El MAXXI - Museo Nazionale delle Arti del XXI secolo (Museo Nacional de las Artes del Siglo XXI ) de Roma enriquece su colección pública con una importante adquisición: seis grandes obras de Giorgio Griffa, de dimensiones monumentales, que representan etapas fundamentales de la trayectoria artística del pintor, desde sus inicios en los años setenta hasta principios de la década de 2000, dando testimonio de la compleja y articulada evolución de su investigación pictórica.
A escala internacional, sus obras se encuentran ya en importantes instituciones, como el Centre Pompidou de París, la Tate Modern de Londres, el Centre d’Art Contemporain de Ginebra, la Fundação de Serralves de Oporto, el Dallas Museum of Art de Estados Unidos y la Obayashi Foundation de Japón. En Italia, además del MAXXI, el artista está representado en las colecciones del Castello di Rivoli, la GAM de Turín, el MACRO de Roma, el Museo del Novecento y la Gallerie d’Italia de Milán, así como en el MART de Rovereto.
Entre las seis obras presentadas en el MAXXI, tres pertenecen al histórico ciclo Segni Primari (Signos primarios), desarrollado entre 1968 y principios de la década de 1970, momento crucial en el que tomó forma el lenguaje pictórico de Griffa. En esta fase surgen características que seguirán siendo centrales en los ciclos siguientes: elabandono de la figuración, el uso de signos elementales y universales, la libertad del proceso creativo, liberado de esquemas rígidos, y la superación de la jerarquía tradicional entre artista y obra. El lienzo deja de ser un simple soporte y adquiere autonomía; también se abandona el bastidor, tanto por necesidades prácticas como para dar mayor libertad al soporte. También se vuelve fundamental la elección de lo “inacabado”, inspirada en una sensibilidad próxima al zen, para evitar que la obra se perciba como acabada y relegada al pasado, dejando en cambio abierta la continuidad del cuadro en el presente.
Estos presupuestos dieron lugar a Líneas horizontales de 1973, caracterizada por un signo esencial y riguroso, en el que la sencillez de las líneas se acompaña del amplio espacio dejado al lienzo no preparado, en este caso claro y compacto, que adquiere protagonismo gracias a la presencia de grandes zonas sin pintar. Del mismo modo, Segni orizzontali (Signos horizontales) de 1975 desarrolla estas investigaciones a través de tonos de color más suaves y más brillantes, típicamente mediterráneos, aplicados sobre un lienzo más oscuro y más claro. La obra recuerda, en una versión más amplia y variada, una obra del mismo año conservada en la Tate Modern de Londres.
Líneas horizontales de 1976, en cambio, introduce una variación significativa: al modificar el grosor del pincel y la densidad del color, Griffa abre una nueva dimensión expresiva con respecto a la obra de 1973. Observada de cerca, la superficie revela un dibujo complejo, casi fractal, generado por la interacción entre la acuarela y el lienzo. En este diálogo, emerge el papel activo de la materia, que acompaña el gesto del artista, en línea con una sensibilidad compartida con los exponentes del Arte Povera.
Con Arabesco Doppio entramos en la década de 1980, en un contexto caracterizado por grandes campos de color (en este caso rosa, azul y amarillo), que dialogan con signos cargados de memoria histórica. Las formas recuerdan elementos decorativos y simbólicos: desde los trazos angulosos que evocan la escritura cuneiforme y la notación científica contemporánea, pasando por el arabesco que entrelaza una concepción lineal y otra circular del tiempo, hasta el motivo del “griego”, que alude al ciclo del día y de la noche.
En la década de 1990, con Tríptico con siete líneas, el diálogo entre los signos se amplía más allá del lienzo único. La obra se desarrolla como un sistema de relaciones entre tres superficies, unidas por un módulo recurrente de siete líneas rojas, siempre ligeramente diferentes, flanqueadas por distintos fondos y signos: una gran superficie rosa, líneas curvas violetas y finos trazos azules que descienden desde arriba, creando un efecto dinámico y fluido.
La exposición concluye con Cuarenta lienzos de 2001, una obra única que sintetiza la riqueza y complejidad del lenguaje de Griffa. Líneas, curvas, puntos, arabescos y motivos decorativos se suceden y entrelazan a través de los diferentes lienzos, en una continuidad que recuerda los primeros signos trazados por el hombre en la historia. El proceso pictórico se convierte así también en un juego y una celebración de la energía creativa. Esta vitalidad se refleja también en la gran flexibilidad de la instalación: la obra puede disponerse a lo largo de una única línea que atraviesa varias paredes, organizarse en varios niveles superpuestos o articularse en diferentes espacios, interrumpiéndose y reanudándose en ambientes sucesivos. Como toda la producción de Griffa, se presta a configuraciones siempre cambiantes, adaptándose al contexto y estableciendo un diálogo continuo con el espacio expositivo y la mirada del observador.
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| Seis grandes obras de Giorgio Griffa entran en la colección del MAXXI de Roma |
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