Los lugares de Pegaso. Huellas del mito en Toscana


Objetos votivos, camafeos de los Médicis, medallas renacentistas y esculturas monumentales: en Toscana, la larga trayectoria iconográfica de Pegaso narra el paso del relato mítico a la forma simbólica que aún hoy habita el espacio público toscano.

La sangre se deslizó hasta el suelo en finos hilos, cada uno con su propio ritmo, en el momento en que Perseo cercenó la cabeza de Medusa. El suelo, golpeado por aquel calor tan intenso que parecía respirar, cambió de consistencia con una rapidez que no pertenece a las cosas de aquí abajo. Absorbió la sustancia, la recorrió a través de sus propias fracturas, contuvo la escritura roja que descendía hacia el fondo y, en el instante en que ese líquido se encontró con la piel del mundo, nació Pegaso, una criatura nacida de una herida y llamada, desde el principio, a surgir de la tierra.

Este nacimiento contiene ya en sí mismo el núcleo que permitirá a la figura atravesar siglos de imaginación: un ser generado por una fractura, destinado a ascender, un cuerpo que pertenece a la tierra sólo el tiempo suficiente para desprenderse de ella. En el mundo griego, Pegaso está ligado a la fuerza ordenadora del cosmos y a la disciplina del ingenio; es él quien abre con su pezuña la fuente hipocrática, es él quien se convierte en el compañero de la inspiración poética, el puente entre la materia y la visión. No es de extrañar que su imagen, que más tarde se convirtió en el símbolo de Toscana, recorra cerámicas, relieves y objetos votivos, extendiéndose por todo el Mediterráneo como una figura perteneciente tanto al mito como a la práctica cotidiana de talleres y santuarios.

El Museo Arqueológico Nacional de Florencia conserva algunas de las huellas más antiguas y tangibles de la traslación de Pegaso del dominio del mito al de la imagen, de la transparencia de la narración oral a la densidad de la materia. Es aquí, en el corazón de una de las colecciones etrusco-italianas más estratificadas, donde se encuentra un pequeño bronce votivo que representa al caballo alado. Una forma esencial, reducida a unos pocos centímetros, con las alas extendidas justo por encima de la línea de la espalda, el cuello hacia delante y el cuerpo recogido en una compacidad funcional. Es un objeto diseñado para el ritual. El bronce, probablemente colocado en un contexto votivo o funerario, atestigua la adopción de Pegaso en el paisaje simbólico etrusco como intermediario entre el mundo y el más allá, como figura del umbral. Este pequeño bronce, sin firma ni fecha, se expone hoy en la sala que alberga también la famosa Quimera de Arezzo. Su colocación, que no es casual, evoca el antiguo vínculo iconográfico entre las dos criaturas, herencia de la leyenda en la que Pegaso acompaña a Belerofonte en la batalla contra el monstruo.

Junto a esta obra, el museo presenta otro hallazgo de particular interés: unaoinochoe, es decir, una jarra de vino etrusco-corintia del siglo VI a.C., decorada con figuras negras, en la que Pegaso aparece en pleno vuelo. En realidad, el animal está flanqueado por varios caballos alados y la imagen sugiere el momento en que la criatura emerge del cuerpo decapitado de Medusa, tal y como se describe en la versión arcaica del mito. Aquí la forma se convierte en lenguaje; el trazo nítido de la línea negra graba el perfil del animal sobre el fondo de arcilla clara, definiendo su crin como una secuencia gráfica, mientras que el ala actúa como un elemento vertical que evoca el potencial ascendente de la criatura. Esta cerámica, de origen etrusco pero influida por la tradición griega corintia, muestra un Pegaso ya consumado en la iconografía. La figura, en efecto, es plenamente reconocible, pero sigue vinculada al ámbito del rito doméstico o de la ofrenda sepulcral.

