Big data, chatbots, inteligencia artificial, realidad virtual, modelos predictivos, Internet de las Cosas (IoT): la lista podría continuar con un largo elenco de neologismos acuñados en las últimas décadas para designar las aplicaciones tecnológicas mediante las cuales se modelan cada vez más nuestras existencias colectivas, con insinuaciones capilares incluso en la intimidad de la esfera individual. Aunque este tema es actualmente uno de los más sobredimensionados, sobre todo desde finales de 2022, cuando OpenAI hizo accesible ChatGPT al gran público, no son muchas las reflexiones que van más allá de una redundante constatación de la omnipresencia de estos nuevos sistemas, con enfoques que suelen oscilar entre el entusiasmo fácil, las premoniciones premonitorias de la dominación maquínica de lo humano y las ansiedades de la devaluación laboral, la crisis de identidad y autoría, la propaganda algorítmica, la vigilancia masiva y la elaboración de perfiles, la polarización racial, la dependencia tecnológica y la pérdida de la agencia humana. Que el futuro de la humanidad es incierto lo tienen claro los artistas desde hace tiempo, y muchos, huelga decirlo, han incorporado a sus obras sugerencias relacionadas con la constelación tecnológica en la que se expanden y dispersan nuestras vidas, sondeando sus fascinantes recovecos pese al riesgo de perder el pleno dominio de los medios de expresión. Un ejemplo de alguien que ha sido capaz de mantener el control especulativo y estético de la experimentación con nuevos medios es Hito Steyerl (Múnich, 1966), artista, escritora y cineasta afincada en Berlín, conocida por la radicalidad de sus intervenciones críticas con las que ha sido capaz de reexaminar nuestra forma de pensar sobre las imágenes, la política, la tecnología y las infraestructuras de poder que enmarcan nuestra percepción de la realidad.
Steyerl saltó por primera vez a la fama internacional con November (2004), un vídeo centrado en la historia de la activista Andrea Wolf, asesinada en Turquía en 1998 mientras luchaba en las filas del PKK, compuesto entrelazando imágenes documentales de la televisión kurda, escenas de una vieja película amateur realizada por dos amigos y fragmentos de películas de Bruce Lee y narraciones manuscritas. Esto dio lugar a una experimentación sistemática que encauza la producción del artista hacia el género deldocumental ensayístico, al que también pertenecen las conferencias que da por todo el mundo. La artista es una atenta observadora, tanto de sí misma como del mundo, y su trabajo investiga desde una perspectiva globalizada cómo la circulación de imágenes en la era de su difusión digital a través de las nuevas tecnologías impacta en la constitución de nuestra subjetividad desde los cimientos. Su práctica desafía las condiciones de existencia del arte, al tiempo que plantea graves tensiones sociales y políticas sin precedentes en la historia humana anterior, a la luz de las cuales reimagina cómo el arte puede sabotear los sistemas dominantes, reescribir los códigos visuales y escenificar posibilidades de resistencia en un mundo saturado de datos y dudas. Sus definiciones de circulacionalismo, para indicar la condición contemporánea en la que la propia circulación (como consecuencia de las políticas neoliberales de la década de 2000) se ha convertido en contenido, forma de producción y sistema de valor, y de imágenes pobres, un tema muy debatido en la última década, aludiendo a la situación del mundo del arte en su conjunto.la última década, aludiendo al estatus de una imagen que, empobrecida por la transición entre diferentes dispositivos, archivos y formatos, parece reducirse a una abstracción apenas descifrable, una infinitesimal porción afásica de nuestro universo imaginativo, ahora completamente digitalizado. Steyerl, por tanto, trabaja con las nuevas tecnologías para intentar comprender lo que significan desde un punto de vista operativo, infraestructural, político y epistemológico, en un intento (en parte utópico) de utilizar la lógica oblicua y abierta del arte para reaccionar ante la paradoja por la que el aumento exponencial de la comunicación digital ha acabado generando una multiplicidad de burbujas geopolíticas, tecnológicas y nacionalistas aisladas.
