La interacción cultural entre etruscos y griegos, en lo que se conoce como la Etruria helenística, representa uno de los fenómenos más significativos de la Antigüedad, que dejó una profunda huella en el arte, la religión y la organización social. De hecho, Etruria se convirtió, en este periodo comprendido entre los siglos IV-III a.C. y el siglo I a.C., en un verdadero punto de encuentro entre ambas culturas. Las relaciones entre los etruscos y los griegos fueron el resultado de intensos intercambios comerciales: a través de estas relaciones, los etruscos hicieron suyos diversos aspectos de la civilización griega, insertándolos, sin embargo, en un contexto que seguía siendo firmemente etrusco, sin perder por ello su identidad. Las necrópolis y los hallazgos arqueológicos siguen siendo pruebas tangibles de esta relación y proporcionan valiosa información sobre el desarrollo de la sociedad etrusca, como demuestra la cabeza de una joven (una Kore ) encontrada recientemente en Vulci, ejemplo de escultura griega hallada en territorio etrusco.
Las investigaciones arqueológicas muestran cómo la sociedad etrusca sufrió una compleja transformación. El análisis de las necrópolis muestra la transición de una comunidad relativamente uniforme a una sociedad estratificada, en la que surgió una poderosa aristocracia. Al mismo tiempo, la urbanización etrusca prosiguió con la fundación de nuevos centros y la expansión de los asentamientos existentes. Este desarrollo urbano es indicativo de la creciente capacidad de las élites para controlar territorios, activar redes comerciales y promover actividades artesanales.
La expansión de la economía también conllevó una división del trabajo más articulada, evidente en las fases de fabricación de objetos, caracterizadas por la creciente entrada de mano de obra servil y una uniformidad cada vez mayor de la producción. En época helenística , Etruria aparece como un sistema productivo amplio y complejo, en el que operan numerosos centros especializados. Entre ellos destacan los del interior vinculados al valle del Tíber, como Volsinii, Falerii Veteres y Chiusi, y los del norte de Etruria, como Volterra. Las ciudades del sur de Etruria, por su parte, intentaban mantener un papel competitivo y distribuir sus manufacturas aprovechando su proximidad territorial y cultural a Roma. Parece que las influencias entre las diferentes culturas se ejercían principalmente de dos maneras: por un lado, el impacto de los objetos importados sobre los artesanos locales y, por otro, la llegada de técnicos y artistas de diferentes regiones del Mediterráneo, que aportaban conocimientos tecnológicos y repertorios figurativos. Veamos algunos ejemplos.
En la cerámica de figuras rojas, además de la referencia a los modelos griegos y de la Magna Grecia, evidente sobre todo en los vasos plásticos, se observa la presencia de motivos iconográficos también muy difundidos en la toreútica y la glíptica griegas y del sur de Italia, como las escenas de animales feroces que matan a presas indefensas, bien conocidas gracias a la Tumba François de Vulci, el monumental hipogeo construido por la familia vulcana de los Saties en la segunda mitad del siglo IV a. C..C. que fue descubierto en 1857 por el arqueólogo Alejandro François, que le da nombre. La tumba consta de siete cámaras funerarias dispuestas alrededor de un atrio y un tablinum, cuyas paredes estaban decoradas con un vasto ciclo de frescos. Éstos fueron desprendidos en 1863 por iniciativa de los príncipes Torlonia y se encuentran actualmente en Roma, en la Colección Torlonia de Villa Albani. Su programa figurativo combinaba personajes de la mitología griega con elementos del mundo etrusco.
El propio Alessandro François descubrió también la famosa crátera François, apodada el Rey de los Vasos por su monumentalidad y su decoración de tema mitológico (en el friso principal la procesión de las bodas de Peleo y Tetis), obra maestra de la producción ática con figuras negras conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Florencia. La crátera de voluta, en la que aparecen los nombres del alfarero Ergotimos y del pintor Kleitias, fue hallada en fragmentos en la zona de dos túmulos etruscos de Fonte Rotella, cerca de Chiusi, en 1844-1845 y reconstruida por el restaurador Vincenzo Monni. En cuanto a la cerámica vidriada en negro, los talleres del interior de Etruria septentrional, en particular la producción de Malacena, presentan decoraciones en relieve y superficies de efecto metálico, claramente inspiradas en prototipos metálicos del mundo griego y de la Magna Grecia.