Ámbito etrusco, Pegaso (bronce; Florencia, Museo Arqueológico Nacional)
Ámbito etrusco, Pegaso (bronce; Florencia, Museo Arqueológico Nacional)

Cuando Pegaso regresa al imaginario visual de la Toscana, lo hace a través de una forma queel Humanismo reconoció sin vacilar. El Renacimiento, que identificó en el mito una gramática del pensamiento, confió a figuras como ésta la capacidad de representar la nobleza del intelecto y la tensión que lo conduce de la confusión a la claridad. La medalla realizada por Benvenuto Cellini para Pietro Bembo hacia 1537 es una de las primeras y más logradas traducciones modernas de ese pasaje. En el reverso, el caballo toca con una pezuña la roca de la que brota Hipocrene, fuente de inspiración poética en el monte Helicón. La imagen, concentrada en un relieve minucioso y medido, sustituye todo énfasis por una severidad geométrica. No hay escena narrativa, ni alusión a la ferocidad del mito original: sólo queda el gesto, delicadamente grabado con la precisión que se debe a los símbolos.

De este modelo procede una genealogía visual que reaparece, tres siglos más tarde, en la obra monumental de Aristodemo Costoli. Su Pegaso, situado ahora en el corazón de los Jardines de Boboli, no fue creado como una obra destinada a celebrar el mito en sentido estricto, sino como un ejercicio culto y público de traducción plástica de un símbolo que, como acabamos de ver, había encontrado una alta medida en la medalla acuñada para Pietro Bembo y atribuida a Benvenuto Cellini. Esa pequeña superficie, cincelada con rigor, concentra en pocos milímetros todo el potencial alegórico de la criatura.

Benvenuto Cellini, Medalla para el cardenal Pietro Bembo, reverso (hacia 1537; bronce, 5,5 cm; Nápoles, Museo Nazionale di Capodimonte)
Benvenuto Cellini, Medalla para el cardenal Pietro Bembo, reverso (c. 1537; bronce, diámetro 5,5 cm; Nápoles, Museo Nazionale di Capodimonte)
Danese Cattaneo, Medalla de Pietro Bembo (1547-1548; fundición en plata, diámetro 5,6 cm; Florencia, Museo Nazionale del Bargello)
Danese Cattaneo, Medalla para P ietro Bembo (1547-1548; fundición en plata, diámetro 5,6 cm; Florencia, Museo Nazionale del Bargello)

Costoli contempla esta forma con una atención que nunca es cita literal, sino continuo razonamiento escultórico. La ocasión que dio origen a su Pegaso se remonta a 1827, cuando el artista, todavía alumno de la Accademia, recibió el encargo de modelar un nuevo caballo alado para el Parco delle Cascine, en sustitución de un ejemplar de terracota ya deteriorado. El tiempo de ejecución (casi veinticinco años) correspondía no sólo a las dificultades técnicas y formales de la obra, sino también a un cambio en el estatus de la propia imagen: de elemento de mobiliario urbano a figura capaz de asumir un peso monumental y una función representativa mucho más amplia. Cuando la escultura estuvo finalmente lista en 1851, el lugar inicialmente previsto para albergarla resultó inadecuado, y la propuesta de trasladarla al Prato della Meridiana en Boboli, aprobada en 1854, se convirtió en la premisa de una nueva centralidad de la obra en el espacio del jardín.

La ejecución escultórica refleja esta toma de conciencia. El mármol blanco, tratado con una maestría que rehúye toda concesión ornamental, está dispuesto según una disposición severa, en la que cada detalle responde a una lógica interna de tensión y medida. Las alas, extendidas sin amplitud enfática, delinean un equilibrio casi arquitectónico; el cuello, estirado hacia delante, expresa orientación; las patas traseras, reunidas en posición oblicua, concentran en el gesto la fuerza de un desprendimiento inminente que nunca se escenificará. El caballo es todo potencia, plenamente consciente de que la energía del ascenso se afirma en su preparación. El zócalo, diseñado específicamente para el Prato della Meridiana, no acompaña a la figura, sino que absorbe su verticalidad latente, soportando la presión visual de un cuerpo que, aunque firme en el suelo, impone al ojo una trayectoria ascendente.

