Llevo asistiendo a Arte Fiera Bologna desde 2006. Por aquel entonces, yo era un asistente de galería, imberbe y sin experiencia alguna, de esos que aprenden curioseando, manteniéndose al margen. Recuerdo bien aquella primera edición: había nieve blanqueando Bolonia y hacía que el paso continuo entre los pabellones y la ciudad fuera más cansado, casi iniciático. El primer día que vendimos todo el stand, tuve que colgar cuadros nuevos en todas las paredes mientras mi jefe ordenaba los cheques. Desde entonces he vuelto todos los años, y las cosas han cambiado. Veinte ediciones consecutivas. El mercado ha cambiado, las galerías han cambiado, nosotros también hemos cambiado.
Este año Bolonia ha sido todo lo contrario: días soleados, temperaturas suaves, mesas llenas. La gastronomía de siempre que funciona como pegamento, como una segunda feria paralela, y el calor de una ciudad universitaria que duerme poco, vive bajo los soportales y mantiene una dimensión humana que muchos recintos feriales han sacrificado en el altar del crecimiento. Arte Fiera es también esto: un acontecimiento que no se queda encerrado en los pabellones, sino que se extiende naturalmente por la ciudad, como tinta que gotea.
Desde esta perspectiva, estratificada en el tiempo, debe leerse el balance de Arte Fiera Bologna 2026.
La feria funcionó, pero lo hizo dentro de un perímetro que ya es claramente reconocible. Un recinto doméstico, nacional, popular, en el mejor sentido del término. El nuevo director artístico Davide Ferri, junto con el director de operaciones Enea Righi, lo dijeron sin pretensiones: Arte Fiera es, y será cada vez más, una feria nacional-popular. Pop no en el sentido de simplificación, sino en el de adhesión a un público real, compuesto en gran parte por coleccionistas italianos, principalmente del Centro-Norte. Las presencias internacionales siguen siendo marginales, si no totalmente ausentes, el Sur sigue estando poco representado. Un hecho, más que un defecto que achacar.
Desde el punto de vista comercial, las indicaciones recogidas al hablar con numerosas galerías convergen bastante. La franja inferior a 7.000-10.000 euros ha funcionado bien, a veces muy bien. Aquí el mercado ha funcionado como un motor bien engrasado: obras accesibles, de artistas jóvenes o a mitad de carrera ya estructurada, han encontrado un público más fluido y menos temeroso. Por el contrario, por encima de este umbral la máquina empezó a perder fuelle. Obras importantes, obras maestras de museo, propuestas de 200, 300 o 500.000 euros a menudo permanecían inmóviles, observadas como se observa un escaparate de lujo sin entrar en él. Esto se lo ponía difícil sobre todo a las grandes galerías modernas, que traían a Bolonia obras de gran calidad y ambición. Stands sólidos como el de Mazzoleni o Tornabuoni registraron resultados decentes, pero no como para hacer plenamente sostenible el funcionamiento de la feria. El problema no es la oferta, sino el terreno de juego, que hoy absorbe menos peso y devuelve menos impulso.
La paradoja es bien conocida, pero hoy es más evidente: con ventas inferiores a 10.000 euros es complicado sostener stands de 25-30.000 euros, recuperar costes y generar márgenes reales. Sin embargo, este es precisamente el mercado que está emergiendo, al menos a nivel nacional. No es el mercado de las ventas millonarias de las casas de subastas ni el de los particulares con patrimonios ultra elevados. Es un mercado más cotidiano, que camina a ritmo humano, hecho de elecciones meditadas y compras menos impulsivas. Puede dar satisfacciones, pero no corre tan rápido como hace diez o quince años.
También hay una razón cultural, además de económica. Para las generaciones anteriores, la compra de una casa implicaba casi automáticamente la de un cuadro, parte integrante del mobiliario y la identidad burgueses. Hoy, este mecanismo se ha roto. El cuadro ya no es un pilar de la vida, sino un elemento opcional, a menudo aplazable. De ahí una mayor propensión hacia obras menos exigentes, más accesibles y ligeras, incluso a nivel simbólico.
En este sentido, la comparación con ferias como Brafa Bruselas (que acaba de celebrarse en enero) es instructiva. También allí los resultados fueron decentes, pero principalmente en la gama media-baja. Las incertidumbres internacionales permanecen en el fondo como un ruido de fondo constante, incluso con unas bolsas saneadas. Los coleccionistas, especialmente los locales, proceden con cautela, tanteando el terreno antes de cada paso.
Sin embargo, Arte Fiera no debe medirse por el rasero de Artissima o Miart. Las ambiciones son diferentes, al igual que el público. Así lo demuestra también el regreso a Bolonia de galerías como Alfonso Artiaco o Kaufmann Repetto: operadores de perfil internacional, conscientes de que aquí no se encontrarán con la clientela habitual de Frieze o Art Basel, sino con un ecosistema diferente, que requiere otros mapas y otras velocidades.
La selección comisariada por Davide Ferri fue sólida en su conjunto, al igual que la disposición. La organización sigue siendo la de siempre: Bolonia, para bien o para mal. Una ciudad que parece haber dejado de perseguir modelos que no le pertenecen y está redescubriendo una dimensión más honesta, nacional y reconocible. Este es probablemente el posible futuro de Arte Fiera: ya no la plaza de las ventas millonarias de hace quince años, cuando el empresariado triveneto mantenía en pie el sistema, sino una cita central en el ecosistema ferial italiano, capaz de contar sin ilusiones el estado real de las cosas.
Hoy ya no se venden en Bolonia obras de 200 o 500 mil euros. Esto es un hecho. Pero esto no significa que Arte Fiera haya perdido su significado. Más bien significa que ha cambiado de piel. Y como toda mutación, deja algo al descubierto, pero también se abre a una nueva forma de adaptación.
Nota fiscal e institucional: la introducción del IVA reducido al 5% sobre las obras de arte, saludada como una conquista histórica, ha tenido hasta ahora un impacto limitado en el mercado real, sobre todo en el moderno, donde prevalece el régimen de márgenes y el impuesto se aplica sobre la diferencia entre compra y venta. Más interesante, sin embargo, es el fondo de 100.000 euros destinado por BolognaFiere a las adquisiciones en la feria: no decisivo, pero sí concreto. Una señal. Y hoy, en un mercado que avanza por inercia más que por impulso, hasta las señales cuentan.
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