¿Qué queda hoy del futurismo?


Nacido como una ruptura radical con el pasado, el futurismo celebraba la velocidad, la energía y el movimiento. Hoy, en medio de los feeds y las imágenes aceleradas, esas ideas parecen resurgir como un eco visual que nos ayuda a leer el presente. ¿Qué queda entonces del Futurismo? Una reflexión de Federica Schneck.

Era el 20 de febrero de 1909 cuando Filippo Tommaso Marinetti saltó a la portada de Le Figaro, tras publicar primero en varios periódicos italianos (empezando por la Gazzetta dell’Emilia el 5 de febrero) un texto que aún hoy vibra como un ariete, el Manifiesto del Futurismo. Queremos alabar al hombre que sostiene el volante...", se leía. Un grito, sí, contra el pasado, contra toda forma de inmovilismo, contra aquello que frena la forma, la energía, la vida. El futurismo nació como una revolución estética y civil: la ciudad en marcha, el coche a toda velocidad, los puentes elevados hacia el cielo. Pintores como Umberto Boccioni, Giacomo Balla y Gino Severini se unieron a Marinetti, buscando no plasmar formas estáticas, sino el movimiento mismo: el paso, el salto, el tráfico, el viento azotando los rostros. Cada pincelada es un impulso, cada línea una trayectoria, cada objeto una explosión de energía.

El futurismo proclamaba la belleza de la velocidad, el poder de la máquina, la fuerza del progreso. Edificios, coches, bicicletas, fábricas, ciudades: todo se convertía en tema estético, todo gritaba dinamismo. La pintura y la escultura se descomponían en planos superpuestos, líneas quebradas y colores vibrantes, no para reproducir la realidad, sino para traducirla en experiencia visual. Era un arte que hablaba de energía, de intensidad, de vida en movimiento, y no se detenía a contemplar.

La portada de Le Figaro del 20 de febrero de 1909 con el Manifiesto Futurista
La portada de Le Figaro del 20 de febrero de 1909 con el Manifiesto Futurista

¿Y hoy? Tal vez aquel grito de 1909 no se haya extinguido del todo. No es necesario forzar los paralelismos, basta con observar cómo el mundo visual contemporáneo está atravesado poruna ansiedad de movimiento. Animaciones que rompen la imagen, feeds de redes sociales que se desplazan sin parar, logotipos inclinados, diseños industriales que parecen moverse incluso cuando están inmóviles. No son “hijos” directos del Futurismo, pero habitan en la misma sensibilidad: la que ve en la velocidad una forma de expresión, en el dinamismo un lenguaje. Es una hipótesis, una posibilidad de interpretación, un delgado hilo que une su búsqueda de energía al frenesí visual de nuestro tiempo. Pero la historia del Futurismo no sólo trata del impulso y las líneas diagonales. En su interior hay biografías desgarradoras, opciones radicales y profundas contradicciones.

Balla, por ejemplo, vendió todas sus obras prefuturistas en 1913 y colgó un cartel en su estudio que rezaba: “Balla ha muerto. Aquí vendemos las obras del Balla muerto”. Un gesto de ruptura total con el pasado. Poco después, Boccioni mezcló pintura, escultura, arquitectura, escribió manifiestos y textos teóricos, buscando un arte total que no se limitara al lienzo. Y luego está el aspecto difícil, el menos celebrado: la exaltación de la guerra, el vínculo con el nacionalismo, la frase “la guerra es la única higiene del mundo” que todavía hoy pesa como una responsabilidad histórica. Comprender el Futurismo significa también aceptar sus sombras, reconocer que su estética nació en el seno de complejas tensiones políticas y culturales.

