No todos los artistas se mueven en la vorágine global del mercadodel arte. En muchas partes del mundo, el arte nace y se desarrolla en territorios donde el sistema comercial es casi inexistente o apenas perceptible. Aquí, el arte crece en un terreno completamente distinto, desprovisto de galerías prestigiosas, subastas millonarias, ferias internacionales o instituciones establecidas que apoyen su producción y circulación. En estos lugares , elarte no es una mercancía con la que comerciar, sino una práctica que vive dentro de comunidades, historias y tradiciones, a menudo entrelazadas con las necesidades culturales y sociales de quienes lo producen.
El primer punto que hay que aclarar es precisamente éste: laausencia de un mercado estructurado no coincide conla ausencia de valor o calidad artística. Al contrario, a menudo es en estos contextos marginales donde surgen prácticas y formas de expresión innovadoras que escapan a las categorías canónicas del sistema occidental, abriendo nuevas vías estéticas y conceptuales. Lejos de la lógica del beneficio y de la necesidad de complacer a un público internacional de coleccionistas, el arte adquiere una función radicalmente distinta, más cercana a un gesto colectivo, un acto de memoria, resistencia y participación social. Pero, ¿cómo se mantiene a un artista que vive en un país sin mercado? ¿Cuáles son sus estrategias de supervivencia? ¿Y qué sentido tiene la producción artística en contextos donde el reconocimiento público es escaso o casi inexistente, y donde la dimensión económica no puede actuar como motor principal? Son preguntas que nos obligan a reflexionar sobre qué significa realmente "hacer arte" y cuáles son los parámetros con los que evaluar el arte fuera de los grandes circuitos.
En estos contextos, el arte está inextricablemente entrelazado con la vida cotidiana, se convierte en memoria colectiva, ritual, narrativa política. Ya no es sólo un objeto o un espectáculo para consumir, sino un medio para contar historias ignoradas, para preservar conocimientos ancestrales, para ejercer un poder simbólico que desafía la marginación social y cultural. No es un producto para exportar, sino un recurso dentro de las comunidades, un acto de cuidado y transformación social.
Tomemos como ejemplo la obra de Otobong Nkanga, un artista nigeriano cuya obra cruza escultura, performance, texto e instalación para interrogar las relaciones entre cuerpo, tierra y memoria colonial. Nkanga no trabaja para el mercado del arte como un fin en sí mismo: su obra es una profunda reflexión sobre la historia y la dinámica de la explotación, y se desarrolla a través de prácticas que a menudo implican a las comunidades y tradiciones locales, yendo mucho más allá de la mera exhibición museística.
Otro ejemplo esclarecedor es la obra de Sokari Douglas Camp, artista nigeriano-británico que ha seguido un discurso centrado en las raíces culturales africanas a través de la escultura en metal. Aunque vive entre Nigeria y el Reino Unido, sus obras no se dirigen simplemente al mercado occidental, sino que representan una profunda conexión con las comunidades de las que procede, utilizando el arte como medio de narración histórica y social, desafiando el concepto de arte como mero producto comercial.
En ausencia de galerías, coleccionistas y mecenas, suelen surgir redes alternativas, espacios autogestionados, plataformas digitales independientes y festivales autofinanciados. Estos ecosistemas representan una respuesta creativa a la falta de infraestructuras oficiales, pero también son un terreno fértil para la experimentación de prácticas artísticas poco convencionales que cuestionan la lógica del mercado global.
Sin embargo, el diálogo entre estos mundos y el sistema artístico mundial sigue siendo complejo y problemático. Por un lado, existe el riesgo de una mercantilización forzada: un arte nacido para satisfacer necesidades internas se reduce a un “fenómeno exótico”, “arte étnico” o “folclore contemporáneo”, privándolo de su profundidad y contexto. Por otro, el riesgo de invisibilidad: las obras y prácticas que no entran en el circuito oficial corren el riesgo de ser olvidadas, ignoradas o, peor aún, objeto de una apropiación cultural sin reconocimiento.
Esta tensión está en el centro de la cuestión de cómo puede evolucionar el sistema artístico mundial para incluir estas formas de creatividad sin distorsionarlas. ¿Cómo evitar la imposición de un modelo único de valor, estética y éxito? ¿Cómo reconocer que el valor del arte puede adoptar múltiples formas, incluso en contextos donde no existen parámetros económicos o institucionales?
El verdadero mercado en estos países puede ser otro: el de las ideas, el de las historias compartidas, el de las conexiones sociales. Una economía simbólica en la que el valor no se mide en dólares, sino en significado, atención, comunidad. Un arte que tiende puentes entre el pasado y el futuro, entre lo individual y lo colectivo, y nos recuerda que el arte no es sólo espectáculo o inversión, sino un acto de relación.
En un momento en que la globalización tiende a uniformizar lenguajes, prácticas y valores ,el arte fuera del mercado es un precioso patrimonio de autonomía y diferencia. Nos desafía a repensar nuestros criterios de juicio y a reconocer que una obra puede existir y tener sentido incluso sin pasar por las “grandes plazas” canónicas del arte contemporáneo.
Esto nos obliga a confrontar nuestra mirada, a menudo limitada por prejuicios culturales y estéticos. ¿Estamos preparados para “ver” realmente un arte que habla un lenguaje diferente, que desafía nuestros hábitos perceptivos, que no se pliega a la lógica del mercado? ¿Somos capaces de acoger formas de creatividad que no nos entregan un producto acabado, sino un proceso abierto, una invitación a participar?
Quizá el futuro del arte contemporáneo resida precisamente en esta apertura. No en una continua expansión comercial o espectacular, sino en un replanteamiento radical del significado y el valor del arte en el mundo.
En última instancia, el arte en los países sin mercado es una advertencia: nos recuerda que el arte puede ser más que una mercancía, que puede nacer y vivir incluso donde no hay sistema, que puede seguir siendo un instrumento de resistencia y transformación, un lugar de comunidad y memoria. Y si sabemos escucharlo, podemos aprender de él a mirar el arte con ojos nuevos, más atentos a las diferencias y complejidades de nuestro tiempo.
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