Entrar en un museo y encontrarse ante un desnudo ya no escandaliza a nadie. Al contrario: el cuerpo desnudo, célebre desde hace siglos, está en el corazón mismo de la historia del arte. Sin embargo, basta con mover un detalle, hacer la imagen más explícita, más directa, más cercana al lenguaje de la pornografía, para que de repente se levante el muro de la censura. ¿Por qué aceptamos sin pestañear una Venus renacentista o una fotografía de Mapplethorpe, pero reaccionamos con molestia o rechazo ante una representación que muestra actos sexuales reales? La cuestión no es trivial. Concierne no sólo a nuestra relación con el arte, sino también a la delgada línea que separa lo estético de lo pornográfico, lo “noble” de lo “obsceno”, lo aceptable de lo prohibido.
Durante siglos, el cuerpo desnudo ha sido exaltado: desde los mármoles griegos a las pinturas de Tiziano, pasando por Egon Schiele. Sin embargo, la diferencia entre “desnudo artístico” y “obsceno” sigue siendo un campo minado. La Venus de Botticelli puede exhibirse en las escuelas, mientras que una fotografía contemporánea que muestre genitales en primer plano corre el riesgo de ser censurada en las redes sociales o prohibida en las exposiciones. Y aquí se abre la contradicción: ¿es realmente sólo una cuestión de contenido? ¿O importa el contexto? Si la misma imagen está en un museo, es arte; si circula por Internet, se convierte en pornografía. No es el cuerpo el que cambia: somos nosotros.
La distinción se deja a menudo en manos de las instituciones, los comisarios, las comisiones de ética e incluso los algoritmos de las plataformas digitales. El resultado es que criterios arbitrarios deciden qué merece el espacio de la cultura y qué no. Las mismas imágenes que hoy admiramos en los museos fueron, en el pasado, acusadas de indecencia. Baste recordar el caso de Courbet y su Origine du monde: una obra que en el siglo XIX se ocultaba a los ojos del público y que aún hoy, cuando aparece en las redes sociales, es automáticamente censurada. Así pues, el escándalo no es intrínseco a la obra: está en el sistema que la contempla.
Muchos artistas contemporáneos han decidido cruzar la frontera. Algunos trabajan con actores pornográficos, otros escenifican actos sexuales reales, otros juegan conla estética de las películas X para cuestionar el deseo, el poder, la mercantilización. En estos casos, la pornografía no es un “tema”, sino un lenguaje: una forma de romper la barrera entre lo que se puede mostrar y lo que no. Pero, ¿por qué entonces se exhiben ciertas obras en las galerías, mientras que otras son rechazadas por “indignas”? ¿Será que la verdadera diferencia no está en las imágenes, sino en nuestra disposición a mirarlas?
Vivimos en una sociedad hipersexualizada, bombardeada a diario por imágenes eróticas en la publicidad, el cine, la televisión. Sin embargo, cuando la sexualidad entra en el espacio museístico, se dispara la cautela. Mientras que el marketing puede jugar con cuerpos semidesnudos para vender perfumes o coches, el arte sigue teniendo que justificarse. Es una contradicción que huele a hipocresía. Además, la censura nunca es neutral: afecta sobre todo a los cuerpos considerados “inconvenientes”. El cuerpo femenino explícito, los cuerpos queer, los cuerpos no conformistas. Lo inquietante no es sólo la desnudez, sino su capacidad para cuestionar los modelos dominantes del deseo.
Si un museo expone una obra explícita, no sólo está tomando una decisión estética, sino también política. Decide reconocer el sexo como dignidad cultural, sustraerlo únicamente al lenguaje pornográfico. Si, por el contrario, censura, confirma el tabú. Entonces la cuestión ya no es si la obra es arte o pornografía, sino si el museo tiene el valor de aceptar el reto. Es más fácil protegerse tras la fórmula del “buen gusto” o el “decoro”, pero es precisamente ahí donde se decide si el arte sigue vivo o se limita a tranquilizar.
Las redes sociales, con sus algoritmos moralistas, han vuelto a poner la censura sexual en el centro: basta una fotografía de desnudo explícito para desencadenar prohibiciones, cierres, advertencias. En este contexto, los museos parecen a veces timoratos, casi cómplices. Pero, ¿no es tarea del arte hacer lo que las redes sociales prohíben? ¿Mostrar lo que se elimina, dar espacio a lo que nos avergüenza? Al final, la cuestión no es técnica, sino ética y política: ¿estamos dispuestos a reconocer al sexo el mismo espacio que reconocemos al dolor, la muerte, la guerra? Si aceptamos obras que muestran cuerpos desgarrados por la violencia, ¿por qué no aceptar cuerpos que celebran el placer?
La respuesta a esta pregunta enciende un debate que concierne no sólo a los museos, sino a la sociedad en su conjunto: nuestra relación con el cuerpo, con el deseo, con la libertad.
El arte y la pornografía no son mundos separados, sino lenguajes que se entrecruzan constantemente. De nosotros depende decidir si acogemos esta contaminación como una oportunidad para la reflexión o la rechazamos como una amenaza. La próxima vez que se censure una obra explícita, deberíamos preguntarnos: ¿estamos protegiendo al público o protegemos nuestra hipocresía?
El autor de este artículo: Federica Schneck
Federica Schneck, classe 1996, è curatrice indipendente e social media manager. Dopo aver conseguito la laurea magistrale in storia dell’arte contemporanea presso l’Università di Pisa, ha inoltre conseguito numerosi corsi certificati concentrati sul mercato dell’arte, il marketing e le innovazioni digitali in campo culturale ed artistico. Lavora come curatrice, spaziando dalle gallerie e le collezioni private fino ad arrivare alle fiere d’arte, e la sua carriera si concentra sulla scoperta e la promozione di straordinari artisti emergenti e sulla creazione di esperienze artistiche significative per il pubblico, attraverso la narrazione di storie uniche.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.