Giacomo Balla, Automóvil + velocidad + luz (1913-1914; acuarela y sepia sobre papel, 67 x 88,5 cm; Milán, Museo del Novecento)
Giacomo Balla, Automóvil + velocidad + luz (1913-1914; acuarela y sepia sobre papel, 67 x 88,5 cm; Milán, Museo del Novecento)
Umberto Boccioni, Carga de los lanceros (1915; pluma y tinta negra, témpera y collage sobre papel aplicado a lienzo, 33,4 x 50,3 cm; Milán, Museo del Novecento)
Umberto Boccioni, Carga de los lanceros (1915; pluma y tinta negra, témpera y collage sobre papel aplicado a lienzo, 33,4 x 50,3 cm; Milán, Museo del Novecento)

Reflexionar sobre nuestra contemporaneidad pensando en el Futurismo se convierte entonces en un ejercicio de sensibilidad, no de genealogía. Un logotipo inclinado, un anuncio que utiliza la diagonal para sugerir velocidad, una interfaz que se desliza con un gesto fluido del dedo, son elementos que, sin ser “descendientes”, parecen conversar con la misma urgencia que antaño. Los futuristas hablaban de “simultaneidad de percepciones” y algo de esa simultaneidad pervive en lasobrecarga visualde nuestras pantallas, donde todo sucede a la vez, todo fluye, todo reclama atención. El futurismo no nos ofrece respuestas, sino una lente: la velocidad como forma, la energía como lenguaje, el movimiento como deseo.

No se trata de decir que la gráfica social o contemporánea “deriva” del futurismo: eso sería simplista. Se trata más bien de reconocer en la imaginería actual una tensión similar, una especie de eco. El rechazo de la inmovilidad, la urgencia de emerger, la necesidad de transformar cada imagen en un gesto dinámico. La alimentación fluida no espera, empuja. El diseño no quiere detenerse, acelera. La comunicación visual vive en la rapidez, en el impacto inmediato, en la carrera. Y quizás, incluso sin quererlo, habla el mismo lenguaje que los futuristas intentaron inventar hace cien años, el de un mundo que nunca se detiene.

Al leer el Futurismo dentro de la contemporaneidad , no debemos olvidar que aquella celebración de la velocidad, aquella carrera hacia lo nuevo, también tuvo una larga sombra. El héroe de la máquina era también el héroe de la máquina de guerra, y la modernidad, para los futuristas, no avanzaba gradualmente: se abría paso, se rompía, se borraba. Entender el Futurismo significa, por tanto, comprender su doble naturaleza: un gesto de extraordinaria imaginación estética y, al mismo tiempo, un acto político, radical, incluso brutal. Y quizás sea precisamente esta ambivalencia la que hace que siga siendo una herramienta útil para leer nuestro presente, porque nos recuerda que toda aceleración conlleva un riesgo, un deseo, una herida.

La narrativa del futurismo no se queda confinada a su tiempo: nos habla de la ciudad digital, de la pantalla que se desplaza, del consumo visual que no deja respirar. Es un eco de aquel deseo de “reconstruir el universo” que proclamaba Marinetti, reescrito en las formas de hoy.

Leer Futurismo hoy no es buscar un parentesco forzado, sino reconocer que ciertas intuiciones pueden resurgir de maneras diferentes, inesperadas, incluso inconscientes. Y quizás, la próxima vez que navegue por un feed o vea un anuncio que da la impresión de proyectarse hacia delante, se sorprenda al percibir una similitud subterránea: un empuje, una vibración, un impulso visual que no quiere quedarse quieto. No es un legado que se pueda identificar con precisión, sino una impresión, una reverberación. Una forma de darse cuenta de que algunas ideas, cuando nacen con fuerza, siguen moviéndose, incluso cien años después.



Federica Schneck

El autor de este artículo: Federica Schneck

Federica Schneck, classe 1996, è curatrice indipendente e social media manager. Dopo aver conseguito la laurea magistrale in storia dell’arte contemporanea presso l’Università di Pisa, ha inoltre conseguito numerosi corsi certificati concentrati sul mercato dell’arte, il marketing e le innovazioni digitali in campo culturale ed artistico. Lavora come curatrice, spaziando dalle gallerie e le collezioni private fino ad arrivare alle fiere d’arte, e la sua carriera si concentra sulla scoperta e la promozione di straordinari artisti emergenti e sulla creazione di esperienze artistiche significative per il pubblico, attraverso la narrazione di storie uniche.


Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.