La espiritualidad visible de los etruscos. Donde el gesto toca lo divino


En el mundo etrusco, nada era casual: cada signo era un mensaje divino. A través de figuras como Tagetes y Vegoia, objetos rituales y textos sagrados, emerge una visión de la realidad como una trama sagrada que hay que interpretar, donde el cielo y la tierra dialogan continuamente. Una visión de la espiritualidad visible de los etruscos.

En el mundo etrusco, lo divino pasaba por el detalle. Cada anomalía en el cielo, cada variación en el cuerpo animal, cada vibración de la tierra eran portadoras de un mensaje. El sacerdote no pronunciaba dogmas, sino que leía el mundo. Su mirada recorría las entrañas como si estuviera sobre las líneas del cielo, y el orden de las cosas se le revelaba por contacto.

Surgido del surco de la tierra, había dado a los hombres el conocimiento. La tradición lo presenta como un niño vidente, que apareció cerca de Tarquinia mientras un campesino araba un surco más profundo. Cicerón, en De Divinatione, relata cómo todo el pueblo etrusco acudió a escuchar la voz de este joven ser de antigua sabiduría, capaz de enunciar con claridad los preceptos de la disciplina arúspica, más tarde transcritos y conservados en textos sagrados. “Se dice que cierta Caléndula, en el territorio de Tarquinia, apareció de repente mientras se araba la tierra, en el momento en que se imprimía un surco más profundo, y que habló al labrador. Según está escrito en los libros de los etruscos, se dice que esta Caléndula tenía la apariencia de un niño pero la sabiduría de un anciano. Como el labrador, asombrado por su aparición, lanzó un grito de asombro, acudió mucha gente y en poco tiempo toda Etruria se reunió allí. Entonces Tagetes habló largamente ante la multitud de oyentes, que escucharon atentamente todas sus palabras y las pusieron por escrito. Todo su discurso fue aquello en lo que estaba contenida la ciencia de la haruspicìna; luego creció con el conocimiento de nuevas cosas que fueron reconducidas a esos mismos principios. Esto lo hemos aprendido de los propios etruscos, de los escritos que conservan, a los que consideran fuente de su doctrina”.

Pero la iconografía se esfuerza por darle sustancia: una de las hipótesis de identificación más sugestivas es la del llamado Putto Carrara, estatua votiva de bronce procedente de Tarquinia y conservada en los Museos Vaticanos, en la que el niño muestra rasgos que combinan infancia y senectud. Cabello blanco, mirada alzada, cuerpo agazapado en una postura intensa, suspendida, en la que la forma adquiere ambigüedad.

Para los etruscos, Tagetes inaugura una religión fundada en la lectura de lo divino en lo real, en la interpretación sistemática de los signos. El propio Séneca, siglos más tarde, al comparar la postura romana con la etrusca, reconoció la diferencia radical: donde los romanos creían que el rayo procedía del choque de las nubes, los etruscos estaban convencidos de que las nubes chocaban para que se produjera el rayo. Todo fenómeno obedecía a la necesidad de manifestar la voluntad superior, y el hombre estaba llamado a captar y respetar esos signos. Este determinismo sagrado exigía una teología rigurosa y detallada, capaz de regular la acción humana en todos sus aspectos. Fue Caléndula quien transmitió esta disciplina, quien trazó la gramática del mundo. Su breve presencia bastó para establecer una estructura ritual que atravesó los siglos. Junto a él, en la tradición etrusca, se erige la figura de la ninfa Vegoia, reveladora de otra rama fundamental de la disciplina sagrada: la lectura del rayo. Figura luminosa y compleja, Vegoia, también conocida como Vecu en su forma más arcaica, está envuelta en un aura oracular. No sólo es sacerdotisa de los cielos, sino también guardiana de la ley. Se dice que dictó, en estado de inspiración divina, las reglas para interpretar el espacio, distinguir lo lícito de lo ilícito, trazar los márgenes entre la ciudad y el bosque, entre la vida y el mundo de los dioses. Una sabiduría normativa que se extendía más allá del tiempo litúrgico para abarcar también el político y el jurídico.

La arqueología no nos ofrece su rostro, pero su nombre pervive en los textos transmitidos por las fuentes romanas, a menudo con respeto y admiración. A Vegoia se le atribuye la redacción de las tablas de límites (los “límites augurales”) y las disposiciones para los ritos de consagración de las tierras. En ella se fundían dos registros: la adivinación celeste y la codificación civil. Era teóloga y legisladora al mismo tiempo, conducto entre el poder invisible y el orden visible. No ocurría nada que no estuviera previsto en su código.