Entre las manufacturas del periodo helenístico, las urnas también tienen gran importancia. Las producciones de Chiusi y Volterra presentan temas mitológicos griegos e iconografía funeraria realizados en talleres en los que son especialmente evidentes las influencias estilísticas de Pérgamo, Rodas y el entorno aticista. En Volterra se utilizan el alabastro y la toba y, en algunos casos, la terracota, mientras que en Chiusi se emplean el alabastro, el travertino y la terracota locales. Las innovaciones de la época helenística media y tardía se atribuyen al trabajo de artesanos con formación helenística, mientras que a principios del siglo II a.C., las obras del llamado Maestro de Oenomaus introducen nuevos esquemas compositivos y una intensidad expresiva que recuerda la tradición apergaminada.
En Tarquinia, a partir de mediados del siglo IV a.C., se produjeron sarcófagos de mármol o travertino, obras de artesanos helenizados y destinados a mecenas de alto rango, junto a ejemplos más baratos en piedra local. Entre mediados del siglo IV y principios del III a.C. se generalizó un friso con animales luchadores en las caras largas de los sarcófagos, esquema figurativo también muy común en la cerámica y la toreútica griegas y de la Magna Grecia. En Chiusi, en cambio, dominan las escenas mitológicas y las imponentes Galatomachiae (representaciones de luchas entre griegos y gálatas), que remiten a modelos tardoclásicos y helenísticos tempranos.
En cuanto a los espejos, el tipo theca, afín a los ejemplos de la Magna Grecia y Macedonia, se generalizó en este periodo. Este modelo, desarrollado en Grecia ya a finales del siglo V a.C., se extendió después tanto a Jonia como a Magna Grecia, dando lugar a una producción especializada. Los artesanos etruscos también transpusieron con facilidad esta nueva tipología.
En las prácticas sociales de la aristocracia etrusca, el banquete-simposio se convirtió en uno de los elementos más representativos. El banquete representa uno de los momentos centrales de la vida social etrusca, al igual que ocurría en el mundo griego, del que se toma prestada esta práctica. Es una ocasión que sirve también como signo de prestigio, ya que atestigua la pertenencia a las altas esferas de la sociedad. Durante estos banquetes, se utilizan en la mesa numerosos recipientes de cerámica y bucchero, en su mayoría producidos en talleres locales. Junto a las piezas más comunes, como cuencos, platos y jarras, aparecen también formas tomadas del repertorio griego, como la copa de dos asas, la kylix, destinada principalmente al consumo de vino.
La información que la cultura etrusca nos ha transmitido directamente sobre el banquete y el simposio procede casi exclusivamente de material hallado en contextos funerarios. Esto nos obliga, salvo contadas excepciones, a observar tales prácticas a través de la lente del mundo de las tumbas. Un ejemplo es la Tumba de los Leopardos de la necrópolis de Tarquinia, fechada en el 473 a.C. Se trata de una tumba de cámara rectangular, con una superficie de 1,5 metros cuadrados. Se trata de una tumba de cámara rectangular cuyo nombre se debe a la representación de dos leopardos con las fauces abiertas alrededor de un árbol en el espacio trapezoidal situado frente a la entrada. El simposio representado tiene lugar al aire libre, entre olivos, y jóvenes sirvientes desnudos llevan la comida a hombres y mujeres que aparecen tumbados sobre triclinios. Surge así en el contexto funerario la imagen que los propios etruscos decidieron dejar de sí mismos: una representación en la que el banquete se convierte en símbolo de la vida aristocrática y en momento privilegiado de relación y cohesión social. Esta concepción se refleja en los ajuares funerarios depositados en las tumbas, que pueden interpretarse como manifestaciones intencionadas de la riqueza poseída en vida y como una forma de ostentación del propio rango.
