Más allá del reflejo: el espejo como umbral en el arte del siglo XX


De las paradojas surrealistas de Magritte a las habitaciones infinitas de Kusama, el espejo se convierte en el siglo XX en un instrumento poético y político: no sólo refleja el mundo, sino que lo multiplica, implica al espectador y desafía la idea misma de realidad.

Hay lugares en elarte del siglo XX donde la realidad parece abrirse de repente, multiplicarse, salirse de su forma habitual. Basta un espejo, una lámina de cristal que, en lugar de devolver una imagen fiel, la traiciona, la duplica, la reinventa.

El espejo deja de ser un objeto doméstico para convertirse en un umbral, una brecha entre lo que es y lo que podría ser. Cada paso ante su superficie cambia la historia de la obra, la prolonga, la distorsiona. Es como entrar en una habitación donde el mundo no se acaba: se reproduce a sí mismo.

El primer gran protagonista de esta revolución fue René Magritte, que en 1937 pintó La Reproduction Interdite. Un hombre, visto de espaldas, se mira en un espejo: pero el cristal no le devuelve la cara, sino la nuca. Es una inversión silenciosa, casi cruel. El espejo no refleja: traiciona. Demuestra que la imagen nunca es garantía de verdad, que ver no es lo mismo que saber. Magritte utiliza el espejo para socavar la confianza en la realidad y sugerir que la identidad y la percepción son construcciones inestables, siempre amenazadas por el enigma.

En las mismas décadas, la fotografía se apropió del espejo para transformar la realidad en reflejo. Man Ray, en los años veinte y treinta, lo utiliza para desdoblar los cuerpos, hacerlos flotar, crear composiciones en las que la figura parece a la vez presencia y fantasma. Con el espejo, Man Ray construye un mundo que no existe, pero que parece posible: una realidad alternativa que coexiste con la nuestra. Después llega el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, y el arte empieza a situar al espectador en el centro. El espejo cambia de función: ya no se limita a duplicar la realidad, sino que la construye junto con el espectador.

En la década de 1960, a partir de 1962, Michelangelo Pistoletto crea sus famosos Quadri specchianti, siluetas serigrafiadas sobre placas de acero pulido que integran al espectador en la imagen: el observador pasa a formar parte de la obra, y la frontera entre arte y vida cotidiana se disuelve. Aquí el espejo es una declaración política y poética al mismo tiempo: la obra sólo vive si alguien la mira, y cada momento cambia su contenido. Es un arte hecho de presente, de momentos compartidos. Poco después, Lucas Samaras construyó las Mirrored Rooms (1966): habitaciones totalmente cubiertas de espejos, donde el visitante se encuentra atrapado en un vórtice de reflejos sin centro. No hay un punto estable desde el que mirar: la identidad se convierte en fragmento, en presencia difusa. El espejo no devuelve un “yo”, sino toda una constelación de yos posibles. En los años setenta, arquitectura y arte se entrecruzan en la obra de Dan Graham, con instalaciones como Public Space/Two Audiences (1976), láminas reflectantes y vidrios semirreflectantes que crean entornos en los que el observador es observado, el observado se hace visible e invisible al mismo tiempo. El espejo se convierte en un dispositivo social: revela las relaciones de poder, la tensión entre ser y parecer, entre intimidad y exposición.

René Magritte, La reproduction interdite (1937; óleo sobre lienzo, 81,3 x 65 cm; Rotterdam, Museum Boijmans Van Beuningen)
René Magritte, La reproduction interdite (1937; óleo sobre lienzo, 81,3 x 65 cm; Rotterdam, Museum Boijmans Van Beuningen)
Michelangelo Pistoletto, Caminante (1962-1966; papel de seda pintado sobre acero inoxidable pulido a espejo, 230 x 120 cm; Fondazione per l'Arte Moderna e Contemporanea CRT, cedido por Castello di Rivoli Museo d'Arte Contemporanea, Rivoli-Turín)
Michelangelo Pistoletto, Ragazza che cammina (1962-1966; papel de seda pintado sobre acero inoxidable pulido a espejo, 230 x 120 cm; Fondazione per l’Arte Moderna e Contemporanea CRT, cedido por Castello di Rivoli Museo d’Arte Contemporanea, Rivoli-Turín)