Cada parte del mundo visible coincidía con un fragmento del designio divino. Ese mundo concebía la existencia como constantemente atravesada por poderes. No había vacío profano porque cada espacio ya era sagrado, cada cuerpo ya estaba en relación. Con razón Cicerón hablaba de la religión etrusca como de una “disciplina revelada”, distinta de la romana, basada en la tradición y la costumbre. Los etruscos, por el contrario, no heredaron una religión, sino que la recibieron por revelación. El arte arúspice, la lectura de los rayos y los rituales calendáricos (recogidos en los Libri Haruspicini, Fulgurales, Rituales) constituían una ciencia de lo divino, basada en analogías entre el cielo y la tierra, entre el macrocosmos y el microcosmos. La bóveda celeste se diseccionaba en dieciséis regiones, cada una habitada por una divinidad y dotada cada una de un peso simbólico, donde el hígado animal, el órgano más caliente, más próximo a la sede del alma, reproducía el mapa.

Entre los objetos más extraordinarios que han llegado hasta nosotros de la espiritualidad etrusca, el Hígado de Piacenza ocupa sin duda un lugar central. Descubierto en 1877, pero datado entre los siglos II y I a.C., es el vestigio tangible de una cosmología. Se trata de un modelo en bronce del hígado de una oveja, realizado con precisión anatómica y grabado con cuarenta inscripciones en lengua etrusca que delimitan los dieciséis sectores exteriores correspondientes a las dieciséis regiones del cielo etrusco y un núcleo central que representa la parte más profunda del órgano, tal vez vinculado al corazón mismo del augurio. Cada sector lleva el nombre de una divinidad, de Tinia a Cel, de Lusa a Selvans, en una distribución que reproduce el mapa del firmamento.

Arte etrusco, Putto de Carrara (Tarquinia, finales del siglo IV-principios del III a.C.; bronce vaciado en hueco, altura 32,7 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 12108)
Arte etrusco, Putto de Carrara (Tarquinia, finales del siglo IV-principios del III a.C.; bronce vaciado en hueco, altura 32,7 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 12108)
Arte etrusco, hígado de Piacenza (s. II-I a.C.; bronce, 12,6 x 7,6 x 6 cm; Piacenza, Musei Civici di Palazzo Farnese)
Arte etrusco, Hígado de Piacenza (siglos II-I a.C.; bronce, 12,6 x 7,6 x 6 cm; Piacenza, Musei Civici di Palazzo Farnese)

La finalidad de este objeto era doble: didáctica y ritual. Servía para instruir a los arúspices, para que aprendieran la correcta interpretación de las anomalías encontradas en el hígado real durante los sacrificios. Cada deformación, mancha o prominencia del órgano se leía como una señal enviada por una divinidad concreta, cuya ubicación correspondía a uno de los sectores grabados en el modelo. El sacerdote seguía una gramática precisa: la de una ciencia ritual en la que el cuerpo animal reflejaba el cuerpo del cielo. El refinamiento con el que se construyó este objeto atestigua la profundidad del pensamiento etrusco. Y a través de ese objeto, como a través de un espejo que refleja lo invisible, el sacerdote podía dirigir las decisiones de una ciudad, fundar un templo, interrumpir una acción. Todo, en el sistema ritual etrusco, debía concordar con la armonía superior. Y el Hígado de Piacenza, con su sobria monumentalidad, es un compendio de esa armonía hecha visible.

Hoy, ese lenguaje nos resulta casi indescifrable. Nuestra relación con el mundo rara vez está estructurada por rituales, y cuando lo está, suele ser de forma empobrecida, reducida a la réplica o al consumo. La idea misma de que todo puede tener un significado (no simbólico, sino causal) parece casi sospechosa. El debilitamiento del gesto, de la forma, de la materia es quizá lo que más nos aleja de la postura etrusca. En este sentido, releer aquel sistema significa no sólo estudiarlo, sino cuestionar nuestra pérdida de sentido formal. Como ha sugerido el filósofo Giorgio Agamben, la modernidad se constituye precisamente en el momento en que el ritual se vacía y la acción se emancipa del contexto sagrado. La técnica, pues, sustituye al ritual, y la eficacia borra la necesidad del gesto.

