Entrar en un gran museo europeo es a menudo experimentar una contradicción. Por un lado, el asombro: estatuas griegas que no parecen haber perdido un ápice de su poder, sarcófagos egipcios intactos, bronces africanos relucientes. Por otro, la duda que se cuela, insistente: ¿qué derecho tenemos nosotros, “nosotros” visitantes, “nosotros” europeos, “nosotros” occidentales, a admirar lo que ha sido arrebatado en otros lugares, a menudo por la fuerza? La cuestión de los patrimonios en litigio no es un asunto de iniciados, sino una verdadera cuestión identitaria, cultural y política. Es un debate que atraviesa continentes, gobiernos, familias y, sobre todo, conciencias. No es casualidad que de vez en cuando vuelva a brotar como un fuego nunca extinguido y nos haga preguntarnos: ¿a quién pertenecen realmente las obras robadas, destruidas o expoliadas?
Muchos museos occidentales nacieron como cofres del poder colonial. Cada estatua, cada máscara, cada artefacto era, y en parte sigue siendo, un trofeo. No bastaba con conquistar territorios, también había que vaciar sus templos y palacios, llevarse lo que los representaba. La fuerza no era sólo militar: era simbólica. Los frisos del Partenón trasladados a Londres, los bronces de Benín esparcidos por medio mundo, las momias egipcias alineadas como curiosidades exóticas: todo ello cuenta una historia de opresión disfrazada de “protección cultural”. Pero, ¿podemos seguir pretendiendo que “protección” y “robo” son lo mismo?
Sin embargo, no sólo el colonialismo decide el destino de las obras. Hay quienes, como el ISIS, han convertido el patrimonio en un enemigo a abatir. Palmira, símbolo de una civilización que había mezclado Oriente y Occidente, quedó reducida a polvo bajo los golpes de los extremistas. No se trataba sólo de destrucción material: era la voluntad de borrar la memoria, de privar a un pueblo de su pasado. Así que aquí la cuestión se invierte: ¿mejor una obra “salvada” en un museo lejano o una obra dejada en peligro de desaparecer para siempre?
El retorno de una obra de arte nunca es un hecho neutro: es un acto que sacude las conciencias, que reabre heridas. Pero, en la mayoría de los casos, todo avanza con una lentitud exasperante. Herederos que esperan desde hace generaciones, gobiernos que se oponen a las lagunas legales, museos que se atrincheran tras leyes obsoletas. De vez en cuando ocurre algo: un cuadro restituido, un paisaje devuelto a los herederos de una familia perseguida, un bronce que por fin vuelve a casa. Pero las más de las veces, las restituciones parecen excepciones, gestos concedidos a regañadientes más que derechos reconocidos.
Hay otra historia, menos dramática pero igualmente reveladora: la de la vanguardia italiana, y del Futurismo en particular. En los años veinte, Fortunato Depero llevó al extranjero su universo de formas geométricas y colores agresivos. No se trataba de un robo ni de un expolio, sino de un encuentro ambiguo: la vanguardia que quería rehacer el mundo encontró en América el terreno ideal para la comercialización y la experimentación. A partir de aquí, el problema pasa a otro nivel: cuando una obra sale de su contexto original y se relee en otro lugar, la cuestión ya no es sólo a quién pertenece materialmente, sino a quién pertenece realmente su significado. ¿Es el público que la mira con nuevos ojos o la tradición que la generó?
Tal vez aquí radique el quid de la cuestión: en entender si consideramos las obras como una propiedad o como presencias vivas, que deben ser apreciadas en conjunto. La lógica del “esto es mío” pertenece a un mundo de fronteras e imperios; la lógica de la hospitalidad cultural, en cambio, imagina un patrimonio que viaja, que se cuenta, que vuelve de vez en cuando a sus orígenes sin dejar de dialogar con otros públicos. Pero ¿estamos preparados para esta revolución? ¿Estamos dispuestos a aceptar que el Louvre no es “francés”, que el British Museum no es “inglés”, sino lugares de tránsito y no de posesión?
Al final, todo se reduce a una cuestión de valentía: la valentía de reconocer que gran parte del patrimonio mundial se ha acumulado mediante la violencia, el robo y el engaño; la valentía de imaginar otro tipo de gestión, basada en la responsabilidad y no en la posesión. Quizá sea aquí donde deba encenderse el debate: no en los consejos de administración de los museos, ni en los pasillos de los ministerios, sino entre nosotros, visitantes y ciudadanos, herederos de un pasado complejo. Cada vez que cruzamos el umbral de un museo, no sólo vemos obras de arte: vemos las huellas de conflictos no resueltos. Y su belleza silenciosa nos interroga implacablemente: “¿de qué lado estás?”.
El concepto de “poseer” se derrumba bajo el peso de la historia. Quizá sea la hospitalidad cultural, y no la posesión, la clave para disolver los conflictos simbólicos. Obras que vuelven, que se prestan, que viajan ya no como botines o monumentos, sino como narraciones, como historias compartidas. La pregunta no es “¿a quién pertenecen?”, sino “¿cómo convivimos con sus historias?”. Las obras son más que objetos: son testigos. No buscamos simplemente un propietario: buscamos un custodio capaz de merecer su memoria.
El autor de este artículo: Federica Schneck
Federica Schneck, classe 1996, è curatrice indipendente e social media manager. Dopo aver conseguito la laurea magistrale in storia dell’arte contemporanea presso l’Università di Pisa, ha inoltre conseguito numerosi corsi certificati concentrati sul mercato dell’arte, il marketing e le innovazioni digitali in campo culturale ed artistico. Lavora come curatrice, spaziando dalle gallerie e le collezioni private fino ad arrivare alle fiere d’arte, e la sua carriera si concentra sulla scoperta e la promozione di straordinari artisti emergenti e sulla creazione di esperienze artistiche significative per il pubblico, attraverso la narrazione di storie uniche.Advertencia: la traducción al español del artículo original en italiano se ha realizado mediante herramientas automáticas. Nos comprometemos a revisar todos los artículos, pero no garantizamos la ausencia total de imprecisiones en la traducción debidas al programa. Puede encontrar el original haciendo clic en el botón ITA. Si encuentra algún error, por favor contáctenos.