La primera exposición de 2026 de la Galería Alfonso Artiaco de Nápoles está dedicada a Achille Perilli (Roma, 1927 - Orvieto, 2021), uno de los protagonistas más rigurosos y radicales de la abstracción italiana de la segunda mitad del siglo XX. Titulada simplemente Achille Perilli, es también la primera exposición que la galería dedica al artista. La exposición, programada del 19 de enero al 28 de febrero de 2026, se inaugura oficialmente el sábado 17 de enero a partir de las 11.00 horas y ofrece una selección de obras que se remontan a uno de los ciclos más intensos, coherentes y duraderos de la investigación del artista, que comenzó a finales de los años sesenta y se desarrolló en las décadas siguientes.
La exposición pretende ofrecer la oportunidad de releer la obra de Perilli a la luz de una reflexión teórica y formal que atraviesa toda su producción. Las obras presentadas pertenecen a una fase en la que el pintor elabora con mayor conciencia una concepción de la forma como proceso dinámico e inestable, y del espacio como dimensión conceptual, nunca reducible a mero soporte o lugar de representación.
Para comprender plenamente el alcance del ciclo expuesto, es necesario recordar el contexto histórico y teórico del que procede. La experiencia de Forma 1, grupo fundado en 1947 por Perilli junto a otros artistas e intelectuales, marca el inicio de una reflexión que cuestiona los fundamentos mismos de la tradición figurativa. En ese clima, se afirma una idea de la forma, no como una entidad acabada, sino como un estado de tensión permanente, abierto a la transformación y al cambio. La forma se convierte así en el lugar de un conflicto productivo, un campo de fuerzas en el que se miden las instancias racionales y las pulsiones irracionales, el rigor constructivo y la inestabilidad perceptiva.
A finales de los años sesenta, en un momento histórico marcado por la crisis de los sistemas de perspectiva tradicionales, Achille Perilli definió una posición teórica de gran coherencia, explicitada en el texto de 1969 Indagine sulla prospettiva (Investigación sobre la perspectiva). En esta obra, la perspectiva es radicalmente cuestionada como dispositivo coercitivo de la mirada, capaz de imponer una visión ordenada y jerárquica del espacio. En su lugar, Perilli elabora una disposición inestable basada en la interacción continua entre color, signo, tono y estructura. La obra renuncia a ofrecer una imagen reconocible o un espacio identificable, reduciendo la información visual a una experiencia abierta, ambivalente y sin solución definitiva.
Es precisamente en este pasaje teórico y operativo donde se afirma más claramente la noción delaberinto, elemento central de la investigación de Perilli. El laberinto nunca se concibe como tema iconográfico o figura narrativa, sino como principio constructivo de la obra. En el Manifiesto de la imagen loca en el espacio imaginario de 1971, el artista lo describe como una configuración de caminos simultáneos: “ya no se puede aceptar otra ley que la de su retorcido desentrañamiento en muchos caminos todos iguales y todos diferentes”. En esta visión, las coordenadas espaciales habituales quedan suspendidas: alto y bajo, dentro y fuera, objeto y distancia pierden significado, mientras que cada elemento de la obra se convierte al mismo tiempo en ojo, espacio y forma.
Las obras pertenecientes a este ciclo en la exposición se configuran como tramas de pasajes mínimos, secuencias que se multiplican sin llegar nunca a una síntesis conclusiva. El signo abandona toda función descriptiva para convertirse en movimiento, una dirección mental, un impulso que dirige la mirada sin guiarla nunca hacia un punto de llegada. Las formas se expanden y se contraen, se extienden y se diluyen, evitando deliberadamente cualquier estabilización espacial. El volumen sólo se sugiere e inmediatamente se restringe, manteniéndose en una condición de precariedad controlada que impide su plena definición.
Dentro de este sistema inestable, el color adquiere un papel fundacional. No se limita a apoyar o llenar la forma, sino que la incorpora hasta el punto de coincidir con ella. El color no procede a través de modulaciones tonales tradicionales, sino que se articula en microdiferencias y tensiones cromáticas que regulan el curso interno de la obra. Es a través de estas microdiferencias como se construye el ritmo visual, una escansión que no sigue un orden narrativo sino que se desarrolla como una experiencia perceptiva autónoma.
Con el paso del tiempo, esta investigación experimenta nuevas evoluciones. En los años ochenta, la imagen parece extenderse idealmente más allá de los límites físicos del lienzo, a través de movimientos que no son visibles y trayectorias que sólo se perciben. La obra se abre a un espacio mental que continúa más allá de su perímetro, sugiriendo una dimensión potencialmente infinita. En los años noventa, en cambio, el color se afirma más decididamente como elemento dominante, convirtiéndose en un material autónomo e intenso, capaz de disolver aún más la estructura formal y de reducir al mínimo todas las referencias estructurales.
En las obras más tardías, la geometría irracional que había caracterizado las fases anteriores da paso gradualmente a una superficie pictórica vibrante, construida mediante desviaciones mínimas, casi imperceptibles. La profundidad se comprime en un campo unitario, similar a una superficie cóncava que absorbe la tercera dimensión y la devuelve en forma de tensión interna. El color se cuela en los intersticios, ocupa los espacios dejados libres por el signo, se expande donde la línea retrocede, hasta convertirse él mismo en línea y espacio.
Como escribe Achille Perilli en su manifiesto L’irrazionale geometrico (Lo irracional geométrico ) de 1982, es la tensión interna de la forma la que determina su disolución progresiva. Las obras de la exposición reflejan claramente este desplazamiento continuo del plano perceptivo al plano mental, ofreciendo a la mirada una experiencia que rechaza jerarquías, puntos de vista privilegiados y determinadas orientaciones. El campo visual resultante es un espacio de desconcierto controlado, en el que la pérdida de referencias no es una carencia, sino una condición necesaria para ver.
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| Achille Perilli, el laberinto de la forma expuesto en el Alfonso Artiaco de Nápoles |
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