Los antiguos etruscos eran famosos entre sus contemporáneos como un “pueblo muy religioso” (tal y como los definió el historiador romano Tito Livio) por el escrupuloso cuidado con el que practicaban cada rito e interpretaban los signos de la voluntad divina. Para ellos, la acción ritual era fundamental. Toda construcción debía ir precedida de ceremonias augurales. Toda ciudad debía inscribirse en el cielo. El sacerdote era arquitecto, cartógrafo, exégeta. El templo reproducía el firmamento, el altar albergaba sus fuerzas, y el sacrificio no debía apaciguar, sino traducir. La lectura del hígado, como la del relámpago, era un acto hermenéutico, destinado a determinar la coherencia del gesto humano con respecto al orden invisible.

El arte etrusco participaba en este sistema como su manifestación viva. Las estatuas colocadas en los tejados de los templos delimitaban el espacio consagrado. El Apolo de Veio, datado entre 510 y 500 a.C., con su zancada tensa y sus drapeados dibujando un movimiento contenido, encarnaba una entidad vigilante. Cada detalle formal estaba pensado para actuar. En el interior de las tumbas, la pintura evocaba un tiempo que nunca deja de existir. Las bailarinas, las manos que ofrecen copas, las mesas dispuestas construían una continuidad entre mundos. Vanth, con las alas extendidas, mostraba el camino; Charun, armado con un martillo, guardaba el umbral.

Curiosamente, en el mundo funerario etrusco, Vanth es una presencia recurrente y reconocible. Figura femenina alada, lleva una antorcha encendida, a veces llaves, y acompaña al difunto en su viaje al más allá. Su imagen aparece en numerosas tumbas pintadas al fresco, a partir del siglo IV a.C., señal de que su papel en la religión etrusca estaba muy arraigado y extendido.

Una de sus representaciones más famosas se encuentra en la Tumba de Francisco en Vulci, de finales del siglo IV a.C., en la que Vanth aparece junto a personajes de la mitología griega como Aquiles y Pentesilea, lo que demuestra el refinado sincretismo cultural de los etruscos. Otras apariciones significativas son las de la Tumba de la Anina, de mediados del siglo III a.C., y la Tumba de los Demonios Azules, de finales del siglo IV-principios del III a.C., ambas en Tarquinia, donde se la ve junto al demonio Charun mientras acompaña a las almas al más allá. En estas imágenes, Vanth adopta posturas dinámicas, con las alas desplegadas y la antorcha en alto, mientras ilumina el camino, orienta el paso y participa en el momento de la separación sin transmitir nunca hostilidad.

En el universo etrusco, en efecto, la muerte no representaba una ruptura definitiva, sino un itinerario que debía completarse con los guías adecuados. Vanth, con su antorcha y sus alas, era la presencia tranquilizadora que garantizaba la continuidad y el acompañamiento. Un guardián de los umbrales, encargado de custodiar el momento más frágil de la existencia.

Charun, en cambio, es una figura que encarna la cara más brutal y ambivalente de la muerte. Demonio ctónico, presente desde el siglo IV a.C., no pertenece a un panteón consolador, sino que representa la necesidad ineludible de la muerte, su fuerza ciega, su violencia ritual. Su aspecto es uno de los más inquietantes de la iconografía etrusca: piel azul o verdosa, rostro deformado, nariz ganchuda en forma de pico, dientes prominentes, orejas equinas. Porta un enorme martillo, que no es un arma cualquiera, sino el instrumento con el que, según las interpretaciones más acreditadas, cierra para siempre las puertas del mundo de los vivos o castiga a las almas indignas.

Su figura aparece con frecuencia junto a Vanth, en una dialéctica iconográfica evidente. Donde Vanth asiste y dirige, Charun encarna el poder oscuro del umbral. Sus representaciones se concentran en las tumbas etruscas del periodo helenístico, cuando la imaginería funeraria se vuelve más dramática, más densa de miedo, más explícitamente vinculada a la necesidad de exorcizar lo desconocido.