En cuanto a la religión, entre las divinidades veneradas por los etruscos figuraba el dios Culsans, guardián de las puertas y los ciclos del tiempo, representado con dos caras y mirando simultáneamente hacia dentro y hacia fuera, por lo que podríamos decir por extensión hacia el pasado y el futuro. Su iconografía se desarrolló en un contexto en el que figuras similares ya estaban presentes en otras culturas. En Grecia, de hecho, ya en la época arcaica, apareció Argos, el guardián de dos caras, mientras que en Roma, en el mismo periodo, se definió la imagen arcaica de Jano, también representado con dos caras y una larga barba, una evidente reelaboración del modelo griego de Argos.
Con la época helenística, la renovada iconografía de Argos parece ejercer una mayor influencia sobre la de Jano, que comienza a representarse con barba corta y rizada, o a veces sin barba. La figura de Argos se extiende también a Etruria en el siglo IV a.C., conservando sus rasgos originales. Los testimonios visuales más antiguos del dios Culsans hallados en Etruria se remontan al periodo helenístico: Se trata de la estatuilla de bronce de la Porta Ghibellina de Cortona, conservada actualmente en el MAEC de Cortona, que es la única imagen de cuerpo entero de la divinidad etrusca, y de monedas de bronce de la ciudad de Volterra en las que se representan cabezas juveniles de dos caras (hay que señalar que las monedas del siglo III ya no son (hay que señalar que las monedas del siglo III ya no son de oro ni de plata, sino sólo de bronce fundido, y son emitidas sobre todo por centros de importancia minera como Tarquinia, Vetulonia, Populonia y Volterra, pero sobre todo es importante precisar cómo las representaciones que aparecen en ellas son verdaderos indicios de los cultos practicados en los centros de emisión, como la cabeza bifronte de las monedas de Volterra, o de las actividades que allí se desarrollaban, como las herramientas de herrero de las monedas de Populonia). El Museo Nacional Etrusco de Villa Giulia , en Roma, conserva dos cabezas de terracota procedentes de la Puerta Norte de Vulci, moldeadas y acabadas a mano, que representan una divinidad bifronte con barba poblada; el Museo Arqueológico Nacional de Florencia conserva también unoinochoe vidriado en negro, un vaso janiforme caracterizado por un tocado particular realizado con la piel de una cabeza de carnero, atribuible a la fábrica de Malacena y, por tanto, de producción volterrana.
Unaobra maestra etrusca de inspiración griega que representa a una deidad, esta vez femenina, es la Minerva de Arezzo, ahora en el Museo Arqueológico Nacional de Florencia. En bronce hueco y realizada en las primeras décadas del siglo III a.C. con la técnica de la cera perdida, la diosa de la sabiduría y de la guerra está representada con el yelmo levantado sobre la cabeza, la égida con el gorgoneion sobre el pecho y el largo quitón que le llega hasta los pies. Debe su nombre a la ciudad en la que fue descubierta, Arezzo, en 1541, cerca de la iglesia de San Lorenzo; fue adquirida en la colección de Cosme I de Médicis para el Studiolo di Calliope del Palazzo Vecchio.
El semidiós griego Heracles, famoso por su fuerza, también fue recibido en el mundo etrusco con el nombre de Hércules, como atestigua el Hígado de Piacenza, modelo en bronce de un hígado de oveja con inscripciones etruscas que datan del periodo comprendido entre los siglos II y I a.C., actualmente conservado en el palacio Farnese de Piacenza, en el que puede leerse el nombre “herc”. En el Museo Arqueológico Nacional de Florencia se pueden ver varias estatuillas de bronce que lo representan, siempre vestido con la leonté (la piel del león nemeo al que derrotó) y armado con un garrote que sostiene en alto. En algunos casos, como en el grabado de un espejo de Volterra, se le representa según un mito completamente etrusco, es decir, amamantado por la diosa Uni.
En definitiva, estos intercambios no sólo enriquecieron la vida social y artística de Etruria, sino que también contribuyeron a la formación de una identidad cultural compleja y original, capaz de combinar armoniosamente elementos etruscos y griegos.La Etruria helenística aparece así como un territorio dinámico, abierto a las influencias externas, pero firmemente apegado a sus propias tradiciones.
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