Cuando el arte provoca: ¿libertad expresiva o irresponsabilidad? ¿Hasta dónde se puede llegar?


En arte, provocación no siempre es sinónimo de pensamiento crítico. Algunas obras abren debates necesarios, otras cruzan umbrales éticos difíciles de justificar. ¿Hasta dónde se puede llegar? La reflexión de Federica Schneck.

Desde sus inicios,el arte contemporáneo ha hecho a menudo de la provocación una de sus herramientas privilegiadas. Provocar significa agitar, sacudir, desestabilizar. Desencadenar la fricción entre la obra y el espectador. Romper las costumbres estéticas, morales y políticas. Pero en una época en la que todo puede considerarse ofensivo, en la que cada gesto está sometido a vigilancia social y cultural, ¿sigue siendo legítima la provocación? ¿O corre el riesgo de convertirse en irresponsable? Es una pregunta que preocupa no sólo al artista, sino también a los comisarios, las instituciones y el público. ¿Dónde acaba la libertad artística? ¿Dónde empieza la responsabilidad hacia el contexto, hacia la sociedad, hacia la memoria? ¿Tiene el arte el derecho, o incluso el deber, de romper tabúes? ¿O existen límites éticos infranqueables?

Las respuestas nunca son inequívocas. Pero algunos casos concretos pueden ayudarnos a reflexionar sobre la profundidad de esta tensión. Hay obras provocadoras que no sólo nos sacuden, sino que nos abren una puerta de sentido. Pensemos en Santiago Sierra, artista español conocido por obras que escenifican la desigualdad y la explotación. En 2003, en el Pabellón Español de la Bienal de Venecia, Sierra cubrió la entrada con un muro de hormigón, permitiendo el acceso sólo a quienes tuvieran pasaporte español. El gesto fue duramente criticado, pero planteó una cuestión candente: la inclusión selectiva en los sistemas culturales y políticos. O tomemos el caso del artista chino Ai Weiwei, que en 2010 expuso en la Tate Modern de Londres Semillas de girasol: un océano de semillas de porcelana hechas por artesanos chinos. La obra, además de su impacto visual, denunciaba la relación entre producción en masa, individualidad borrada y trabajo invisible. Una provocación silenciosa pero poderosa.

En estos casos, la provocación no es un fin en sí mismo. Está pensada, argumentada, motivada por una urgencia ética y política. No busca el escándalo, sino la confrontación. No persigue la visibilidad, sino generar una fricción real con el contexto. Distinto es el caso de obras que parecen buscar deliberadamente el límite, más para suscitar clamor que para construir un discurso crítico. Un ejemplo comentado es el del artista belga Wim Delvoye, conocido por su obra Cloaca (2000), una máquina que reproduce artificialmente el proceso digestivo humano, produciendo excrementos. La obra ha sido ensalzada por algunos como una reflexión radical sobre el consumismo y la fisiología, pero para otros es el emblema de una provocación estéril y autorreflexiva que deja de interpelar al espectador para convertirse en un puro ejercicio de shock. Aún más problemático fue el caso de Tom Otterness, artista estadounidense que en 1977 mató a un perro callejero como parte de una performance titulada Shot Dog Film. La obra, documentada en un vídeo, sigue siendo hoy el centro de una fuerte polémica. Algunas ciudades que acogieron sus esculturas públicas (como San Francisco) decidieron retirarlas después de que el hecho saliera a la luz. En este caso, la provocación no abre un debate: hiere. Cruza un umbral de responsabilidad no sólo ética, sino civil.

Santiago Sierra, Palabra tapada (2003, Pabellón de España en la Bienal de Venecia)
Santiago Sierra, Palabra tapada (2003, Pabellón de España en la Bienal de Venecia)
Ai Weiwei, Semillas de girasol (2011, Londres, Tate Modern, Sala de Turbinas)
Ai Weiwei, Semillas de girasol (2011, Londres, Tate Modern, Sala de Turbinas). Foto: Wikimedia/Ismoon
Ai Weiwei, Semillas de girasol (2011)
Ai Weiwei, Semillas de girasol (2011)

Entre los ejemplos más emblemáticos del debate entre libertad artística y responsabilidad social se encuentra Hermann Nitsch, fundador del accionismo vienés. Sus famosas acciones teatrales Orgien Mysterien, rituales sacrificiales impregnados de sangre animal, carne y crucifixiones simuladas, han recorrido Europa desatando escándalos, protestas por los derechos de los animales y acusaciones de blasfemia. En 2015, la obra de Nitsch prevista en el Museo Madre de Nápoles fue el centro de una feroz campaña pública: se hablaba de “carnicería exhibida como arte”, de “horror disfrazado de cultura”. Sin embargo, muchos críticos e intelectuales defendieron la obra como expresión radical de un lenguaje artístico extremo pero profundamente coherente. En este caso, el conflicto es evidente: por un lado, la autonomía del artista y del lenguaje; por otro, la sensibilidad colectiva. Pero el verdadero problema, tal vez, no sea la obra en sí, sino la capacidad de las instituciones para mediar, explicar, cuestionar, en lugar de dejar al espectador solo ante el trauma.