Arte etrusco, Apolo de Veio (510-500 a.C.; terracota pintada, altura 180 cm; Roma, Museo Nazionale Etrusco di Villa Giulia)
Arte etrusco, Apolo de Veio (510-500 a.C.; terracota pintada, altura 180 cm; Roma, Museo Nazionale Etrusco di Villa Giulia)
Arte etrusco, Charun y Vanth (275-150 a.C.; pintura mural; Tarquinia, Tumba de la Anina). Foto: Necrópolis etrusca Crocifisso del Tufo Orvieto
Arte etrusco, Charun y Vanth (275-150 a.C.; pintura mural; Tarquinia, Tumba de la Anina). Foto: Crocifisso etrusco del Tufo Necrópolis Orvieto
Arte etrusco, Sacrificio de los prisioneros troyanos con las figuras de Vanth y Charun a ambos lados de Aquiles (340-330 a.C.; pintura mural; Tumba de Vulci, François)
Arte etrusco, Sacrificio de los prisioneros troyanos con las figuras de Vanth y Charun a ambos lados de Aquiles (340-330 a.C.; pintura mural; Vulci, Tumba de Francisco)

Entre sus representaciones más famosas figura la Tumba de los Demonios Azules de Tarquinia. Esta tumba, única por su color dominante y la riqueza de sus figuras, toma su nombre de las numerosas criaturas infernales pintadas en azul encarnado: un elemento cromático que recuerda el inframundo, la otredad del reino de los muertos. En la tumba, Charun aparece al lado de Vanth: sus alas son membranosas, su cuerpo ágil. Empuña un martillo y se mueve entre las almas y los monstruos con una presencia inquietante, casi teatral.

Toda la cámara funeraria está concebida como una escena: un cortejo fúnebre se despliega a lo largo de las paredes, deslizándose progresivamente hacia una visión infernal. Demonios, monstruos alados, criaturas compuestas habitan el espacio como guardianes y como amenaza. El color azul, esparcido por cuerpos y fondos, amplifica la sensación de un aire denso, de una viscosidad en otra parte. Charun, en este contexto, actúa como garante de lo irrevocable: el paso ha tenido lugar, y él es su guardián.

También en otras tumbas de Tarquinia, como la Tumba de los Àuguri o la de los Anina, y en las urnas cinerarias de Volterra, Charun aparece como figura aislada o en pareja con Vanth. Siempre con el martillo, siempre en actitud de control. En la puerta interior de la Tumba Anina se le representa frente a Vanth, como dos guardianes que vigilan la salida del alma de la tumba. A pesar de su aspecto monstruoso, Charun no pertenece al infierno punitivo: su presencia garantiza que el paso tenga lugar, que los muertos permanezcan muertos y que no se viole la frontera entre los mundos. Su brutalidad sirve al orden cósmico, su fuerza cierra el círculo de la vida. En el arte etrusco, es precisamente su deformidad lo que lo hace eficaz: representa la ruptura, lo otro de sí mismo, la fuerza que clava cada vida a su destino.

La espiritualidad etrusca se manifestaba con sorprendente intensidad incluso en los objetos más diminutos: pequeños bronces, inscripciones votivas, espejos grabados. La misma tensión sagrada que animaba los grandes ciclos murales se condensaba en estos fragmentos móviles. Eran objetos vivos, imbuidos de significado y a menudo destinados a un diálogo directo con lo divino. Los espejos de bronce, muy extendidos entre los siglos VI y III a.C., son quizá el testimonio más refinado de ello. Pulidos como espejos en la cara convexa, estaban finamente grabados en el reverso con escenas mitológicas, episodios heroicos y presencias divinas. La mujer etrusca que se reflejaba en ellos encontraba por la mañana detrás de ella a Turan, diosa del amor, o a Menrva armada, o a Lasa, espíritu alado de la fertilidad. El objeto no sólo servía para cuidar el rostro sino que, también en este caso, albergaba símbolos, protegía, evocaba.

Uno de los ejemplos más emblemáticos es el Espejo de Chalcante, en el que el adivino griego, al que los etruscos llamaban Chalcante, aparece representado con el gesto exacto del arúspice. Su pie desnudo, apoyado en una roca, en contacto directo con la tierra, examina un hígado de animal. El detalle es poderoso: para los etruscos, tocar la tierra era indispensable para establecer un canal con las fuerzas invisibles del mundo ctónico. El cuerpo se convierte en un medio, el órgano a leer en un mapa. Aquí, el artista lo ha dotado de alas para subrayar su función de conducto, su capacidad de ascender y descender entre los mundos. En ese objeto, concebido tal vez para una mujer culta y devota, la sabiduría adivinatoria se entrelaza con el deseo de contacto. Pero estos espejos también formaban parte a menudo del ajuar funerario y se colocaban junto al difunto como talismanes. Reflejaban la identidad y, tal vez, la proyectaban más allá de la muerte. En contextos funerarios, la figura del reverso se convertía en garante espiritual: un dios, una heroína, una presencia que acompañaba al alma en su tránsito.

