Vivimos en una época en la que todo se fotografía. Desayunos, puestas de sol, conciertos, perros, gatos, platos de pasta. Y es absolutamente normal queel arte también entre en este flujo continuo de imágenes. Sin embargo, por increíble que parezca, es aquí donde chocamos con el muro más alto: los derechos de autor. La situación roza lo grotesco. Si fotografío un fresco medieval, puedo compartirlo donde quiera, incluso imprimirlo en una camiseta. Pero si fotografío a varios artistas del siglo XX, tengo que pedir permiso a sus herederos, pagar un impuesto, someterme a un galimatías burocrático que ni la oficina de pasaportes. No importa que la obra esté en un museo público, mantenida con dinero público: la imagen sigue blindada. Resultado: un fresco del siglo XIV es más libre que una obra del siglo XX. Una paradoja que clama venganza. Lo antiguo es libre, lo moderno está en prisión.
Un ejemplo sorprendente de los absurdos de los derechos de autor en elarte contemporáneo se refiere a la famosa serie LOVE de Robert Indiana. En mayo de 2018, justo un día antes de la muerte del artista, la Fundación Morgan inició una demanda contra Jamie Thomas, asistente de Indiana durante muchos años, y el editor Michael McKenzie, acusándoles de difamación y violaciones relacionadas con los derechos de autor y la Ley de Derechos de los Artistas Visuales. Según la fundación, Thomas y McKenzie habían aislado al artista de su familia y amigos para reproducir y vender obras con su nombre sin su consentimiento. Pero la polémica no quedó ahí: a finales de abril de ese mismo año, McKenzie presentó una contrademanda en la que acusaba a la Fundación Morgan de haber incurrido en un fraude masivo. Según él, los derechos de la serie LOVE nunca habían sido válidos, porque la obra era de dominio público desde 1964. La escultura, ahora un icono reconocido internacionalmente, había empezado a hacerse popular en 1965, cuando el Museo de Arte Moderno utilizó su imagen para tarjetas de Navidad.
Es precisamente aquí donde surge la paradoja de nuestra era digital: no poder circular significa no existir. Una exposición sin fotografías compartibles es una exposición que desaparece al día siguiente de su clausura, una obra que no puede circular por Internet es un fantasma cultural. Para millones de personas hoy en día, el encuentro con el arte se produce primero en Instagram o Google. Si una obra no está ahí, simplemente no existe para ellos. Alguien se ha dado cuenta: el Rijksmuseum de Ámsterdam ha puesto a disposición cientos de miles de imágenes de ultra alta definición en línea y el MET de Nueva York ha hecho lo mismo. El mensaje es claro: cuanto más circulan las obras, más vivas están, más se convierten en patrimonio colectivo. Otros, en cambio, defienden los derechos de autor como una barricada medieval, haciéndose ilusiones de que protegen el arte cuando en realidad lo están ahogando.
Claro que los derechos de autor tienen sentido para proteger las ganancias de un artista vivo o para regular el mercado de reproducciones comerciales, pero ¿qué sentido tiene aplicarlos a fotos educativas, enciclopedias en línea, posts populares? Aquí no hay comercio, sólo hay cultura. No se trata de proteger la cartera, sino elacceso al conocimiento.
Detrás de esta locura se esconde una cuestión más radical: ¿a quién perteneceel arte? ¿Al artista, a sus herederos, o a la comunidad que lo financia, lo expone, lo vive? ¿Podemos realmente aceptar que una obra, una vez expuesta en un museo público, siga siendo prisionera de derechos privados? ¿No deberíamos esperar que pasara a formar parte de nuestra memoria colectiva, libre para circular y ser conocida?
Sin imágenes, el arte muere. Porque elarte, hoy, es imagen. No se trata de degradar la experiencia física del museo, sino de reconocer que su vida no termina en las salas: continúa en línea, en los libros, en las redes sociales, en la memoria visual colectiva.
Por eso el copyright aplicado a las imágenes artísticas no es protección, es censura. No defiende al artista, sino que lo hace invisible. No protege la obra, sino que la aísla. No refuerza el patrimonio, sino que lo empobrece. Quizá haya llegado el momento de invertir la perspectiva: no es el público el que tiene que pedir permiso para ver, sino los propietarios privados los que tienen que justificar por qué quieren negárselo. Porque una obra que no circula, que no se ve, que no se comparte, deja de ser arte y se convierte simplemente en un objeto.
Mejor una obra compartida arriesgada que una obra olvidada. Mejor una foto “abusiva” que un silencio sepulcral. Porque la verdadera prisión del arte no es el tiempo, no es la degradación, no es el robo: esla invisibilidad. Y si realmente queremos que el arte sobreviva, debemos pensar en un mundo en el que respire, se multiplique, se reinvente gracias a quienes lo observan, lo fotografían, lo comentan y lo comparten. La verdadera fuerza del arte no reside sólo en su creación, sino en su capacidad para entrar en la vida de las personas, inspirar, enseñar y permanecer en la memoria colectiva. Una obra que permanece encerrada en un santuario está muerta; una obra que circula, aun a riesgo de ser malinterpretada, vive. Y vivir, para el arte, es la única forma de libertad que realmente cuenta.
El autor de este artículo: Federica Schneck
Federica Schneck, classe 1996, è curatrice indipendente e social media manager. Dopo aver conseguito la laurea magistrale in storia dell’arte contemporanea presso l’Università di Pisa, ha inoltre conseguito numerosi corsi certificati concentrati sul mercato dell’arte, il marketing e le innovazioni digitali in campo culturale ed artistico. Lavora come curatrice, spaziando dalle gallerie e le collezioni private fino ad arrivare alle fiere d’arte, e la sua carriera si concentra sulla scoperta e la promozione di straordinari artisti emergenti e sulla creazione di esperienze artistiche significative per il pubblico, attraverso la narrazione di storie uniche.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.