Si bien es cierto que la libertad de expresión es un derecho fundamental, también lo es que ningún derecho es absoluto. Todo gesto artístico, cuando se coloca en un espacio público -museo, bienal, calle- adquiere un poder simbólico que produce efectos concretos. Por eso las instituciones culturales tienen una tarea muy delicada: garantizar la libertad de los artistas, pero también la responsabilidad ante el contexto, el público, las fragilidades sociales. Esto no significa censura, sino cuidado. No significa evitar los conflictos, sino acompañarlos. Proporcionar herramientas críticas, crear oportunidades de confrontación, construir alianzas entre arte y pensamiento. Cuando la polémica estalla sin mediación, el problema no es tanto la obra como el vacío comunicativo que la rodea.

Wim Delvoye, Cloaca (2000)
Wim Delvoye, Cloaca (2000)
Acción de Hermann Nitsch en el Burgtheater de Viena (2005). Foto: Georg Soulek / Fundación Nitsch
Acción de Hermann Nitsch en el Burgtheater de Viena (2005). Foto: Georg Soulek / Fundación Nitsch
Banksy, Dismaland (2015). Foto: Abigal Owen Comisaria
Banksy, Dismaland (2015). Foto: Abigal Owen Curator

Otra cuestión fundamental es quién es el objeto de la provocación. Provocar al poder es un gesto valiente. Provocar a los que no tienen voz puede ser un gesto cruel. El arte que ofende a los márgenes, a las víctimas, a los frágiles, corre el riesgo de reforzar los mismos mecanismos de exclusión que se supone que desafía. En 2019, la performance Dismaland de Banksy, un parque temático satírico inspirado en Disneylandia, fue un gran éxito, pero también suscitó críticas por trivializar la difícil situación de los refugiados al incluir un “tiovivo” que simulaba una travesía en barco por el Mediterráneo. Algunos acusaron a la obra de convertir una tragedia humana en un espectáculo. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿es eficaz la provocación cuando denuncia o cuando espectaculariza? ¿Cuando da voz o cuando explota?

En definitiva, la línea que separa la libertad de la responsabilidad no puede trazarse definitivamente. Cada obra, cada gesto, cada contexto requiere una evaluación específica, cuidadosa y compleja. Pero lo que sí podemos afirmar con certeza es que la libertad artística no coincide con la arbitrariedad. El artista no es un ser por encima de las partes. Es un actor social, un constructor de sentido, un creador de imágenes. Y por eso mismo tiene una responsabilidad cultural. Una responsabilidad que, hay que decirlo, recae no sólo sobre quien crea, sino también sobre quien expone, sobre quien escribe, sobre quien mira. El público no es un ente pasivo: forma parte del discurso. Tiene derecho a cuestionar, criticar y rechazar. Pero también el deber de comprender, de profundizar, de contextualizar. En una época dominada por la comunicación instantánea, las redes sociales y el sensacionalismo, la provocación corre el riesgo de convertirse en un atajo. Pero el arte, el de verdad, no busca el clamor: busca el conflicto fértil, la duda fecunda, la apertura del pensamiento. Tal vez, entonces, la verdadera cuestión no sea si se puede seguir provocando, sino cómo, a quién, por qué. La libertad artística no está en peligro cuando la obra molesta, sino cuando deja de hacerlo para agradar. Y la responsabilidad no es un freno, sino una condición para dar profundidad, hondura y futuro a la provocación.



Federica Schneck

El autor de este artículo: Federica Schneck

Federica Schneck, classe 1996, è curatrice indipendente e social media manager. Dopo aver conseguito la laurea magistrale in storia dell’arte contemporanea presso l’Università di Pisa, ha inoltre conseguito numerosi corsi certificati concentrati sul mercato dell’arte, il marketing e le innovazioni digitali in campo culturale ed artistico. Lavora come curatrice, spaziando dalle gallerie e le collezioni private fino ad arrivare alle fiere d’arte, e la sua carriera si concentra sulla scoperta e la promozione di straordinari artisti emergenti e sulla creazione di esperienze artistiche significative per il pubblico, attraverso la narrazione di storie uniche.


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