Junto a los espejos, los bronces votivos desempeñan un papel igualmente importante. Ya en el siglo VIII a.C., los etruscos los producían en abundancia: figuras humanas en oración, animales de sacrificio, armas en miniatura, instrumentos simbólicos. El gesto del oferente, con el brazo levantado y la mano abierta, es uno de los más frecuentes en la cultura etrusca. A menudo, estos objetos iban acompañados de inscripciones dedicatorias, grabadas con fórmulas breves pero solemnes: “Mi X turanale”, “Yo, (nombre), a Turan”, o “Ramtha Zurask Tini muluvanike”, “(nombre) dio esto a Tinia”.

Arte etrusco, Espejo de Calcis (Vulci, finales del siglo V a.C.; bronce fundido, altura 18,5, diámetro 14,8 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 12240)
Arte etrusco, Espejo de Calcis (Vulci, finales del siglo V a.C.; bronce fundido, altura 18,5, diámetro 14,8 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 12240)
Arte etrusco, Bronzetto di offerente (siglo V a.C.; bronce; Castellina in Chianti, Museo Archeologico del Chianti)
Arte etrusco, Bronzetto di offerente (siglo V a.C.; bronce; Castellina in Chianti, Museo Archeologico del Chianti)

Entre ellos, dos bronces merecen un lugar propio por su fuerza formal y su poder simbólico. La Quimera de Arezzo, obra maestra de bronce del siglo V a.C., representa al monstruo mitológico con cabeza de león, cuerpo de felino, cabeza de cabra en el lomo y cola de serpiente. El cuerpo lleva grabada la inscripción “TINSCVIL”: “dado a Tinia”, la gran diosa celeste. Es una criatura herida, en giro dramático, como si simbolizara la victoria del orden cósmico sobre el caos primordial. Su sacrificio ya está en marcha, congelado en bronce.

El otro ejemplo es el Marte de Todi, de finales del siglo V a.C.. Encontrado en 1835 cerca de Todi, enterrado entre losas de travertino (tal vez como acto ritual tras la caída de un rayo), representa a un joven guerrero atrapado en un gesto suspendido: la libación antes de la batalla.

Lleva una coraza ceñida y unas clámides que realzan su postura erguida, casi hierática. Su brazo derecho, estirado hacia delante, ofrece con gesto solemne una patera, la copa ritual para verter vino a los dioses; el izquierdo descansa sobre una lanza, hoy perdida. Toda la composición está marcada por una severa compostura, con claras referencias a los modelos áticos de la segunda mitad del siglo V, en particular al ámbito de la escultura feidiana, pero con ecos también de la plasticidad policéfala en un equilibrio entre realismo idealizado y fuerza sagrada. La inscripción grabada en el borde de la túnica, en lengua umbra pero en alfabeto etrusco meridional, reza: “ahal trutitis dunum dede”, es decir, “Ahal Trutitis ha donado (esta estatua)”. El nombre, posiblemente celta, abre escenarios de intersecciones culturales entre los mundos umbro, etrusco y transpeninsular. El acto de dedicación implica un voto cumplido y realizado: se trata de un ex voto consagrado probablemente en un santuario dedicado a Laran, el dios etrusco de la guerra, equivalente al Marte romano.

La presencia de la inscripción grabada en el propio cuerpo de la estatua, no en una base, ni en un soporte auxiliar, sino en la túnica del guerrero, sugiere hasta qué punto la escritura formaba parte integrante de la acción sagrada. La palabra grabada actuaba, transformaba el bronce en un don, el gesto en un vínculo, la imagen en una ofrenda ritual. Esta profunda relación entre escritura y religión se refleja en otros testimonios, quizá menos espectaculares en tamaño, pero no en densidad teológica.