Aristodemo Costoli, Pegaso (1851; mármol; Florencia, Jardines de Boboli)
Aristodemo Costoli, Pegaso (1851; mármol; Florencia, Jardines de Boboli). Foto: Francesco Bini

En el cuerpo sobrio y pulido de esta criatura, esculpida para resistir al tiempo y a sus cambios, se pueden leer las premisas de la larga adopción iconográfica que llevaría a Pegaso a convertirse, primero, en el símbolo del Comité Toscano de Liberación Nacional durante la Resistencia y, después, en el emblema de la Región de Toscana en 1970. Pero ya en esta versión de finales del siglo XIX, el caballo alado ha asumido una función que va más allá de la narración mitológica para formar parte de una cultura del pensamiento que pide a las formas que sean, ante todo, contenidas.

Retrocediendo en el tiempo, mucho antes de que la monumentalidad del siglo XIX confiara a Pegaso la tarea de presidir los espacios abiertos, la criatura alada ya se había abierto camino en los circuitos más reservados y selectivos de la cultura de los Médicis, encarnando una idea diferente de la elevación: más recogida y reflexiva. Entre los objetos conservados en el Tesoro dei Granduchi (antaño conocido como Museo degli Argenti) se encuentra un camafeo grabado en cristal de roca, montado en oro, en el que Pegaso aparece junto a Belerofonte. Fechable en la transición entre los siglos XVI y XVII y procedente probablemente de un taller italiano, la obra formaba parte de la colección de piedras semipreciosas que los Médicis habían elevado a la cúspide de su diplomacia simbólica.

La imagen grabada, encerrada en unos centímetros de superficie, concentra el mito en el gesto silencioso de una ascensión congelada. Belerofonte no cabalga con ímpetu, sino que se injerta en la figura del caballo en una especie de fusión vigilada en la que ambos se encuentran orientados hacia arriba, pero sin impulso. La talla, fina y regular, se adhiere al cristal con una precisión que traduce la narración en presencia. Este Pegaso, contenido en la palma de una mano y destinado al placer de unos pocos, se sitúa en un plano diferente con respecto a la gran escultura de Costoli: donde ésta proyecta el mito en el espacio cívico, el camafeo lo destila en forma de gabinete, pensado para la colección y la contemplación, para el recogimiento más que para el impacto público.

Ámbito italiano, Belerofonte a horcajadas sobre Pegaso (siglo XVII; cristal de roca; Florencia, Tesoro dei Granduchi)
Ámbito italiano, Belerofonte a horcajadas sobre Pegaso (siglo XVII; cristal de roca; Florencia, Tesoro de los Grandes Duques). Foto: Francesco Bini

A lo largo de los siglos XX y XXI, Pegaso sigue resurgiendo en el paisaje toscano como una seña de identidad estratificada, declinada según nuevas gramáticas, donde el material industrial sustituye al mármol y la luz artificial al aura del mito. La criatura alada, ya sedimentada en el tejido simbólico de la región, se presta a nuevas traducciones formales, confiadas a la mano de artistas que reconocen su potencial evocador y lo remodelan según las urgencias del presente.

En 1983, Enzo Pazzagli, escultor toscano atento a la tensión entre síntesis formal y monumentalidad ambiental, creó un Pegaso rampante en acero bronceado, destinado al jardín situado frente a la sede de la Región de Toscana en Via di Novoli, Florencia. La obra, de unos dos metros de altura, se impone como una presencia vigilante a la entrada de las oficinas institucionales. La figura, forjada en un metal que retiene la luz con controlada opacidad, encarna el salto a una clave industrial, ajena a cualquier mitografía enfática. En 2015, el propio Pazzagli intervino con una restauración que introdujo inserciones de plexiglás coloreado en las alas, actualizando la imagen con un gesto que no alteraba el equilibrio de la obra, pero amplificaba su legibilidad urbana. El resultado es un Pegaso que no se esconde tras la retórica del pasado, sino que se injerta en la funcionalidad visual de la arquitectura pública, haciéndose inmediatamente reconocible como símbolo de la región y, al mismo tiempo, como organismo plástico que absorbe la luz y la redistribuye.

Unos años más tarde, el mismo artista transformó esa visión en una instalación permanente en el Parque del Arte que lleva su nombre en Rovezzano, a orillas del Arno. Aquí, en una superficie de veinticuatro mil metros cuadrados, entre más de doscientas esculturas, Pegaso regresa con una presencia aún más declarada: un caballo alado de acero policromado que se erige no sólo como homenaje a su tierra de origen, sino como un intento de inscribir el mito en una gramática visual contemporánea, liberada de toda nostalgia y situada en la dimensión del parque como espacio civil, participativo y cotidiano. En este contexto, el Pegaso de Pazzagli pierde la solemnidad del monumento para adoptar los rasgos de una presencia familiar, constantemente renegociada por la mirada de quienes atraviesan el paisaje.

