El reciente artículo de Luca Rossi sobre la deriva de los “comisarios superestrella” plantea una cuestión muy interesante. Según Luca Rossi, “los comisarios se han convertido en estrellas y han oscurecido las obras y los artistas. Las grandes exposiciones, como las Bienales y Documenta, se recuerdan por los comisarios, no por los artistas”. Un sistema surrealista que amenaza con matar el arte reduciéndolo a un espectáculo mediático“ Corresponsable de esta deriva, sería la pasividad de ”cientos de artistas homologados, débiles, incapaces de emanciparse del sistema".
En mi calidad de estudioso de los medios de comunicación, no puedo sino estar de acuerdo con la mayoría de sus argumentos. El arte contemporáneo se ha convertido en un gran escenario, y gran parte de él existe como tal, es decir, en la medida en que consigue llamar la atención de los medios de comunicación. Al hacerlo, acaba obedeciendo en última instancia a las reglas de la industria mediática, tan alejadas de la libertad y la autenticidad que buscamos en la obra de un artista. Sin embargo, tengo algunas dudas a la hora de considerar, como consecuencia de este mecanismo, “una grotesca paradoja” que los comisarios hayan adquirido con el tiempo una posición ventajosa y una mayor visibilidad sobre los artistas. Para la industria de los medios de comunicación, y en particular para las páginas culturales de los periódicos, la preeminencia del comisario no es en absoluto un problema, sino todo lo contrario. Desde su punto de vista, es más noticiable restablecer una geografía de poder, de la que es clave la asignación de un puesto de comisario, que el mensaje de una obra de arte.
Y este ni siquiera sería el aspecto más tóxico del mecanismo. Desde hace unos cincuenta años, mucho antes de la aparición de la Web, los medios de comunicación, salvo raras excepciones, no son remunerados por la calidad de sus contenidos (y por tanto ni siquiera por la calidad de sus noticias), sino por la audiencia que consiguen concentrar en un espacio. Es la capacidad de captar la atención, el último recurso escaso de la industria, lo que marca la diferencia entre los medios competidores. En lugar de agruparse en torno a sus bazas fundamentales (las competencias periodísticas, por ejemplo), la mayoría de los medios tuvieron la brillante idea de jugar a la misma liga, la de la acumulación de globos oculares, en la que perderían ante la televisión primero, y ante las plataformas en línea después.
Evidentemente, este juego nunca ha premiado el pluralismo y la diversidad, sino las “estrellas”, los contenidos taquilleros y la consiguiente homologación cultural que Rossi lamenta con razón. El problema para los artistas, por tanto, no es emanciparse de los comisarios, sino sacudirse la necesidad de emerger “a través de los medios”, para quienes si la noticia la lleva el comisario, es el comisario el que se convierte en protagonista.
Por cierto, de este modo puede ocurrir incluso que el comisario traiga, dentro del discurso público, aquellas noticias reales que los medios no cubren, convirtiéndose en protagonista de una inversión total de la mirada dominante. En Documenta 14, fue Adam Szymczyk quien nos abrió los ojos ante los daños de una Europa ahora reducida a una entidad financiera, capaz de mirar a Grecia sólo como un deudor insolvente, sin reparar en la profundidad de las cuestiones sociales que el arte puede y debe asumir. En Documenta 15, fue el colectivo Ruangrupa el que nos mostró lo que puede ocurrir cuando la propuesta curatorial no contempla barreras reales de entrada, incluida la de la tolerabilidad de las gramáticas.
No es tan descabellado recordar que, incluso para Deleuze, en el momento en que el artista se preocupa por la comunicación -y, por tanto, por conquistar los medios- deja de ser un artista completamente libre. A menos, añadiría yo, que consiga burlarse de ellos, como algunos artistas todavía consiguen hacer a veces, pero cada vez con menos frecuencia.
En conclusión, no creo que el resultado final sea, como sugiere Rossi, la muerte definitiva del arte contemporáneo. En la escena internacional no faltan talentos capaces de captar nuestra atención sin someterse a las reglas del escenario, ni al poder de quienes son capaces de equiparlo. Además, no podemos ignorar la estadística que constata un número cada vez mayor de espacios dedicados a propuestas incluso radicales, que a menudo consiguen obtener un gran número de visitantes. Cuando la homologación es irreductiblemente omnipresente, también crece la demanda de radicalidad en ciertos sectores del público, especialmente entre las generaciones más jóvenes. Y esto es bueno para el arte y para las palancas de sensibilización social que siempre ha sabido activar.
Volviendo a mi campo de estudio, otro motivo para ser optimistas es que, por una u otra razón, hoy salimos de un museo, de una exposición, incluso de una gran bienal, con muchas más noticias en el bolsillo de las que nos llevamos después de leer un periódico, o de ver un telediario.
Los artistas contemporáneos han llenado la pradera abandonada por los medios de comunicación, precisamente porque muchos de ellos aún no se resignan a las reglas del show business. Y es precisamente habitando ese desierto, y no las abarrotadas arenas de los pregoneros de la atención, como podremos volver a oír sus voces. ¿Y los comisarios superestrellas? Dejémosles a su suerte: al fin y al cabo, ellos también se alimentan de la diversidad, y la estandarización podría, a la larga, matarlos de hambre.
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