Etrusco, Quimera de Arezzo (principios del siglo IV a.C.; bronce, base de madera moderna, 103 x 136 x 50 cm; Florencia, Museo Archeologico Nazionale)
Etrusco, Quimera de Arezzo (principios del siglo IV a.C.; bronce, base de madera moderna, 103 x 136 x 50 cm; Florencia, Museo Archeologico Nazionale)
Arte etrusco, Marte de Todi (Todi, localidad Monte Santo, finales del siglo V a.C.; bronce fundido hueco, altura 141 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 13886)
Arte etrusco, Marte de Todi (Todi, localidad de Monte Santo, finales del siglo V a.C.; bronce, vaciado hueco, altura 141 cm; Ciudad del Vaticano, Museos Vaticanos, inv. 13886)
Etrusco, Liber linteus Zagrabiensis (siglo III a.C.; tela de lino, originalmente 340 x 45 cm; Zagreb, Museo Arqueológico)
Etrusco, Liber linteus Zagrabiensis (siglo III a.C.; tela de lino, originalmente 340 x 45 cm; Zagreb, Museo Arqueológico)
Etrusco, Tabula Capuana (primera mitad del siglo V a.C.; terracota, 62 x 48 cm; Berlín, Altes Museum)
Campo etrusco, Tabula Capuana (primera mitad del siglo V a.C.; terracota, 62 x 48 cm; Berlín, Altes Museum)
Etrusco, cippus de Perugia (siglos III-II a.C.; travertino, 149 x 54 x 24 cm; Perugia, Museo Arqueológico Nacional de Umbría.
Campo etrusco, Cippo di Perugia (siglos III-II a.C.; travertino, 149 x 54 x 24 cm; Perugia, Museo Archeologico Nazionale dell’Umbria

El más enigmático de estos textos es el Liber Linteus de Zagreb, el texto etrusco más largo que se conserva y el único libro de la Antigüedad que ha sobrevivido en lino. Se encontró envuelto en una momia egipcia. Se trata de un calendario litúrgico con secuencias de ceremonias, sacrificios prescritos y fechas que deben observarse. Cada columna es una veintena de rituales. Aunque el lenguaje sigue siendo en gran medida opaco, la intención es muy clara: escribir para ordenar, escribir para transmitir. El texto etrusco, de más de mil palabras, estaba destinado a quienes sabían reconocer un acto en el signo.

Otro documento fundamental es la Tabula Capuana, una tablilla de terracota hallada en Santa Maria Capua Vetere y fechable en el siglo V a.C. El texto, rigurosamente grabado sobre una superficie plana, alterna nombres de divinidades, fechas y fórmulas rituales. Tal vez estuviera colocado a la entrada de un santuario, o quizá sirviera de guía para una liturgia urbana. En cualquier caso, muestra una religión practicada a través de las palabras, donde cada sílaba tiene una función prescriptiva y cada acento establece un límite entre lo lícito y lo impuro.

Pero de todas las inscripciones etruscas, la de Cippo di Perugia es quizá la que más se acerca a un acto narrativo. Esculpido en piedra en el siglo II a.C., articulado en 46 líneas a dos caras, relata (se supone) un pacto de límites entre dos familias. Es un texto jurídico, pero tiene una estructura y una solemnidad que lo acercan al ritual. El mero hecho de que Gianni Rodari lo convirtiera en protagonista de uno de sus relatos, dándole voz y memoria, da fe del poder evocador de estas formas.

Quizá sea precisamente ahí donde reside el núcleo profundo de la espiritualidad etrusca: en la convicción de que la forma, el gesto, la palabra, el sonido, la piedra, todo, si se ejecuta con precisión, puede seguir hablando a los dioses.



Francesca Anita Gigli

El autor de este artículo: Francesca Anita Gigli

Francesca Anita Gigli, nata nel 1995, è giornalista e content creator. Collabora con Finestre sull’Arte dal 2022, realizzando articoli per l’edizione online e cartacea. È autrice e voce di Oltre la tela, podcast realizzato con Cubo Unipol, e di Intelligenza Reale, prodotto da Gli Ascoltabili. Dal 2021 porta avanti Likeitalians, progetto attraverso cui racconta l’arte sui social, collaborando con istituzioni e realtà culturali come Palazzo Martinengo, Silvana Editoriale e Ares Torino. Oltre all’attività online, organizza eventi culturali e laboratori didattici nelle scuole. Ha partecipato come speaker a talk divulgativi per enti pubblici, tra cui il Fermento Festival di Urgnano e più volte all’Università di Foggia. È docente di Social Media Marketing e linguaggi dell’arte contemporanea per la grafica.


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