte de la instalación grandes telas estampadas que adoptan la forma de collages visuales. Dentro de ellas hay fotografías de archivo e ilustraciones dedicadas a las llamadas "ciudades perdidas " y a sus habitantes, presencias casi fantasmales que transmiten la imagen de realidades borradas. Estos testimonios históricos se entrelazan con motivos gráficos derivados de las secuencias de ADN de Antonio José Guzmán, con dibujos indígenas y símbolos pertenecientes a tradiciones ancestrales.

El resultado es una especie de cartografía textil en la que la memoria personal, la herencia genética y la memoria colectiva se encuentran y superponen. La obra construye así un territorio simbólico alternativo, en el que lo que ha sido sustraído a la geografía oficial y a la narrativa dominante encuentra una nueva forma de presencia.

“Nuestra práctica”, declaran Mensajeros del Sol, “considera el ritual y la comunidad como fuerzas vivas que activan la historia, en lugar de limitarse a representarla. Trabajar con el índigo significa enfrentarse a sus enredos coloniales, a la vez que reapropiarse de él como lugar de resiliencia e imaginación decolonial. No entendemos la cultura como un patrimonio inmutable, sino como algo en constante formación a través de las migraciones, las tradiciones musicales y las prácticas cotidianas. Nuestro trabajo va más allá de la neutralidad del cubo blanco, insistiendo en cambio en la experiencia corporal y la presencia colectiva. Los textiles son portadores de memoria, el ritual se convierte en un espacio de reparación de fracturas históricas, y la colaboración con los saberes ancestrales abre un proceso continuo de transformación. Proponemos el arte como espacio de emancipación, donde el sonido, el tejido y el movimiento generan nuevas formas de pertenencia”.

Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro
Pabellón de Panamá en la Bienal de Venecia 2026. Foto: Umberto Santoro

La obra también toma forma a través de una reflexión histórica sobre la Zona del Canal de Panamá. Durante casi un siglo, de hecho, este territorio funcionó como un estado dentro del estado, imponiendo fronteras que redefinían la vida cotidiana, restringían las libertades y creaban sistemas paralelos de segregación y control. Se desmantelaron pueblos enteros. Hogares familiares, negocios, instituciones locales y tradiciones culturales arraigadas durante generaciones fueron borrados gradualmente. En nombre del progreso, decenas de miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus comunidades. Sus pueblos desaparecieron del mapa y, con el paso del tiempo, también de la memoria nacional. Hoy en día, estos asentamientos se recuerdan como “pueblos perdidos”, testimonio del coste humano oculto tras la narrativa triunfalista del Canal, a menudo celebrada como una extraordinaria hazaña civilizadora lograda en una tierra erróneamente descrita como vacía.

La experiencia inmersiva del proyecto se ve reforzada por su dimensión sonora. En efecto, el Pabellón está atravesado por un entorno acústico espacializado que combina el sonido del agua, las voces humanas y los sonidos de las grandes infraestructuras de ingeniería. Estos elementos se entrelazan con ritmos caribeños, interpretados por los artistas como formas codificadas de supervivencia cultural capaces de transportar la memoria y el ritual a través de las generaciones. Las cadencias musicales acompañan al visitante en un paisaje marcado por el desarraigo y la pertenencia fragmentada, evocando una diáspora construida a base de expulsiones, migraciones forzosas y continuas negociaciones identitarias. De este modo, el sonido no es un simple acompañamiento de la obra visual, sino que se convierte en un componente esencial de su estructura narrativa.

Las comisarias Ana Elizabeth González y Mónica E. Kupfer afirman: “Este proyecto ofrece una forma diferente de interactuar con la historia en el espacio expositivo, una forma moldeada por la experiencia vivida y la presencia constante. Al centrarse en el índigo y las prácticas textiles como formas activas de conocimiento, las artistas ponen en diálogo las historias coloniales y la memoria de la diáspora con la expresión cultural contemporánea. La obra invita a los visitantes a conectarse física y sensorialmente, utilizando el ritual como medio para abrir el arte a un espacio compartido de recuerdo y reimaginación cultural”.

Antonio José Guzmán (Panamá, 1971) e Iva Jankovic (Yugoslavia, 1979) combinan textiles, sonidos y memoria en un planteamiento multidisciplinar que revisa los caminos y el imaginario del Atlántico Negro, la cultura híbrida y transnacional que tiene su origen en la experiencia histórica de la diáspora africana. Su trabajo se centra en el índigo como portador de memoria: un material impregnado del legado de la esclavitud, el intercambio y el desplazamiento forzoso, cuya presencia se extiende desde los tejidos teñidos hasta las tradiciones sonoras afrocaribeñas. En el taller de impresión por bloques Ajrakh de Sufiyan Khatri, en Gujarat (India), crean tejidos que se despliegan como superficies estratificadas de inscripciones, donde se entrecruzan la iconografía adinkra de África Occidental, los motivos mesoamericanos y los patrones y pensamientos afrofuturistas. Los artistas también recurren a documentos históricos y fotografías de época para crear collages y poemas visuales de memoria compartida, estableciendo conexiones entre continentes y poniendo de relieve las huellas persistentes de los sistemas coloniales y los poderes económicos mundiales. Basándose en investigaciones de archivo y resonancias sonoras, los artistas reflexionan sobre cómo las canciones de resistencia, enraizadas en el pasado vivido por la diáspora africana y las comunidades indígenas, persisten y se transforman con el paso del tiempo, encontrando una nueva expresión en formas musicales como el dub. Extendiéndose más allá del plano textil, su trabajo toma forma a través de instalaciones y performances, generando entornos inmersivos que invitan a reflexionar sobre el movimiento, la resistencia y la continuidad cultural, al tiempo que abren una reconsideración de las fronteras a través de la lente de la experiencia diaspórica entretejida.

Panamá en la Bienal de Arte 2026: Memoria, diáspora y resistencia en la hiperstición tropical
Panamá en la Bienal de Arte 2026: Memoria, diáspora y resistencia en la hiperstición tropical



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