Una importante oportunidad para adentrarse en el modus operandi de esta personalidad tan influyente para artistas, filósofos, sociólogos, escritores y cineastas contemporáneos es la que representa la exposición La isla, actualmente en curso en elObservatorio de laFondazione Prada, una celda independiente de la prestigiosa institución privada de Milán. Dando la bienvenida al visitante, un espacio oscuro que recrea en versión habitable la espacialidad indefinida del juego, donde el hiperrealismo fotométrico y la abstracción estilizada conviven sin conflicto. Una pista luminiscente azul en el suelo sugiere la conexión entre las obras y el recorrido del visitante, que comienza con una esfera ilusionista (en realidad, el fondo es un sólido heptagonal) que se asemeja a una bola de nieve agrandada, dentro de la cual se balancea un misterioso ecosistema submarino hecho por el hombre a partir de restos de edificios. Las imágenes en movimiento reproducen un escaneado documental en 3D de la pared costera (también con siete esquinas) de una isla artificial sumergida que data del Neolítico, descubierta en 2021 frente a la costa de Korčula, hoy situada entre 4 y 5 metros por debajo del nivel del mar Adriático, pero originalmente conectada por una carretera con la isla croata.
El silencio que cabría esperar para amortiguar semejante escenario se ve contradicho por un murmullo de voces, superpuestas para formar un paisaje sonoro babélico, procedentes de la instalación multimedia que le sigue, una especie de biombo compuesto por cuatro pantallas verticales. En el centro, una estación de trabajo permite al espectador ver simultáneamente otras tantas entrevistas en vídeo intercaladas con imágenes de contexto, cuyo audio puede escucharse selectivamente con los auriculares suministrados. Los vídeos presentan cuatro líneas narrativas aparentemente inconexas, cuyo desarrollo revela su sorprendente interconexión: Luciérnagas cuenta la historia del descubrimiento de la luciferina, una molécula orgánica responsable de la bioluminiscencia del plancton estudiada por el Premio Nobel Osamu Shimomura, que ahora se utiliza como detector del movimiento de las ondas y como marcador de los procesos biológicos celulares; El nacimiento de la ciencia ficción recuerda la deportación del académico y escritor Darko Suvin a la isla de Korcula durante la Segunda Guerra Mundial, remontándose en su enfoque filosófico y político de la ciencia ficción a laexplosión de una bomba en Zagreb, cuando en respuesta al pánico imaginó ser transportado a Marte como Flash Gordon, el héroe de la serie de películas que había visto unos años antes en el cine; La isla artificial, por último, entrecruza el relato del descubrimiento de la isla neolítica y una conversación con el investigador Tommaso Calarco sobre la manipulación cuántica de los átomos. Estas historias, a su vez inervadas por otras tramas y subtramas, tienen como centro neurálgico la isla de Korčula y explicitan los temas abordados por la exposición, es decir, la arqueología, el fascismo y el ecosistema marino antropizado. Su correlación narrativa (de tipo estructuralista, podría decirse, a pesar de la inteligibilidad no tan inmediata de la lógica sobre cuya base forman un sistema) se confía, como se verá más adelante, a las reglas de la física cuántica. A menudo tratada como algo mágico, esta rama de la ciencia responde a reglas estrictas, a partir de las cuales el artista ha extrapolado el método para la elaboración del proyecto. Entre los conceptos fundamentales:el entrelazamiento, es decir, el hecho de que pueda existir una correlación más fuerte entre cosas situadas a enormes distancias que entre cualquier cuerpo tangible. Y luego el de superposición, según el cual un bit cuántico puede ser cero y uno a la vez, como ocurre en un coro (por ejemplo, el coro tradicional croata Klapa Ivo Lozica que se ve cantando junto al mar en el vídeo) donde las notas correspondientes a diferentes realizaciones físicas existen simultáneamente, integrándose. La idea subyacente es que la realidad tal y como la vemos no existe porque las cosas no son tan locales como parecen, sino que están cohesionadas e interconectadas en un todo coherente, por lo que algo que ocurre aquí y ahora puede influir instantáneamente en lo que ocurre en un espacio-tiempo paralelo en otro lugar.