El siglo XX vio también la aportación de los minimalistas. Robert Morris, con obras como Untitled (Mirrored Cubes) de 1965, utiliza espejos para hacer desaparecer la escultura en el espacio, transformando el objeto en pura percepción. El material reflectante disuelve los límites y obliga al espectador a preguntarse dónde acaba la obra y empieza el mundo.

A finales de siglo, el legado del espejo como instrumento de desorientación e inmersión es retomado por artistas como Yayoi Kusama, que ya en 1965 con Infinity Mirror Room-Phalli’s Field introduce entornos reflectantes capaces de hacer perder al espectador las coordenadas espaciales. Aunque su producción se extiende hasta el siglo XXI, su entrada en la escena artística se produjo de lleno en la década de 1960. En estas salas se percibe el nacimiento de una nueva idea del infinito: no matemática, no conceptual, sino sensorial. El espejo se convierte en el universo.

Cruzando el siglo, uno se da cuenta de que el espejo en el arte nunca ha sido un accesorio. En los surrealistas, en los minimalistas, en las instalaciones inmersivas, el espejo se convierte a la vez en concepto y materia, en una herramienta para interrogar el espacio, el cuerpo, la percepción. Toda obra con espejo es una invitación a mirar más allá, a ver lo que no es inmediatamente visible, a reconocer la multiplicidad de la realidad y de nuestra experiencia del mundo.

Lucas Samaras, Mirrored Rooms (1966; espejo sobre madera, 243,84 x 243,84 x 304,8 cm; Buffalo, Buffalo AKG Art Museum)
Lucas Samaras, Mirrored Rooms (1966; espejo sobre madera, 243,84 x 243,84 x 304,8 cm; Buffalo, Buffalo AKG Art Museum)
Robert Morris, Untitled (Mirrored Cubes) (1965, reconstruido en 1971; espejo sobre madera, 91,4 x 91,4 x 91,4 cm cada cubo; Londres, Tate)
Robert Morris, Untitled (Mirrored Cubes) (1965, reconstruido en 1971; espejo sobre madera, 91,4 x 91,4 x 91,4 cm cada cubo; Londres, Tate)
Yayoi Kusama, Habitación de espejos infinitos. Phalli's Field (1965; tela acolchada cosida, panel de madera, espejo, 250 x 455 x 455 cm; París, Fondation Louis Vuitton)
Yayoi Kusama, Infinity Mirror Room. Phalli’s Field (1965; tela acolchada cosida, panel de madera, espejo, 250 x 455 x 455 cm; París, Fondation Louis Vuitton)

Hoy, cuando nos ponemos delante de un espejo, aunque sea sencillo o doméstico, podemos oírlos ecos de estas investigaciones: ya no se trata sólo de reflejar un rostro, sino de multiplicar los puntos de vista, de reconocer la fragmentación de la realidad, de percibir la multiplicidad del espacio y del tiempo, dentro y fuera de nosotros. A lo largo del siglo XX, el espejo se ha convertido en un símbolo de participación, de transformación, de la relación entre percepción y realidad. Es el instrumento que nos recuerda que la realidad nunca es única, que cada mirada es una experiencia y que el arte puede enseñarnos a ver más allá de lo que se nos aparece inmediatamente.

Entrar hoy en un espejo significa, por tanto, entablar un diálogo con el pasado y con nosotros mismos: con las vanguardias que inventaron el lenguaje de los reflejos, con los enigmas de Magritte, con las habitaciones infinitas de Kusama y con la multiplicidad que el siglo XX nos enseñó a leer. Es comprender que todo reflejo es posible, que toda multiplicación es experiencia, y que el arte, como el espejo, nunca deja de darnos nuevas visiones.


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