Enzo Pazzagli, Pegaso (2015; bronce y plexiglás coloreado; Florencia, Pazzagli Art Park).
Enzo Pazzagli, Pegaso (2015; bronce y plexiglás coloreado; Florencia, Parque de Arte Pazzagli). Foto: Comité Regional de Toscana
Giampiero Poggiali Berlinghieri, Pegaso (1998-1999; acero inoxidable policromado; Sesto Fiorentino, Via di Quinto). Foto: Francesco Bini
Giampiero Poggiali Berlinghieri, Pegaso (1998-1999; acero inoxidable policromado; Sesto Fiorentino, Via di Quinto). Foto: Francesco Bini
Marco Lodola, Pegaso (2023; plexiglás coloreado; Siena, Via Bianchi Bandinelli)
Marco Lodola, Pegaso (2023; plexiglás coloreado; Siena, Via Bianchi Bandinelli)

El enfoque formal elegido por Giampiero Poggiali Berlinghieri es diferente para el Pegaso creado en 1999 en Sesto Fiorentino, instalado en una rotonda de la Via di Quinto, en el barrio de la Piazza 30 Novembre. La obra, de acero inoxidable policromado, se extiende en el espacio con líneas tensas y ángulos agudos, un signo que prefiere la estilización a la volumetría y lee el mito a través del filtro del grafismo urbano. En este caso, Pegaso no emerge de la tierra sino del asfalto, no de una herida sino de una intersección. La colocación, deliberadamente desprovista de retórica escenográfica, confiere a la figura una función señalizadora, pero no por ello débil: el caballo alado se convierte en el punto de apoyo de un territorio en expansión, símbolo no tanto de una libertad abstracta como de una tensión hacia el futuro, integrada en el diseño del desarrollo urbano y la identidad de una comunidad.

Por último, la declinación más reciente y declaradamente pop del mito procede de Siena, donde Marco Lodola ha donado a la ciudad una escultura luminosa de tres metros de altura, colocada desde 2025 en la rotonda entre Via Bianchi Bandinelli y Via Lombardi, en el barrio de Due Ponti. La obra, creada como instalación temporal para la exposición Dame, cavalieri e nobili destrieri (Damas, caballeros y nobles corceles ) de 2023, se ha convertido en parte integrante del paisaje de la ciudad, visible incluso de noche gracias a la retroiluminación. Lodola, un artista que siempre se ha interesado por el imaginario colectivo y la cultura visual del presente, construye su Pegaso a partir de paneles de plexiglás de colores, modelados según la silueta de un caballo encabritado, definida más por la luz que por la materia. Aquí no se evoca el mito, sino que se recorre y se representa como un icono. Es una imagen inmediata, destinada a un tránsito rápido, pero capaz de condensar, en una estructura esencial, el gesto de ascensión y la vocación utópica de una identidad regional proyectada hacia el cielo.



Francesca Anita Gigli

El autor de este artículo: Francesca Anita Gigli

Francesca Anita Gigli, nata nel 1995, è giornalista e content creator. Collabora con Finestre sull’Arte dal 2022, realizzando articoli per l’edizione online e cartacea. È autrice e voce di Oltre la tela, podcast realizzato con Cubo Unipol, e di Intelligenza Reale, prodotto da Gli Ascoltabili. Dal 2021 porta avanti Likeitalians, progetto attraverso cui racconta l’arte sui social, collaborando con istituzioni e realtà culturali come Palazzo Martinengo, Silvana Editoriale e Ares Torino. Oltre all’attività online, organizza eventi culturali e laboratori didattici nelle scuole. Ha partecipato come speaker a talk divulgativi per enti pubblici, tra cui il Fermento Festival di Urgnano e più volte all’Università di Foggia. È docente di Social Media Marketing e linguaggi dell’arte contemporanea per la grafica.


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