Estas reflexiones y el concepto dilatado y multilineal del espacio-tiempo que presuponen constituyen la antesala preparatoria del corazón de la exposición, la película La isla, que puede verse en el segundo nivel del Observatorio. En el interior de una sala acondicionada a semejanza del cine en el que Suvin vio a Flash Gordon conquistando Marte en los años 40, los asientos de los espectadores se sitúan sobre una plataforma elevada cuyo perímetro recuerda la forma de una isla sumergida. En la película, todos los hilos narrativos y conceptuales identificados hasta ahora convergen en una narración fragmentada, en la que se intercalan clips remezclados de vídeos anteriores con contenidos creados con inteligencia artificial. Aquí se alternan clips del brainrot italiano (memes populares animados por IA generativa) y secuencias con gráficos de videojuego de una ficción ambientada en una Curzola virtual amenazada por una repulsiva oleada de basura digital, cuyo parentesco con la inundación marrón de 1941 mencionada en la película histórica de ciencia ficción amada de Suvin se evoca. En medio de las calles de la pequeña ciudad abarrotada de turistas, un improbable Flash Gordon deambula armado con una espada bioluminiscente para luchar contra su copia generada por la IA (sólo para encontrarse luchando contra sí mismo), mientras simultáneamente una multitud de personas virtuales apuestan por su suerte antes de ser anegados por un maremoto pútrido. Flash, investido con la misión canónica de salvar el mundo (¿pero qué mundo? O mejor dicho: ¿cuál de sus niveles?), se da cuenta de que no puede derrotar a la basura con más basura y la solución, sugerida por su amigo Tommaso Calarco, consiste en insertar sus vídeos dentro de otros ya existentes, con el fin de colocarlos en el mismo lugar. La solución, sugerida por su amigo Tommaso Calarco, consiste en insertar sus vídeos dentro de otros ya existentes, para colocarlos en un flujo que, con un desplazamiento muy rápido de los espectadores (ya que, parece obvio ahora, el crucero a Curzola es un contenido de medios digitales) eludirá el contenido basura reconstruyendo la consecutividad y linealidad de las imágenes. “El sistema consiste sólo en ilusiones e imágenes, tras las cuales se oculta su verdadera función. Destruye las imágenes y destruirás el sistema”, advierte finalmente el avatar de IA del físico italiano.
La operación de Steyerl en La isla podría describirse, en conclusión, como un intento acrobático de diseccionar el tejido de la realidad (virtual y física, entendida como un todo) para revelar las macroestructuras ocultas bajo la superficie de lo visible (y de lo oficial, si hablamos de información). El método especulativo en el que se basa este proceso es concebido por el artista como una aplicación, lo más rigurosa posible a pesar del desplazamiento del plano de la ciencia al del arte, de las vertiginosas posibilidades de interconexión sugeridas por la física cuántica. La exposición hace perceptible una dimensión de infinitud procedimental, tomada del juego, que aquí se convierte en una puerta por la que acceder a un espacio expandido y a un tiempo profundo, como el de la naturaleza, la arqueología y las eras geológicas. En esta nueva dimensión espacio-temporal, la exhortación “¡Hacia el Neolítico!” adquiere el sentido de una provocadora invitación a imaginar futuros concomitantes a partir del entrelazamiento de temporalidades aparentemente irreconciliables. Las imágenes que despliega la artista funcionan como entidades operativas, circulando en el espacio digital para dar pistas sobre los mecanismos que rigen la producción de sentido en la world wide web contemporánea, el ámbito de investigación al que se refieren en última instancia todos los proyectos de Steyerl.
En una época en la que incluso el arte se ha visto sometido en gran medida a criterios de cuantificación, eficacia y mensurabilidad de los resultados, los modelos de inteligencia artificial se han vuelto cada vez más eficaces a la hora de imitar el “razonamiento”, pero han desarrollado al mismo tiempo una tendencia esquizofrénica hacia la irracionalidad instrumental, generando alucinaciones cada vez más masivas. En un mundo dividido entre burbujas geopolíticas incomunicables a merced de automatismos incomprensibles e impredecibles, concebir alternativas sistémicas globales parece un reto de enormes proporciones, si no imposible. ¿Le corresponderá al arte, parece preguntar Steyerl, desenredar los hilos de esta complejidad interconectada sin deshacer sus lazos para imaginar una variante estructural? La Isla documenta esta condición sin ofrecer soluciones. Demuestra, sin embargo, cómo el arte aún puede hackear los sistemas dominantes con estrategias de recombinación que convierten la sobrecarga de información en narrativas capaces de proponer hipótesis de legibilidad a estructuras con ramificaciones inaccesibles a la comprensión lineal.
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