Pero, ¿es la Bienal de Venecia o un circo? Aún no habíamos terminado de leer las últimas noticias sobre la llegada de los inspectores del Ministerio de Cultura a Ca’ Giustinian, cuando hoy llega el comunicado anunciando la dimisión en bloque del jurado. Desaparecido. Evaporado. Una semana antes de la inauguración. Y además, ¡sin motivo oficial! Y sí, el jurado elegido para esta sexagésimo primera edición de la Bienal ya había ofrecido señales poco equívocas. En primer lugar: emitió una declaración de intenciones no a través de los canales institucionales (que los hay a propósito, desde 1895: evidentemente demasiado decimonónicos), sino a través de una revista, e-flux, ciertamente respetable en sus ámbitos pero que no parece ser el órgano de ninguna institución con sede en la laguna. En segundo lugar, en su declaración de intenciones, el jurado inventa sus propios criterios de exclusión, al margen del reglamento. Es decir, “se abstendrá de considerar a aquellos países cuyos dirigentes estén actualmente acusados de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional”, y ello por un problema de “compromiso con la defensa de los derechos humanos”.
Ahora bien, en cualquier institución que quiera ser al menos pasable, cualquier golpe de mano de los jurados destinado a instaurar un régimen de autarquía ética sería recompensado con una escolta hasta la puerta. ¿No está bien que a la Bienal asistan países cuyos dirigentes están actualmente acusados de crímenes contra la humanidad? Si la política le causa vergüenza, considere la opción de quedarse en su sofá más cómodo, en lugar de buscar un torpe intento de renegociación unilateral de los términos mediante declaraciones de intenciones publicadas en la prensa. ¿Dónde se ha visto a un invitado a cenar que empiece a lanzar canapés a la cara del anfitrión porque el salmón ahumado no es de su agrado? Claro: interesante quizá como performance, menos cuando se valora como muestra de respeto institucional. Y el dilema es comprensible: ¿rechazamos el encargo y, al mismo tiempo, la posibilidad de escribir “jurado de la Bienal de Venecia” en el currículum? Intentemos resolverlo por conveniencia. El problema es que el expediente va en contra de uno de los principios cardinales de la Bienal, a saber, la igualdad de trato de todos los participantes.
Y de todos modos, seguimos sin saber a qué se deben estas dimisiones. Súbitas. Silenciosas. Compactas. Pero sin una sílaba de explicación, sin esa mínima unión de rendición de cuentas que en cualquier país mínimamente decente se considera un deber elemental de cualquiera que desempeñe un cargo público. Se supone que no nos enteramos de las razones por el Adnkronos, que, “por lo que sabemos”, dice que la dimisión dependería de la voluntad de cumplir la declaración de intenciones. En un país serio, quien dimite debe explicar inmediatamente por qué. Y hacerlo a través de los canales oficiales. No hay ninguna presión para hacerlo. Cuestión de imagen y prestigio (la Bienal de Venecia vive de su autoridad y este jurado, puede decirse, no ha hecho quedar bien a la Bienal de Venecia), cuestión de transparencia, y también cuestión de ética: si uno acepta formar parte de un jurado de la Bienal de Venecia, está asumiendo un importante papel público, tras el cual tiene derecho a dimitir, pero no justificar su elección equivale a faltar a un deber ético para con la comunidad cultural, el público, todo el mundo.
En cualquier caso, mientras en Venecia ya se oye resonar la Marcha de los Gladiadores de Fučík, la Bienal, ante la evidente imposibilidad de formar un nuevo jurado, se ha inventado que para esta edición los Leones los otorgará el público. Por primera vez en la historia, pues, uno de los premios de arte más importantes del mundo se decidirá por televoto. Como en Sanremo. Así que, mientras esperamos a ver si la institución del jurado demoscópico es un golpe de genio (el público, después de todo, podría resultar ser mejor árbitro que los jurados profesionales) o una enésima humillación, intentaremos valorar si esta institución, que fue la de Carlo Ripa di Meana, Paolo Portoghesi y Paolo Baratta, aún tiene algo que decir o ha tomado ya inexorablemente el camino de la variedad.
El autor de este artículo: Federico Giannini
Nato a Massa nel 1986, si è laureato nel 2010 in Informatica Umanistica all’Università di Pisa. Nel 2009 ha iniziato a lavorare nel settore della comunicazione su web, con particolare riferimento alla comunicazione per i beni culturali. Nel 2017 ha fondato con Ilaria Baratta la rivista Finestre sull’Arte. Dalla fondazione è direttore responsabile della rivista. Nel 2025 ha scritto il libro Vero, Falso, Fake. Credenze, errori e falsità nel mondo dell'arte (Giunti editore). Collabora e ha collaborato con diverse riviste, tra cui Art e Dossier e Left, e per la televisione è stato autore del documentario Le mani dell’arte (Rai 5) ed è stato tra i presentatori del programma Dorian – L’arte non invecchia (Rai 5). Al suo attivo anche docenze in materia di giornalismo culturale all'Università di Genova e all'Ordine dei Giornalisti, inoltre partecipa regolarmente come relatore e moderatore su temi di arte e cultura a numerosi convegni (tra gli altri: Lu.Bec. Lucca Beni Culturali, Ro.Me Exhibition, Con-Vivere Festival, TTG Travel Experience).
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